Afganistán. “El Gran Juego”. X
- Escrito por La redacción
- Publicado en Historalia
Henry Rawlinson llegó al campamento persa de Nishapur ya bien entrada la noche, y solicitó una entrevista inmediata con el Sha. Una vez ante éste, le habló de los rusos que había encontrado en el camino, y sobre la explicación que estos le habían dado, acerca de sus propósitos ¿Me traen regalos? exclamó el Sha estupefacto ¿Cuál es el motivo? Yo no tengo nada que ver son ese hombre. El emperador ruso (el zar) lo ha enviado directamente a Kabul, para ver a Dost Mohammad (rey de los afganos en aquellos días) y a mí, simplemente, me ha pedido que le ayude en su viaje.
Rawlinson, inmediatamente entendió la importancia, de lo que el Sha acaba de contarle. Era la primera prueba, de lo que la inteligencia británica, había temido durante mucho tiempo: los rusos estaban tratando de establecerse en Afganistán, mediante una alianza con Dost Mohammad y los barakzais. Y pretendían ayudar a estos y a los persas, a acabar con el último bastión de la dinastía Sadozai de Shah Suja, en Herat.
Los rusos llegaron al campamento persa poco después. El oficial ruso se presentó a los soldados persas, como “un musulmán de confesión suní, y declaró que su nombre musulmán era Omar Beg. Nadie en el campamento dudó de que fuera musulmán. Sin saber que Rawlinson, había descubierto el verdadero propósito de su misión, el oficial se presentó ahora, como “el capitán Vitkevitch – dejó dicho Rawlinson – de repente se dirigió a mí, en un francés correcto”, y, en alusión, a nuestra anterior reunión, se limitó a indicar con una sonrisa, que “nunca es buena idea, mostrar demasiada confianza con extraños en el desierto”.
Posteriormente, Henry Rawlinson sería famoso por dos razones: la primera por descifrar la escritura cuneiforme, y la segunda, por acuñar, junto a Arthur Conolly, la expresión “el Gran juego”, que luego recogió Kipling en su obra, creo recordar, “Kim de la india”.
Pero por ahora, lo que resultaba de mayor utilidad de Rawlinson, era su gran habilidad como jinete. Era, después de todo, el hijo de un criador de caballos de carreras en Newmarket, y había crecido sobre la silla de montar, además tenía una enorme fuerza física: “con más de metro ochenta de altura, hombros anchos, extremidades fuertes y una excelente musculatura”. Esta misma noche, Rawlinson tomó rumbo a Teherán, recorrió mil trescientos kilómetros de suelo persa, en un tiempo record. Y el 1 de noviembre de 1837, notificó a MacNeill la existencia de la delegación rusa rumbo a Afganistán. A su vez, MacNeill envió rápidamente un correo urgente a lord Palmerston, a Londres, y otro al nuevo gobernador general de la India, lord Auckland, a Calcuta.
Que Rawlinson se hubiera topado con Vitkevitch, parecía legitimar todos los temores de su jefe, MacNeill, y de lord Ellenborough y otros políticos británicos, que habían temido desde hacía mucho tiempo, que los rusos quisieran apoderarse de Afganistán, y utilizarlo como base para atacar la India británica.
Pues eso.
(Continuará.)
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