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Ni jefes ni caudillos en el PSOE


  • Escrito por Rodolfo Llopis
  • Publicado en Historalia
(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Rescatamos un texto significativo de Rodolfo Llopis, publicado en Le Socialiste, donde explica el significado interno del Partido Socialista, de su estructura, y del carácter de sus miembros. El texto es de diciembre de 1964, y llevaba por título “Los hombres en nuestro Partido”, aunque nosotros nos hemos quedado con uno de los subtítulos del mismo. Llopis encabezaba el artículo con un diálogo entre un militante detenido y un comisario de policía en el que aquel afirmaba al policía que no conocía bien al Partido Socialista cuando le dijo que a la muerte de un compañero del detenido desaparecía el Partido. Un material para reflexionar:

Ni jefes ni caudillos

¿Será menester que digamos todavía a estas alturas que en nuestro Partido no ha habido nunca, ni hay ahora, ni habrán mañana, jefes o caudillos? Nuestro Partido, como sabe todo el mundo que se precie de no ser analfabeto en política, no ha surgido a la sombra de ningún hombre a quien sus secuaces consideraran más o menos providencial. Ni para consolidarse a lo largo de su fecunda historia, necesitó nuestro Partido en ningún momento inventar falsos valores personales, ni practicar el llamado “culto a la personalidad”, cuya desdichada experiencia han conocido otras organizaciones. Nuestro Partido nace de las entrañas de la clase trabajadora. Se constituye para defender los intereses permanentes, morales y materiales, que la burguesía cerril y el Estado capitalista le niegan o se resisten a reconocer. Se inspira en los grandes ideales humanos del Socialismo. Lucha por liberar al hombre de todas las servidumbres que hoy padece, y aspira a implantar una sociedad sin clases donde la libertad y la justicia no sean palabras vanas.

Nuestro Partido, eminentemente democrático, es en todo momento expresión de la voluntad mayoritaria de sus afiliados, agrupados, no en trono de una, dos o tres personalidades, por muy excepcionales que sean o puedan ser sus méritos, sino en torno a una doctrina, a unos principios, a unos ideales, para realizar un programa. Esa voluntad mayoritaria se expresa en las asambleas locales y en los Congresos provinciales y nacionales. Y el Comité Director y la Comisión Ejecutiva, democráticamente elegidos, aplican los acuerdos de los Congresos; los interpretan, si hicieses falta; los adaptan a las circunstancias, si fuese preciso, o los suplen, llegado el caso. La democracia interna es efectiva en nuestro Partido y el derecho de las minorías, respetado siempre. Lo que nuestro Partido no ha conocido nunca, ni aceptará jamás, es el “centralismo democrático”, ni el llamado “burocraticismo”. No. Nuestros afiliados no abdican de sus derechos, ni endosan a nadie sus obligaciones. Nuestros afiliados no son un número, ni son autómatas. Piensan con su cabeza, con la suya, y no con la cabeza de los demás, ni fían a los demás que piensen por ellos. Sería negar la propia esencia del Partido.

Hombres del Partido

Eso no quiere decir -¿quién, conociendo nuestro Partido, se atrevería siquiera a pensarlo?- que en nuestro Partido no quepan personalidades fuertes, ni que se asfixie toda individualidad. Al contrario, Nuestro Partido, por el juego de su democracia interna, favorece el desarrollo de la personalidad de sus afiliados y constituye el mejor clima para su auténtico crecimiento. Y su personalidad será tanto mayor, dentro del Partido, cuanto mejor lo interprete y con más fervor lo sirva. Porque nuestro Partido no es “nuestro”, sino que todos, todos, somos del Partido. Desde el más obscuro al más brillante de sus afiliados. Para quien lo ignore, nos complacemos en recordar que nuestro Partido se ha honrado y se honra contando entre sus afiliados a hombres de singular relieve en las ciencias, en la literatura, en la medicina, en las artes, en la cátedra, en todas las actividades del trabajo manual y espiritual.

Nuestro Partido es severo para con sus hombres. A veces, su severidad puede parecer excesiva. Peo esa es su tradición. Esa es la educación, quizá excesivamente rígida, que ha dado a sus militantes. Al decir, “excesivamente rígida” no queremos dar a entender que hay que ser tolerantes o complacientes con las debilidades más o menos “humanas” de los afiliados. Nada de eso. Queremos decir que el Partido, por esa misma rigidez moral congénita que es la suya, no subraya suficientemente, ni poco ni mucho, los sacrificios, los heroísmos, las virtudes, los talentos de sus hombres. Ni siquiera los de sus hombres más representativos que, por el hecho de serlo, atraen sobre sí las iras de los adversarios y enemigos del Partido. ¡Cómo contrasta esa manera de ser de nuestro Partido con la forma de producirse de quienes fabrican héroes, sabios, estadistas y curanderos políticos! Quienes tal hacen, maleducan políticamente a los trabajadores, pues con ello fomentan el fetichismo, la idolatría, el caudillismo, enfermedades que todo socialista debe combatir hasta su extirpación.

Fidelidad a las ideas

Se nos dirá, no sin fundamento, que de algún tiempo a esta parte se están “personalizando” los partidos. A ello han contribuido las técnicas publicitarias que se emplean como instrumento de propaganda en las campañas electorales. No me cuesta trabajo alguno reconocer la influencia que la personalización de los partidos y el empleo de esas técnicas publicitarias hayan podido tener sobre el electorado marginal, es decir, sobre esa gran masa de electores flotantes que no están inscritos en ningún partido y que, en definitiva, son los que suelen decidir la elección. Pero ese aspecto electoral de la vida de los partidos no me interesa en estos momentos. Y si los técnicos en cuestiones de propaganda pueden, acaso, calcular la influencia que esa publicidad ha tenido en orden a los votos obtenidos, seguramente les será difícil determinar la influencia que ese tipo de propaganda ha tenido en cuanto al aumento de afiliados. Y lo que interesa, es que el Partido sea fuerte no sólo electoralmente.

De todos modos, al Partido Socialista Obrero Español no se viene, no se debe venir, atraído solamente por el prestigio de algún correligionario, sino que debe venirse atraído por las excelencias de la doctrina socialista a cuyo servicio hay que consagrarse. Los hombres que estamos en el Partido, lo estamos para servirlas, para fecundarlas y enriquecerlas con el estudio y con la conducta, sobre todo con una conducta plena de fervor, honestidad y abnegación. Nada humilla tanto a un hombre como su sumisión a otro hombre. En cambio, la entrega consciente a las ideas, enaltece y dignifica a los hombres.

Por eso, porque ser socialista es entregarse a las ideas y no a los hombres, los hombres del Partido pueden desaparecer y el Partido continuar permaneciendo. Y aunque todos los socialistas somos muy sensibles a la obra que nuestros maestros realizaron y los guardamos el reconocimiento más profundo por el gran ejemplo que nos legaron, subrayamos que el mayor de los méritos de todos ellos consistió en haber preparado la sucesión de forma que al desaparecer ellos, el Partido no pudiese sentirse huérfano en ningún momento. Así ha sucedido. Y así seguirá sucediendo. El Partido Socialista Obrero Español no morirá.

(Fuente: El Socialista, numero del 31 de diciembre de 1964).


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