Juan José Morato nos habla de los tiempos heroicos del Socialismo, de su libro “Pablo Iglesias” y de los actuales problemas de la República
- Escrito por La redacción
- Publicado en Historalia
Insertamos la entrevista que El Socialista realizó al veterano socialista Juan José Morato, en agosto de 1931, en la publicación de su biografía sobre Pablo Iglesias. Educador de Muchedumbres:
“—¿Cuánto tiempo lleva de actuación social?
—En febrero de 1879—tenía quince años—entré en el Arte de Imprimir, y en la Agrupación Socialista Madrileña, el año 1882.
Mi actuación «activa» comenzó realmente el año 1883 con la traducción de noticias y artículos de semanarios socialistas franceses destinados a «El Obrero», de Barcelona, órgano de las «Tres Clases de Vapor», que dirigía un correligionario.
En marzo o abril de 1904 fui excluido de la Agrupación; pero desde la prensa, desde el libro, o interviniendo con el consejo, la pluma o con la asistencia personal en luchas sindicales madrileñas complejas y considerables, y hasta ocupando la presidencia de la Federación Gráfica durante unas semanas, en trance crítico, trabajé sin descanso por las ideas que son de toda mi vida y que jamás atenué.
—¿Qué asistencias y qué obstáculos encontraban ustedes en sus primeros años de militantes?
—Sólo hubo un verdadera, intelectual que permaneciera firme en el Partido, aunque interviniera muy rara vez en la propaganda: Jaime Vera.
El Partido, como la organización sindical en que éste predomina, «es obra exclusiva» de hombres de trabajo, de operarios mecánicos, hasta algo entrado el siglo actual, en que ya se inscriben en la organización hombres de las profesiones liberales.
En los comienzos todo era cerrazón y hostilidad. La masa era indiferente y tan ignorante que, en general, nos acogía con bullas y sospechas; los Gobiernos dificultaban siempre el ejercicio de dos derechos; los anarquistas y los republicanos nos combatían, naturalmente, porque les restábamos o podíamos restarles adeptos...
Los verdaderos militantes, más que un partido, constituimos una familia, agrupándonos para confortarnos hasta físicamente, para atenuar la hostilidad ambiente, y por esto también, por este necesario aislamiento, fuimos ásperos, adustos y secos con los de fuera de nuestra comunión. ¡Y en algunos casos quizá injustos, inconscientemente, desde luego!
— Una pregunta que yo tengo el mayor interés en aclarar; una cuestión vitalísima para nuestra evolución: aceptada la diferencia existente entre el Socialismo de hoy y el de antaño, ¿por cuál de los dos tiene sus preferencias?
—Uno de los hombres que más han influido en mí fué don Emilio Castelar con su posibilismo. Creía; como él, que estando el pueblo en posesión de los derechos políticos, estaba en su mano cambiar, no va la forma de Gobierno, sino hasta el régimen social. (Después he visto que Marx expuso, en cierto modo, este criterio mío al referirse, en su discurso de Amsterdam de 1872, a las posibilidades de realización pacífica de los ideales de la Internacional en Inglaterra, América y quizá Holanda.)
Así que aun teniendo—como va tengo—por verdad irrefutable la existencia de la lucha de clases, y pensando que en todo momento debernos tener presente este hecho, considero que el mejoramiento gradual, la elevación no interrumpida en la satisfacción de necesidades siempre crecientes, la conquista evolutiva de leyes cuyo resultado es educar a la clase proletaria y reducir el poder del capitalismo, son bienes que merecen el sacrificio de impaciencias llenas de azares.
El Socialismo de antaño y el de hoy son iguales, en mi sentir, el actual no es como el de los tiempos heroicos, algo muy lejano, sino un Ideal en plena realización. Pero aunque hubiera alguna diferencia, que yo no acierto a ver, lo de hoy me parece mejor que lo de ayer...
Y sobre todo—y perdone la incongruencia—no olvidemos el «Manifiesto Comunista», ni que «el capital viene al mundo chorreando sangre y cieno por todos sus poros». Y también que la «sociología» oficial y gubernamental es algo así como la ciencia de dar largas, de alejar el final de esta etapa de la civilización—otros dicen canibalismo—, de escatimar concesiones, de ceder hasta científicamente lo menos posible.
Ahora que, «mientras», el proletariado va colocándose en condiciones de superioridad moral e intelectual respecto del capitalismo, en rigor servido hoy sólo por mercenarios.
—¿Qué opina usted de los tres problemas actuales de la República: el religioso, el regional y el de las responsabilidades?
—Problema religioso: Me atengo al Programa del Partido, y opino que, en general, hay en España, hasta por desgracia, en cierto modo, menos problema religioso de lo que se cree. Y ahí va una anécdota, cuya moraleja puede generalizarse. Cuentan que un amigo sorprendió al poeta don Ramón de Campoamor, entonces joven, cuando "éste salía de oír misa un día no festivo.
El amigo, que conocía bien al poeta y sabía los puntos que calzaba en punto a sinceridad religiosa, le manifestó su extrañeza.
—Tienes razón—contestó--; pero me es menos molesto oír misa que oír a mi mujer.
¡Que las escuelas, ya redimidas de tutelas insoportables; las escuelas multiplicadas; las escuelas únicas lancen a la vida generaciones y generaciones de hombres llenos de sinceridad, llenos de apetencia de conocer; y la religión, siempre respetable, será un asunto privado!
Problema regional: Otro de los hombres que influyeron en mí fué don Francisco Pi y Margall. ¿Necesitaré decir más?
Yo recuerdo, en lo que pueda ser problema de nacionalismo, que en los viejos Congresos de la Segunda Internacional tenían representación naciones no existentes entonces, como Armenia, Bohemia, Lituania, Polonia..., y que cuando Cuba peleaba por su independencia, en el Congreso de Londres (1896), con el voto de la representación de España—Iglesias, Quejido, Vera, Muñoz— se aprobaba una moción de simpatía «por los pueblos que luchaban por su nacionalidad»
Pero lo mismo en el caso de separación que en el de autonomía, equidad siempre, justicia siempre, y, de seguir juntos, nunca, nunca privilegios, ni excepciones, ni hegemonías, sino, más bien sacrificio del mayor por el menor, del más rico por el más pobre.
Problema de las responsabilidades: Tres veces asombró España al mundo con revoluciones «magníficas», «serenas», «humanas», «incruentas», “civilizadas», etc., etc.: en 182o, en 1854 y en 1868. Ni Fernando VII, ni María Cristina, ni Isabel II, con los respectivos «entourages» gobernantes o influyentes, padecieron la más leve molestia. ¿No habrá llegado el momento de que la costumbre o la tradición deba fallar? Mi opinión es que deben ser exigidas las responsabilidades desde el punto y hora en que iba a exigirlas la Comisión nombrada por el Congreso de los Diputados en 1923...,
Recuerdo en estos momentos a aquel ciudadano ejemplar, dechado de sabiduría, de bondad, de rectitud, de lealtad que se llamó don Adolfo Alvarez Buylla, que presidió el Ateneo cuando tal presidencia demandaba un varón lleno de decoro, de entereza, esto es, en 1921, cuando, a ejemplo de Grecia, se exigía que se juzgara y castigara a los responsables de la tragedia de Annual.
Veo la figura, recia y noble, de aquel viejo, erguida ante la Presidencia del Consejo de Ministros, agitando trémulos los brazos, y le oigo clamando con voz ronca de indignación: «¡Justicia! ¡Justicia!», clamor contestado por la enorme muchedumbre que congregara en manifestación el Ateneo de Madrid.
¡Justicia, sí, justicia, que ya es hora!
—¿Cuál es, a su parecer, la actitud que debe guardar el Partido Socialista dentro de la República?
—Realizar toda clase de sacrificios para que cuanto antes haya Constitución y Gobierno nacido de ésta. Empujar sin descanso para que la Constitución y las leyes sean todo lo radicales posible, e inmediatamente dejar el Gobierno. Y procurar que, constituida la nación, elegido jefe del Estado, formado Gobierno y aprobados los presupuestos, etc., se convoque a Cortes ordinarias, yendo el Partido a las elecciones sin alianzas ni compromisos con ningún otro.
¡Ah! Y en todo caso rehuir el Gobierno, aunque ello parece imposible, y combatir por todos los medios la posibilidad de dictaduras y de restauraciones, aunque éstas no son concebibles. ¡Antes que una restauración, todo, hasta un intento de dictadura del proletariado!
—¿Su finalidad principal al escribir Pablo Iglesias, educador de muchedumbres?
—Sin yo solicitarlo ni directa ni indirectamente, el director de la colección de «Vidas de españoles e hispano-americanos del siglo XIX» me honró pidiéndome la de nuestro «Pablo Iglesias». La escribí con cariño, pensando en que tal «Vida» fuese un ejemplo para todos, en que el libro fuese vehículo de nuestras ideas, y asimismo una «Historia interna de España», sobre todo de la Restauración, con sus execrables hombres de Gobierno, los mil veces odiosos Cánovas y Sagasta, y sus dignos sucesores. Además, tuve otra finalidad: continuar realizando mi propósito de aportar algún modesto trabajo más, netamente español, a la literatura socialista internacional.
Las traducciones son indispensables; los libros que nos enteran de lo de fuera son útiles; los formados con opiniones y noticias de tratadistas y comentadores exóticos llenos de saber, no sobran; pero «lo nuestro» de hoy y de ayer bien merece ser investigado y narrado, aunque semejante tarea sea tan ardua que de ella pueda decirse que no da ni honra ni menos provecho.
—Otra pregunta, también importante. Usted, que convivió tan intensamente con Pablo Iglesias, ¿cuál cree que sería la opinión del abuelo sobre la República y la orientación que con respecto a ella deberían seguir los obreros?
—Iglesias, no obstante su fecunda tenacidad, fué siempre hombre de realidades, y por ello pueden señalarse en su historia rectificaciones.
En 1917 se avino a aceptar la posibilidad de ser miembro de un Gobierno provisional cuando la Asamblea de parlamentarios. Si el acuerdo hubiera estado reñido con su sentir en aquellos momentos, no habría aceptado el cometido.
Así, creo que su opinión sería parecida a la que prevaleció en el Congreso extraordinario del Partido, desde luego extremando lo que podríamos llamar temor al Poder realizado prematuramente.
Esta opinión mía podría fundamentarla en hechos; pero prefiero no hacerlo porque ya es mucho lo que va dicho.”
(Fuente: El Socialista, número 7037, de 29 de agosto de 1931).
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