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¿Fue un fracaso el siglo XIX español? (I)


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

El siglo XIX español, en la historia tradicional, es un tiempo de catástrofes: guerras civiles, golpes de Estado, convulsión por doquier… Sin embargo, una mirada objetiva nos revela que también fue una época de progreso, en la que casi se duplicó la población al pasar de diez a dieciocho millones de habitantes. Pese a este aumento demográfico, las terribles hambrunas del pasado desaparecieron para siempre por una razón muy clara: la producción agrícola se incrementó en una proporción aún mayor. Ana Aguado ha señalado como, después de la guerra de la independencia, pese a que el país estaba destrozado y había perdido el mercado colonial, experimentó un considerable crecimiento basado en la agricultura, con un protagonismo especialmente destacado de la producción cerealística, que vivió una etapa de expansión.

Mientras tanto, la industria se desarrollaba en zonas como el País Vasco y Cataluña. Se ha escrito con insistencia sobre el “fracaso” de la industrialización hispana porque, obviamente, el resultado final quedó muy lejos del inglés, pero eso no significa que no existiera un adelanto real. De hecho, como apunta Nigel Townson, tampoco el desarrollo en Alemania o Francia se ajustó a parámetros idénticos a los de Gran Bretaña. De hecho, el país galo, en tiempos de la Primera Guerra Mundial, seguía siendo rural en muchos aspectos, en contraste con otras naciones europeas que se encontraban ya en un estadio más moderno.

No obstante, el sentimiento entre las clases dirigentes españolas era de frustración porque la comparación se efectuaba siempre con las grandes potencias. Su ejemplo les devolvía, inevitablemente, una poderosa y molesta sensación de atraso. Seguramente porque sus ambiciones eran demasiado elevadas. Nadie aceptaba que el país debiera estar al nivel de estados de nivel medio como, por ejemplo, Bélgica.

Nuestra historia decimonónica estuvo marcada por los efectos sísmicos de la Guerra de la Independencia (1808-1814). Para Álvarez Junco, se ha exagerado el carácter nacional de este conflicto. Su mismo nombre, en su opinión, se tardó en inventar. Sin embargo, su empleo lo encontramos ya documentado ya en 1820 en el Diario de las Cortes. Por tanto, su origen debe ser anterior. Además, si no estamos hablando de una guerra nacional, no se entiende por qué, en sus inicios, el poeta Manuel José Quintana cantaba a la España que se había levantado contra el invasor. Quintana creía que, en aquellos momentos dramáticos, que sus versos podían servir “para sostener y fomentar el entusiasmo de los buenos españoles”. Como el liberal que era, pensaba que la libertad nacional debía ser inseparable de la libertad política.

Parece, pues, que los españoles no solo lucharon por su rey, Fernando VII. También lo hicieron por su país. Un intelectual de la talla de Jovellanos no escogió la resistencia contra los franceses por amor a la monarquía, sino por identificación con una tierra que él veía oponerse al invasor: “La Nación se ha declarado generalmente, y se ha declarado con una energía igual al horror que concibió al verse tan cruelmente engañada y escarnecida”.

Por tanto, el escritor asturiano considera que lo más correcto es unirse a la causa de sus conciudadanos, que prefieren morir antes que ser esclavos de un tirano extranjero, no sin lamentar que la contienda posea una dimensión civil por la existencia de los afrancesados, entre los que se cuentan amigos suyos como Cabarrús, convertido en ministro de José Bonaparte. España, según Jovellanos, no lucha por los Borbones “sino por sus propios derechos, derechos originales, sagrados, imprescriptibles, superiores e independientes de toda familia o Dinastía”.

En Cataluña, la guerra es un momento de exaltación del patriotismo español. La burguesía se pasa al castellano, como hizo el notario Albert Combelles, porque, en ese momento, es el idioma de la patria amenazada. El pueblo llano prosigue con el catalán, pero los que consiguen ascender socialmente lo abandonan. En esos momentos e incluso años después, definirse como español era lo más popular, tal como explica Joan-Lluís Marfany.

La guerra contra los franceses se acostumbra a contar desde una perspectiva exclusivamente peninsular, como si la plata de las Indias no hubiera sostenido el esfuerzo bélico de los españoles. En 1808, la invasión napoleónica va a socavar el fundamento del dominio hispano en América. Al año siguiente, la Junta Central proclamara que los territorios del Nuevo Mundo no constituían colonias sino una parte esencial de la Monarquía. En consecuencia, sus habitantes tenían derecho a enviar sus propios representantes a las Cortes.

La Constitución de Cádiz definió España, memorablemente, como la reunión de los españoles de ambos hemisferios. El Estado que se pretendía construir era en efecto, de naturaleza trasatlántica, con ciudadanos que tendrían idénticos derechos y deberes. Por eso, en los debates de las Cortes, estuvieron representados los territorios americanos, aunque no con un número de diputados proporcional a su población. Entre otras razones, porque no se computó a las “castas”, es decir, a la amplia gama de mestizos de procedencia africana. Esta grave inconsecuencia tendrá efectos desastrosos, al demostrar a los criollos que ellos son, pese a las hermosas palabras, ciudadanos de segunda. François-Xavier Guerra plantea, en este sentido, una hipótesis altamente plausible: “El rechazo práctico por parte de los peninsulares de la igualdad proclamada será la causa esencial de la lndependencia de América”.

Entre los liberales, el amor a la libertad y el amor a la patria forman un todo. Lo comprobamos en el famoso soneto que dedicó Espronceda al fusilamiento de Torrijos y sus compañeros. Estos mártires de la lucha contra el absolutismo, según el poeta, dieron “almas al cielo, a España nombradía”. Esta visión nacionalista vuelve a aparecer en una elegía titulada a A la patria, en la que el autor se muestra conmovido por las desgracias de su país. Los versos que rematan la composición reflejan un sentimiento de profundo pesar: “¿Quién calmará, ¡oh España!, tus pesares? ¿Quién secará tu llanto?”. En otra ocasión, sin embargo, encontramos un firme orgullo por la gesta del pueblo de Madrid al rebelarse contra Napoleón. Hombres y mujeres, “sin armas van; pero en sus pechos late un corazón colérico español”. La nación, desde esta perspectiva, se identifica con el pueblo. La gente de alta cuna es la que contemporizó con el invasor a la vez que menospreciaba a los humildes, a la “canalla”. Indignado con tanta hipocresía, Espronceda reivindica este apodo infamante como timbre de orgullo. Han sido los humildes, no los poderosos, quienes han salvado a la patria con su heroísmo.

Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.


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