El rey se divierte
- Escrito por Mercedes Peces Ayuso
- Publicado en Cultura
«Triboulet: No os temo. Rodeado de poderosos a quienes hago la guerra,
nada temo, caballero, porque no tengo sobre los hombros otra cosa que
arriesgar que la cabeza de un loco»
El rey se divierte, 1832, Victor Hugo
El autor la escribió como obra de teatro en cinco actos, pero al día siguiente de su estreno se prohibió por inmoral. En realidad, porque daba cera a la monarquía, y a pesar de que el efecto de dicha prohibición fuese el contrario, lo cierto es que estuvo 50 años sin pisar tablas. Pero justo después de ese tiempo, Verdi cambió las tornas con su famosa ópera Rigoletto.
En la versión de Hugo, todo sucede en el París del s. XVI durante el reinado de Francisco I, un reconocido sátrapa y libertino que no deja mujer sin hollar. Y como toda buena corte también está el bufón de la misma, Triboulet, con una lengua viperina digna de un tertuliano o hater moderno. Es un ser que odia a todos porque es objeto de burlas y desprecios continuos, dotado de una inteligencia notable para la manipulación pero al que, en su ajuste de cuentas continuo contra la sociedad, el destino se lo devuelve de la manera más cruel y dolorosa en la figura de su hija, Blanca, cuando el rey se encapricha de ella sin saber su procedencia, la secuestra y la viola. Los acontecimientos se suceden, no cuento más, y parecen apuntar a una crítica hacia el abuso de poder, aunque también lo es a la maldad y la venganza, porque el bufón es un ser cruel que disfruta provocando reacciones malévolas a su alrededor, y, al final, es víctima de su propio proceder. La aparente inmoralidad de la obra fue lo que permitió que un tribunal parisino la censurara, algo que no es sino un atentado contra la libertad de expresión, y más la libertad artística, de lo que se quejará públicamente el autor al día siguiente de su retirada en un contundente alegato de 23 páginas y su discurso ante el tribunal de comercio. No lo consiguió, y el debate sigue abierto hoy en día. ¿Es lícito purgar, anular, recortar, remodelar, cambiar o refundir pasajes a gusto del mandamás de turno? ¿No resulta arbitrario juzgar algo como bueno o malo en función del momento? ¿No es peligroso dejar toda suerte de comentarios en aras de la libertad de expresión?
No lo sé, lo único de lo que estoy meridianamente segura es de que ningún extremo es bueno, entre otras muchas razones porque depende de los enemigos de uno u otro lado, de quien crea tener capacidad para discernir, del que simplemente grite más alto o tenga más poder para acallar a los demás. Lo que sí sé es que estamos en un momento de fatiga comunicativa, con una sociedad hiperventilada a base de mensajes y noticias veloces, contradictorias y extenuadoras, y ya no sabemos distinguir la verdad de la mentira. Se nos ha vuelto en contra y hemos acabado perdiendo lo más preciado, la libertad. Quizá sea simplemente el reflejo de esta era de posverdad, arbitrariedad y posveracidad (o posvoracidad) o del odio silencioso y aparentemente adulador que salta rugiendo amenazante ante cualquier manifestación pública. También sé que Victor Hugo ya nos iba avisando: «Con semejantes estímulos, imposible es que el arte no se mantenga imperturbable en la doble vía de la libertad literaria y de la libertad política». A ver si de una vez lo entendemos sin ironía.
Mercedes Peces Ayuso
Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.
Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.
Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.
Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.
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