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George L. Mosse y Hitler


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Se ha escrito a veces, que al margen de sus otros atributos, Hitler se consideraba a sí mismo un pensador, con conocimientos de cuestiones técnicas militares, de ciencias naturales y, por encima de todo, de historia. Estaba convencido de que estos conocimientos, lo distinguían de otras personas. No sé si todo eso es cierto. Lo que sí es indubitable, a tenor de reputados historiadores, es que comenzó su vida adulta como artista y aspirante a arquitecto.

Lo que lo transformó en el ser que hoy conocemos fue, en primer lugar, la Primera Guerra Mundial y la consiguiente paz. Pero también la formación que se proporcionó a sí mismo. Tal vez lo más importante que hay que tener en cuenta, en relación con el desarrollo intelectual de Hitler, es que se hallaba muy lejos, de los pensadores, intelectuales y personas de cierta cultura de su época. Como revela incluso un examen superficial de “Mein Kampf” – han escrito algunos historiadores, pues yo no la he leído ni por el forro – la mayoría de sus ideas provenían del siglo XIX, o del umbral del XX. Ideas que una vez formadas, Hitler nunca las cambió.

El historiador George Lachmann Mosse (Berlín, 20 de septiembre de 1918 – Madison, 22 de enero de 1999) un historiador especializado en el fascismo europeo y la Alemania nazi, desenterró los orígenes más remotos del Tercer Reich. En sus estudios, muestra la amalgama de misticismo y espiritualismo “völkisch”, que creció en la Alemania decimonónica y que, en gran parte, se debió al movimiento romántico y a la industrialización, e influyó, en cierta medida, en la unificación alemana. Mientras el “Volk” (pueblo) se unía en la forja de una heroica nación pangermánica, el “desarraigado judío” se convirtió en el elemento perfecto, para establecer comparaciones negativas.

Mosse nos describe, la repercusión de los diferentes pensadores y escritores – muchos de ellos completamente olvidados hoy en día – que ayudaron a conformar el temperamento de Hitler: personajes como Paul Lagarde y Julius Langbehn, que subrayaron la importancia de la “intuición germánica”, como fuerza creativa del mundo. O Eugen Diederichs, que abogó abiertamente por “una nación de base cultural estable, guiada por una élite iniciada”; por un renacimiento de las leyendas germánicas, como las “Eddas”, que hacían hincapié en la gran antigüedad de los pueblos germanos, y en los lazos que los unían a Grecia y Roma. La importancia de todo esto, estribaba en que elevaba al “Volk”, casi a la altura de una deidad.

Mosse también subraya, la manera en que se fue imponiendo en la sociedad, el darvinismo social. En 1900, por ejemplo, Alfred Krupp, el acaudalado industrial fabricante armas, patrocino un concurso público de redacción, sobre el tema: “¿Qué podemos aprender de los principios del darvinismo, para aplicarlos al desarrollo de la política del país y las leyes del Estado?”.

Igualmente Mosse describe también, los muchos intentos alemanes de utopías – desde colonias “arias” en Paraguay y México, hasta campos nudistas en Baviera – que intentaban llevar a la práctica, los principios “völkisch”. De todas estas utopías, surgió la moda de la cultura física, así como el movimiento a favor de la creación de internados, cuyos programas se basaban en un “regreso a la naturaleza”, y la “Heimatkunde”, entendida como el “saber de la patria”, que concedían una gran importancia al carácter germano, a la naturaleza, y a las antiguas costumbres campesinas. De niño, Hitler creció en este entorno, sin darse cuenta siquiera, de que existían otras visiones alternativas.

Pues eso.

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.