La muerte en Venecia espera al coronavirus
- Escrito por Mercedes Peces Ayuso
- Publicado en Cultura
«La soledad hace madurar lo original, lo audaz e inquietamente bello, el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito». La muerte en Venecia, Thomas Mann.
Que la historia se repite ya casi parece una redundancia, pero yo aquí sigo, como Gustav Aschenbach, buscando la inspiración perdida. En estos tiempos aburridos y limitantes todo se reduce a un escenario tan constreñido como el nuevo confinamiento en casa o en mi ciudad, muy lejos del exclusivo hotel Lido veneciano. Al fin y al cabo no importa, pues estamos hermanados: ellos, los personajes del relato, tendrán su cólera, nosotros, el coronavirus.
Abro el libro y huelo el aire decadente de los canales aunque esté delicadamente diluido en pebeteros aromáticos y sedas finas, envuelto entre conversaciones políglotas y paseos a la orilla del agua. Resulta inmortal y consolador leer acerca de ello mientras el mundo parece estar abriéndose a nuestros pies y sentir que los músicos siguen tocando mientras se hunde el barco. Todo un ejemplo de saber estar, de mantener el tipo. Según avanzamos asistimos a una desintegración física y moral colectiva, mientras leemos sobre una ciudad con sus gentes encerradas sin saber muy bien el motivo (pedazo de déjà vu). Venecia, la ciudad de los espejos con sus aguas y palacios reflejados, nos llega hoy más actual que nunca y trae la muerte real y simbólica a toda una época. Un relato corto y muy actual, con una gran impronta e importantes estelas en el mundo de la cinematografía (la maravillosa película de Visconti) y adaptaciones varias en otras artes escénicas. Una hermosa reflexión sobre la teoría de la estética y la belleza natural que consigue, por su mera existencia, abatir los muros de las apariencias, envolviéndonos en un decorado donde todo es símbolo: los personajes, los paisajes y las emociones contenidas y espontaneas. Otra vez la realidad superando la ficción… O quizá solo la esté refrendando; en cualquier caso, la sala de espejos es simétrica: el ambiente de exclusivo hotel de principios del siglo XX se difumina casi en paralelo para emerger al otro lado y mostrar el encierro que vivimos los de principios de siglo XXI en un entorno y con unas características aparentemente más protegidas pero igual de letales.
La diferencia, la gran diferencia, es que Gustav Aschenbach se confina no por salud sino por amor y por propia voluntad, siendo plenamente consciente de lo que hace, siguiendo el decurso de sus propias emociones, irremediablemente cautivado por la belleza encarnada, quemando convenciones y echándolas a un arroyo de cenizas ̶ como su apellido ̶ sabiendo que ello le traerá la muerte, mientras que nosotros nos rebelamos una y otra vez por nuestra libertad perdida entre paredes grises que no invitan al sacrificio por grandes ideales. Solo la responsabilidad y el sentido común nos mantiene firmes, aunque no entregados, como a los venecianos expulsados del edén del Lido.
Y al final, siento envidia y nostalgia por ese encierro selectivo de Aschenbach. Pues ¿hay algo más transcendente, mientras el mundo se desmorona, que la belleza, el amor, el deseo, la pureza y la estética? Me temo que solo la muerte en Venecia.
Mercedes Peces Ayuso
Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.
Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.
Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.
Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.