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¿Hemos sentido las mismas emociones durante toda la historia?


  • Escrito por Roberto J. González Zalacain y Cira Morales del Río
  • Publicado en Cultura
(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)
Kate Winslet y Leonardo DiCaprio como Rose y Jack en una escena de la película Titanic, de 1997, que cuenta los hechos sucedidos en 1912. Paramount Pictures/20th Century Fox Kate Winslet y Leonardo DiCaprio como Rose y Jack en una escena de la película Titanic, de 1997, que cuenta los hechos sucedidos en 1912. Paramount Pictures/20th Century Fox

Solemos pensar que las emociones son universales. Que el amor, el miedo, la alegría o el duelo han formado parte de nuestra experiencia desde siempre. La idea tiene una parte de verdad, dado que sentimos con un cuerpo y un cerebro desde que somos humanos. Ya entre los neandertales hay evidencias de sensibilidad entre los individuos, por cómo se cuidaban unos a otros o enterraban a sus congéneres.

Sin embargo, eso no basta para explicar cómo reconocemos una emoción, qué palabras usamos para nombrarla o cuándo es legítimo mostrarla.

La psicología estudia sus componentes biológicos y cognitivos, pero la historia de las emociones observa cómo cada sociedad crea las normas, los vocabularios y los modelos de conducta que sirven de marco de referencia para las experiencias individuales y colectivas. Hace unos 250 años, la idea de casarse por amor resultaba inconcebible, puesto que los enlaces eran decididos por estrategias familiares. Hoy en día lo que a muchos les resulta impensable es, por contra, un matrimonio sin amor.

Desde esta perspectiva, sentir no es solo una reacción privada, es también una práctica aprendida, en el hogar y también en la sociedad. Para comprender nuestra sensibilidad presente –marcada por la intimidad y la expresión de los sentimientos– conviene preguntarse cómo se sentía en otros tiempos.

Del antiguo Egipto a la sensibilidad moderna

Las imágenes del pasado no son una ventana transparente a la vida interior, pero permiten conocer los lenguajes con los que una sociedad representaba los afectos.

En el Egipto de Akenatón (1353-1336 a. e. c.) se desarrolló el llamado arte del periodo amarniense. En sus representaciones, se mostraba a la familia real con una cercanía poco habitual en la otras etapas de ese imperio en clases altas: Nefertiti, el soberano y sus hijas aparecen juntos y se muestran afectuosos.

Grabado de un hombre que sujeta y besa a una de sus hijas mientras una mujer sostiene en el regazo y en el hombro a las otras dos.
Un altar doméstico en el que aparecen Akenatón, Nefertiti y tres de sus hijas. Museo Egipcio de Berlín/Wikimedia Commons

 

Por supuesto, no podemos deducir que todas las familias egipcias se relacionasen así. Las representaciones a las que nos referimos cumplían funciones políticas y religiosas, pues presentaban a la familia real como núcleo del nuevo culto. Pero lo que sí revelan es que la intimidad familiar podía convertirse en un lenguaje público de legitimidad y afecto.

Organización moral

Durante la Edad Media y la Edad Moderna, el cristianismo no eliminó las emociones ni las redujo a una lucha contra las pasiones. Las organizó dentro de distintos ideales morales. La compasión, la caridad, el amor al prójimo, el arrepentimiento o la devoción podían considerarse virtuosos, mientras que la ira, la envidia o el deseo desordenado debían gobernarse.

Tampoco existió un único modelo emocional cristiano. Como en otras épocas, los distintos grupos sociales valoraron los afectos de maneras diferentes. El amor cortés, difundido en la literatura aristocrática desde el siglo XII, idealizó el servicio hacia una dama, pero no describía necesariamente las relaciones cotidianas ni sustituyó los intereses familiares y patrimoniales de muchos matrimonios.

Representación de la famosa escena del balcón de Romeo y Julieta en una pintura Frank Bernard Dicksee.
Representación de la famosa escena del balcón de Romeo y Julieta en una pintura Frank Bernard Dicksee. Southampton City Art Gallery/Wikimedia Commons

 

Romeo y Julieta, los personajes de la tragedia de Shakespeare –escrita a finales del siglo XVI pero ambientada en la Edad Media–, habrían sido un pésimo ejemplo de obediencia familiar… aunque fueran un material literario excelente. La negativa de ambos a someterse a los deseos de sus padres, enemigos del alma, y seguir adelante con su romance no casa bien con las costumbres de la época.

No obstante, hay que tener presente que el consentimiento y el afecto también podían formar parte de la unión conyugal. No conviene imaginar un pasado sin amor frente a un presente que lo ha inventado, aunque ese afecto, sin duda, se moviera por coordenadas diferentes a las actuales.

Más afinidades personales

En el siglo XVIII, la Ilustración tampoco opuso, sin más, la razón al sentimiento. Junto al ideal de dominio de uno mismo se desarrolló una cultura de la sensibilidad que valoraba la simpatía, la compasión, la amistad, la capacidad de conmoverse… aunque esos vínculos no estuviesen al nivel de los de los protagonistas de Friends, todo sea dicho. La expansión de la lectura, la correspondencia y la novela ofrecieron nuevos espacios para examinar la vida interior.

A finales de ese siglo y durante el XIX ganó fuerza el ideal de una pareja basada en la elección personal, la afinidad y el amor, aunque convivió con obligaciones económicas, familiares y de clase. El Romanticismo convirtió la pasión y la autenticidad individual en temas centrales de sus obras, pero el “amor romántico” fue un modelo social más amplio que no debe confundirse con el movimiento cultural.

Estos cambios no siguieron una línea recta desde la represión hasta la libertad emocional. En cada época convivieron grupos con normas distintas. Solemos llamar “marcos emocionales” a los vocabularios, expectativas y reglas que enseñan qué se debe sentir, cómo puede expresarse y qué reacciones se consideran apropiadas en cada momento. No determinan mecánicamente la experiencia individual, pero influyen en ella.

Cuando el presente interpreta el pasado

Todo esto plantea un problema a las películas y series históricas: para que un personaje resulte comprensible para el público actual, las obras suelen tener que traducir el pasado a nuestro lenguaje sentimental.

Es difícil olvidar a Máximo Décimo Meridio lamentándose por la muerte de su esposa y su hijo y jurando venganza contra quienes se los arrebataron. La pérdida y la ira no son anacrónicas, pero Gladiator las ordena según el modelo moderno del héroe individual, definido por su familia nuclear y por un duelo íntimo. Si bien en los epitafios romanos se reflejaban las relaciones de la familia nuclear, en este periodo el duelo era un evento público que involucraba a toda la sociedad, no solo a aquellos afectados directamente por la pérdida.

Las adaptaciones de Mujercitas, en cambio, parten de una novela escrita en el siglo XIX y presentan un repertorio afectivo en el que el cariño entre hermanas, el deber familiar, la ambición artística y el matrimonio se negocian constantemente. Las versiones cinematográficas pueden acercar a las protagonistas a nuestra sensibilidad, pero el conflicto entre deseo personal y obligación está en la obra original.

Cuatro niñas rodean a una mujer que lee una carta.
Escena de la adaptación de 1994 de Mujercitas. Columbia Pictures

 

Titanic utiliza una relación entre jóvenes de clases opuestas para contraponer el matrimonio como alianza social (entre Rose y Cal, de alta cuna) a la elección amorosa (la de Rose por Jack, que viaja en tercera clase). El conflicto era reconocible en 1912, aunque la película lo intensificase mediante valores de finales del siglo XX como la autorrealización y la ruptura individual con las expectativas familiares. El iceberg, al fin y al cabo, no es el único obstáculo entre la pareja de amantes de Jack y Rose.

Los Bridgerton actualiza de manera todavía más explícita la época de la Regencia. La narrativa de la serie combina sus códigos de reputación, cortejo y matrimonio con diálogos y formas de intimidad pensados para el público del siglo XXI. Aunque Jane Austen ya exploró la tensión entre prudencia, posición social y sentimiento de la época, sus personajes expresaban sus emociones de manera más indirecta. En la serie, los silencios y rodeos dejan paso con frecuencia a declaraciones mucho más cercanas a las nuestras.

Un espejo del presente

Una obra histórica, por tanto, no tiene que elegir únicamente entre rigor y anacronismo. Puede conservar algunas normas emocionales del periodo y actualizar otras para producir cercanía, humor o entretenimiento.

El problema aparece cuando presenta nuestros ideales como si hubieran funcionado igual en cualquier época. La ambientación puede ser rigurosa en los vestidos y los decorados, pero en las emociones casi nunca lo es. Sus nombres, valores y formas de expresión se aprenden y cambian. No son monolitos ni simples disfraces culturales, sino experiencias a la vez biológicas y sociales.

Por eso, cuando el cine y la televisión miran al pasado, no solo reconstruyen cómo pudieron sentir otras personas: también nos muestran cómo sentimos nosotros.

Roberto J. González Zalacain, Profesor Titular de Historia Medieval, Universidad de La Laguna y Cira Morales del Río, Doctoranda de la Universidad de La Laguna, Universidad de La Laguna

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. 

 

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