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El Senado de los EE.UU. II


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Sin embargo, como no podía ser de otra manera, pues ocurre siempre en todo cuerpo legislativo, la política acabó entrando en el Senado. Al escindirse el partido federalista (fundado por Alexander Hamilton, frente al Demócrata Republicano de Thomas Jefferson) en materia de política exterior, y al dimitir del Gabinete Thomas Jefferson, para organizar a sus seguidores, el Senado se convirtió en un foro para la crítica del Ejecutivo.

Gradualmente el Senado fue tomando cada vez más, el aspecto de un cuerpo realmente legislativo. En 1794 fue autorizada la presencia del público en las galerías, para presenciar las sesiones legislativas. En 1801 fueron admitidos corresponsales de prensa. Y hacia 1803, el Senado debatió quien tendría el privilegio de entrar en su mismo hemiciclo. Se convino que serían los diputados, los embajadores y los gobernadores. Pero ¿y las damas? El senador Wright arguyó: “que su presencia prestaría una agradable y necesaria animación a los debates, dando brillo a los argumentos de los oradores y suavizando sus maneras. Sin embargo John Quincy Adams, con su conocida puritana sinceridad, replicó que las damas “introducirían ruido y confusión en el Senado, y que los debates se prolongarían para atraer su atención”. Finalmente la moción para admitir a las damas, fue derrotada por 16 a 12.

No obstante, la formalidad de los procedimientos del Senado fue conservada, a pesar de que el Vicepresidente Aaron Burr, que gozaba de escasa reputación, a causa de haber matado a Hamilton en un duelo, frecuentemente se vio obligado a llamar al orden a los senadores, por estar “comiendo manzanas y pasteles en sus escaños”, y paseando por entre los que se hallaban enzarzados en un debate. Pero el Senado mantuvo mayor dignidad que la Cámara de Representantes, donde los miembros podían sentarse con el sombrero puesto, y colocar los pies sobre la mesa, observando la llegada de John Randolph de Roanoke, que caminaba a grandes pasos con sus espuelas de plata, llevando una gruesa fusta en sus manos, seguido de un perro de caza que se echaba a dormir debajo de su escaño, y llamando al portero para que le trajera más licor, mientras dirigía enconados ataques a su oponentes.

Pese a todo, el Senado fue entrando progresivamente, en una fase de mayor igualdad con la Cámara de Representantes, en el proceso legislativo. También acabó por hacerse patente, que ninguna salvaguardia constitucional, por muy noble que fuera su origen, podría impedir que penetraran en sus deliberaciones presiones políticas y electorales. Los prejuicios locales, que Hamilton había confiado excluir, no hicieron sino intensificarse, particularmente cuando los federalistas de Nueva Inglaterra y los jeffersonianos de Virginia se dividieron, tanto en las filas regionales como en las de los partidos. Las legislaturas estatales, que de forma creciente, se harían responsables ante las escarnecidas “masas”, a medida que variaban los requisitos para tener derecho al voto, transmitían las presiones políticas de sus propios electores a sus senadores, por medio de “instrucciones”. Incluso a algunos senadores, se les exigía que volvieran regularmente a las legislaturas de sus Estados para informar, como enviados venecianos, sobre el desempeño de su mayordomía en la capital.

Con el tiempo y en época de cambios, el Senado se lleno de hombres que se mostraron flexibles, hombres que marcharon a horcajadas de las mudables corrientes de la opinión pública, y hombres que buscaron su gloria en la dignidad del Senado, más que en la conservación de su escaño.

Pues eso.

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.