Macondo eterno
- Escrito por Mercedes Peces Ayuso
- Publicado en Cultura
«En ese estado de alucinada lucidez no solo veían las imágenes de sus propios sueños, sino que los unos veían las imágenes soñadas por los otros»
Cien años de soledad, 1967, Gabriel García Márquez
Es una novela grandiosa, masticable, hecha para paladear como un postre fino y de sabores complicados que explotan en el cerebro a través del refinado y dilatado gusto del placer que ofrece a todos los sentidos.
En ella planea la idea constante de eterno retorno de las cosas, ese hacer pescaditos de oro para fundirlos y volver a crearlos, y de las vidas, de personajes que comparten nombres del linaje Buendía, también cama y techo y en los que, a pesar de todo, planea una soledad causada por augurios inciertos curada con un olvido consciente a la espera de ser resuelto por los presagios que rodean a todos los habitantes de Macondo, el pueblo creado y fulminado al compás de su creador, Aureliano Buendía, un lugar nuevo donde la fantasía puede mezclarse sin pudor con la realidad porque es un tejido orgánico vivo. Al principio, como todo, era un sitio ideal y ordenado, hasta que llega la civilización con todos sus problemas y la paz del lugar desaparece en un baño de enfermedades, muertes y catástrofes naturales, y no tanto. Siete son las generaciones Buendía, diecisiete los Aurelianos, cien los años de Úrsula y muchos más los ciclos que circunvalan los mundos de Macondo entre la realidad y la fantasía. La novela es, en sí misma, un universo que no necesita una estructura narrativa clásica (planteamiento, nudo y desenlace), porque los acontecimientos se suceden provocados y luego fagocitados por el ambiente de Macondo, a su ritmo y con sus propias leyes. Por eso, los recuerdos y las vidas empiezan a difuminarse entre el pasado, presente y futuro para llegar a la tierra de lo mítico.
Si hay un personaje que abarque todo, esa es la matriarca Úrsula Iguarán, la esposa del coronel Aureliano Buendía, en forma de vientre gestante de la estirpe familiar y, a su vez, el principio y el fin de toda la dinastía y del proyecto que encarna el pueblo de Macondo, y aunque la fundación del pueblo nazca a pesar de su temor irracional por engendrar hijos con colas de cerdo o formas de iguanas (por aquello de la consanguineidad), no deja de ser un deseo mesiánico de apartarse del mundo para crear otro a medida. Por eso, y para poder contar esta historia circular como la espiral del rabo del cerdo o de un sacacorchos que abra el genio de la botella, es necesario que el narrador esté en tercera persona, que sea omnisciente y mesiánico, el guardián de la historia que evite el olvido al que están abocados los fundadores y sus descendientes, la memoria colectiva y el testigo de la desaparición de Macondo, del intento fallido de una Arcadia feliz.
Moraleja: si olvidas tus principios, si regalas tus sueños y entras en la rueda, estás abocado al olvido y todo lo que quedará de ti es un niño pequeño sin raíces ni recuerdos con colita de cerdo comido por las hormigas, que aunque sean símbolo de diligencia, esfuerzo y organización para reunir lo disperso, aquí son un enjambre voraz enviado para eliminar como plaga bíblica a una víctima expiatoria que cierre el círculo de lo que pudo ser y volver al redil de las cosas.
Mercedes Peces Ayuso
Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.
Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.
Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.
Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.
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