‘María Stuarda’: un denso y ‘oscuro’ espectáculo sobre Donizetti
- Escrito por Manuel Espin
- Publicado en Cultura
Cuando en 1835 Gaetano Donizetti (1797-1848) estrenó 'María Stuarda' en La Scala de Milán todavía la tragedia romántica seguía presente en la novela, la poesía, el teatro y la ópera. El libreto de Giuseppe Bardari se inspiraba en el drama de Schiller. Mientras musicalmente las obras representativas de la época exhibían todas las posibilidades y trucos para el brillo de las voces - la oportunidad de lucir una buena coloratura, los trinos, la intensidad de los agudos, los finales sostenidos para precipitar el aplauso...-, desde la perspectiva argumental el drama historicista se construía bajo una exaltación en la que se mostraran pasiones llevadas al extremo.
En este caso la rivalidad entre Isabel I y María Estuardo donde confluyen la pelea de tronos (en este caso tres, Escocia, Inglaterra y Francia, más que uno), las disputas sentimentales, el honor, el poder o la religión. La nueva producción del Real con el Liceu de Barcelona, la Opera de Bérgamo, La Monnaie de Bruselas o la Nacional de Finlandia huye del falso oropel del viejo romanticismo y el exceso escénico, reemplazado por una depuración estética que elimina el exceso teatralizante y acentúa los tonos de la tragedia hasta llevarla a un terreno de oscuridad casi lúgubre; con un segundo acto que significa la vía hacia un túmulo donde espera el verdugo.
David Mc. Vicar es un director teatral británico caracterizado por una elegancia formal donde apenas hay colorines ni chillones oropeles. Su imagen de prestigio en teatros europeos y norteamericanos ha tenido reflejo en el Real y el Liceu. Este otoño inauguró la temporada con la fastuosa 'Adriana Lecouvreur' que ofrecía un 'teatro dentro del teatro' a modo de 'fiesta' de las artes escénicas. En épocas anteriores ha dirigido fuera de España su ciclo de 'Óperas sobre la época de los Tudor' de la que también forma parte 'María Stuardo'. Mc. Vicar se caracteriza por respetar generalmente la época en la que sucede el libreto original, tanto como por su gusto hacia el diseño de vestuario y escénico, elegancia formal y depuración, con una paleta de colores donde se lucen los negros y granates, en la que las iluminaciones son decisivas, habitualmente con la renuncia a los colores cálidos tanto como al uso del video.
Ese sello se lleva a su máximo rigor en esta 'María Stuarda' donde las tonalidades oscuras inundan la totalidad del espacio escénico, bajo un criterio sobrio y versátil del mismo, el vestuario de Brigitte Reiffenstuel inspirado en el Renacimiento tiene belleza, tanto en el caso de las dos protagonistas como de ellos y el coro vestidos en su totalidad de un elegante negro. Esa intensidad en la negritud hace que esta ópera que en su libreto apenas tiene acción, especialmente en su segundo acto se convierta en expresión de acentuado dramatismo que toca las cuerdas de lo lúgubre: un 'camino al patíbulo' en el que se pone en evidencia la injusticia de un ejecución que el coro representando al pueblo pone en evidencia como expresión de la arbitrariedad del poder absoluto.
Intensidad dramática sin tono de color ni concesión a los trucos de la exaltación romántica; en la que por contra la partitura abunda en recursos para hacer levantar de su asiento a las plateas. Esa visión aporta carga dramática a esta versión que especialmente en su segundo acto se sigue con congoja hacia un 'climax' teatralmente conseguido que deja un regusto amargo. Más allá de los 'trucos' típicos de las óperas italianas de esa época, principio-mitad del XIX para despertar a las plateas, la partitura es brillante y de una variedad musical diversa (como se expresa en su larga obertura un trailer del resto de la ópera, y que Mc. Vicar ha dejado con un original telón 'ad hoc' para el lucimiento de la orquesta titular del Real y sin desarrollar una acción escénica paralela). Es una sorpresa agradable el trabajo de José Miguel Pérez-Sierra como director musical, al que en Madrid se ha visto a menudo en el foso del Teatro de la Zarzuela, y que aquí exprime la posibilidades de una partitura llena de colorido (por contraste con el tono elegantemente oscuro de la escena).
Su trabajo es destacable al igual que el del coro titular bajo la dirección de José Luis Basso que en esta ocasión tiene gran cometido especialmente en el angustioso segundo acto. El reparto es correcto, en el a) con Lisette Oropesa y Aigui Akhmetshina, las dos antagonistas (en el segundo con dos voces españolas: Silvia Tro Sanafé y Yolanda Auyanet), esplendidas para lucir la coloratura. Aspecto que se repite en el personaje de 'Roberto Leicester' con otras dos voces hispanas en cada uno de los repartos: Ismael Jordi y Airam Hernández.
Esta producción que se puede ver hasta el día 30 tiene una marca desde el punto de vista escénico: un rechazo al drama romántico para coinvertirse en tragedia sin paliativos, de tonos oscuros e intensidad formal arrolladora. Frente a una partitura típica de su época donde en su origen aparecían todos los 'excesos' posibles para el lucimiento de las voces. Lo original del montaje es que no chirría el tono lúgubre latente en la puesta en escena con una música tan brillante y enfática. La combinación funciona, como una novedad frente a representaciones de otros tiempos sobre esta ópera dadas a la teatralidad romántica e historicista.
Manuel Espin
Doctor en Sociología y licenciado en Derecho, CC Políticas y CC de la Información es escritor de ficción y no ficción, periodista y autor audiovisual para cine y tv.
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