Los años perdidos de Entreguerras
- Escrito por Luis Araquistain
- Publicado en Historalia
“Muchos soñamos que la guerra de 1914 sería la última de Europa. ¿Qué queda de ese sueño ante las circunstancias de 1932? El balance puede no ser muy optimista; pero el optimismo del avestruz, metiendo la cabeza bajo el ala para no ver los hechos, no es el de una cabeza inteligente.
Enumeraré algunos de esos hechos. El más importante de todos es que la paz de 1918 no modificó en un ápice la esencia política de Europa. Este Continente ha sido, desde hace siglos, un conglomerado de naciones armadas independientemente, que como última ratio apelaban a la fuerza para ventilar las diferencias. Poco importa que muchas de ellas hayan cambiado de forma de gobierno y que haya variado el número de nacionalidades, según el auge o la decadencia de las más dominadoras. Estas alteraciones interiores significaban bien poco ante el hecho común y permanente de que Europa es un conjunto de nacionalidades agresivas y que su política esencial ha sido durante siglos la guerra. Lo típico de Europa ha sido su belicosidad.
En 1918, cuando se anunció la Sociedad de las Naciones, parecía que el Continente de la guerra periódica iba a transformarse en el Continente de la paz duradera. Pero ya se ha visto que los Estados europeos, liberales en la redacción del Pacto de la nueva ley internacional, no quisieron ni quieren aún dotarla de fuerza ejecutiva. En vez de poner a su servicio sus armas nacionales, internacionalizándolas, para acabar con toda guerra, se las guardaron. De hecho, pues, Europa continuó siendo la misma, a pesar de la tremenda guerra de 1914-1918, y a pesar de las revoluciones subsiguientes: un sistema de nacionalismos antagónicos, cargados de substancias explosivas.
Esa guerra hubiera tenido una justificación histórica, —suponiendo que tales catástrofes se puedan justificar de algún modo—si de ella hubiera salido la constitución de los Estados Unidos de Europa. En lugar de eso, ¿qué vemos en 1932? Una Europa más desunida que antes e infinitamente más exasperadas unas naciones contra otras, por obra de la miseria general, de que cada país hace responsable al vecino, y también por falta de un espíritu verdaderamente europeo, supernacional, tanto en la liquidación definitiva de la guerra como en los proyectos de desarme, que, en último término, se reducen a que desarmen los demás; una guerra de tarifas y de divisas, que aspira a organizar los pueblos en economías autárquicas --no comprar nada, o lo menos posible. al Extranjero—, y que sólo puede concluir en otra guerra de armamentos. En lo esencial, desde el punto de vista de la unificación de Europa, la guerra de 1914-1918 ha sido una pérdida absoluta para la Historia.
Y no ha escarmentado nadie. No sólo los fabricantes de armamentos, sino de toda clase de productos, y los que comercian con ellos, recuerdan con nostalgia los años de las vacas gordas de la guerra, sobre todo ahora, en los años, ya largos, de las vacas flacas de la trasguerra. Los hombres y mujeres de más de cuarenta años, que sufrieron la guerra, en la trinchera o en la retaguardia, en su propia carne o en su corazón, piensan aún con horror en ella; pero no se piel da de vista este otro hecho, que quiero destacar también muy especialmente: que el destino próximo de Europa han de decidirlo las generaciones de menos de cuarenta años, las generaciones que aun no habían nacido al estallar la guerra o que eran muy niños, y que, por lo mismo, no han conocido sus horrores.
Coincide este momento en que las generaciones de la trasguerra irrumpen en la vida pública con una decadencia inconfundible del principio de autoridad de las generaciones mayores. Ya ni la edad ni la sangre del hombre maduro son signos jerárquicos para la juventud contemporánea. No diré ahora si es un bien o un mal; subrayo el hecho. Todo indica que viene una era de predominio político y social de la juventud: Rusia e Italia son síntomas de esto. Esta juventud no teme la guerra, ni la revolución social, por cualquier medio que llegue, y una parte de ella las desean. Y no pocos ven en otra guerra la esperanza de una revolución comunista.
En este sentido, también puede darse por perdida la guerra de 1914-1918. Los Estados, atentos a sus grandes problemas inmediatos, descuidaron la educación de las nuevas generaciones. En vez de formarlas en un espíritu de comunidad europea, en un ideal político de concordia internacional y evolución social, dejaron que esas generaciones se educaran políticamente en la calle, bajo la influencia de una demagogia de la derecha y de la izquierda. El resultado, a la vista está. Se han perdido catorce años para la paz permanente.
Estos son algunos de los hechos que presenta el panorama europeo, y que sería gran sandez no mirar de frente. A pesar de su gravedad, yo no creo en una guerra próxima, ni en una revolución de tipo ruso; pero si los Estados de Europa no cambian de mentalidad, sustituyendo sus políticas nacionalistas por una política supranacional, y al mismo tiempo no educan a las generaciones jóvenes en esa política, arrancándolas a las influencias demagógicas de la derecha y la izquierda, será inevitable otra guerra, más desastrosa aún que la última. De eso no haya duda; lo único problemático será el tiempo de su gestación. España ha dado un ejemplo de política supranacional en su Constitución y en los debates de Ginebra. Délo también inaugurando un tipo de educación nueva; enseñe a nuestra juventud a ser europea al mismo tiempo que española. Esos son los dos caminos de la paz. Todo lo demás es callejón sin salida; es decir, con una sola salida: la guerra.”
(Fuente: “Catorce años perdidos”, El Socialista, número 7332, especial, agosto de 1932)