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El golpe de Casado. I


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Hacia el final de la guerra civil, la caída de Cataluña a principios de febrero de 1939, desencadenó una importante crisis en el gobierno de Juan Negrín. Los últimos ministros dispuestos a respaldar su política y proseguir con la resistencia, eran Vicente Uribe (del PCE) y Julio Álvarez del Vayo (PSOE pero procomunista).

La autoridad de Negrín sufrió un nuevo contratiempo, como consecuencia de la crisis política y constitucional, que precipitó la dimisión de Azaña como Presidente de la República, el 27 de febrero de 1939. Una renuncia que vino causada por el reconocimiento que Francia y Gran Bretaña, hicieron del gobierno franquista. La crisis de gobierno se vio aun más agravada, cuando el Presidente de las Cortes, Martínez Barrio, sucesor constitucional de Azaña, rechazó tomar posesión, a menos que se le concedieran poderes excepcionales, para poner fin a la guerra. La estructura constitucional de la República se venía abajo. Y dado que Negrín se oponía a una rendición incondicional, tenía pocas opciones, más allá de confiar en la única formación política, que seguía comprometida sin reservas con la guerra, el PCE.

Pero en la zona centro-sur de España, donde prosperaba el anticomunismo, como ya explicamos en artículos anteriores, la dependencia de Negrín respecto al PCE, iba a acelerar la pérdida de control del territorio que él tanto trataba de evitar. La reacción anticomunista extendida en toda la zona, afectaba tanto a civiles como militares (En la excelente investigación de Ángel Bahamonde Magro y Javier Cervera Gil “Así terminó la guerra de España”, Madrid 1999, puede encontrase un estudio de las últimas etapas del conflicto, en el territorio de la República).

El 4 de marzo, tuvo lugar una rebelión muy confusa, en la base naval de Cartagena, en la que participaron, tanto republicanos anticomunistas, como quintacolumnistas de la Falange. Jesús Hernández, antiguo ministro comunista de Instrucción Pública, y por entonces comisario general de la zona centro-sur, envió tropas que consiguieron contener la rebelión. Pero en medio del pánico y la confusión, la República perdió la Marina. La cual, bajo las órdenes de su comandante, el almirante Buiza, que se oponía a continuar con la resistencia a ultranza, zarpó rumbo a la costa norteafricana, donde fue retenida por los franceses en Bizerta, a la espera de su entrega a Franco.

No obstante, el epicentro de la reacción contra Negrín era Madrid. Desde comienzos de febrero, el coronel Segismundo Casado, jefe del Ejército del Centro, que reprobaba la idea de Negrín de resistencia a ultranza, se hallaba en negociaciones en la capital, con dirigentes políticos civiles del mismo parecer, principalmente con el veterano socialista Julián Besteiro. El propósito de estas conversaciones secretas, consistía en establecer una junta de defensa, para arrebatar el poder a Negrín y poner fin a la guerra, en las mejores condiciones posibles. Casado estuvo motivado siempre, por el erróneo convencimiento, de que Franco se avendría a negociar con un militar de igual a igual, y de que sólo la dependencia de Negrín de la ayuda comunista, y la presencia del PCE en el Gobierno de la República, habían conducido a la situación de parálisis, en la que se encontraban.

El golpe de Casado se ha definido casi siempre, como una revolución militar. Pero, en realidad, supuso mucho más que eso. Lo ocurrido en Madrid, significó la culminación de una serie de procesos en toda la zona centro-sur. En palabras de Luis Araquistáin:

“No fue meramente una sublevación ciertamente militar, sino que fue una sublevación en toda regla de tipo civil. A consecuencia de ello salió el Consejo Nacional de Defensa, el cual no era un Consejo Militar, ya que en él, como militar sólo estaba Casado y sí se quiere apurar, el general Miaja. Todos los demás miembros, eran representantes de partidos políticos y de organizaciones sindicales, entre las cuales estaba nuestro Partido Socialista Obrero Español y la UGT. Querámoslo o no, haya sido un acierto o desacierto, el hecho real, indestructible, es ese”.

El golpe entrañaba la confluencia de intereses políticos y sociales diametralmente opuestos, frente a un partido comunista que, para entonces, 1939, se hallaba por completo aislado, de los otros grupos políticos de la España republicana. El PCE se había alejado de los anarcosindicalistas y de los socialistas, tanto por su política, como por sus agresivas técnicas de captación de militantes. Pero tampoco había conseguido, mantener la confianza de las clases medias entre su base de poder, al “fracasar” en su tarea de entregarles la victoria militar de la que, en último término, siempre había dependido el compromiso político de estas. Por ello, la rebelión de Casado constituyó la última etapa final, de la ruptura del Frente Popular, cuyos pilares se habían ido erosionando con el tiempo, a medida que se deterioraban las relaciones entre el PSOE y el PCE.

El enfrentamiento militar, de los días 6 al 13 de marzo en Madrid, fue la cristalización, como hemos dicho ya, de un movimiento civil más amplio, en la retaguardia de la República. Este agrupaba, desde el último cuarto de 1938, a anarcosindicalistas, a socialistas jóvenes y veteranos, así como a republicanos, todos contrarios al PCE, al que veían, entre otras cosas, como excesivamente influyente,

Pues eso.

(Continuará)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.