El anarquismo comenzó a ser conocido en la América Latina muy temprano, a partir de la I Internacional, en los años setenta del siglo XIX. Coincidió con los primeros impulsos industrializadores y con el comienzo de la llegada de inmigrantes europeos, especialmente al Cono Sur (Argentina y Uruguay, principalmente) y México. El anarquismo latinoamericano tuvo una clara vinculación con el anarquismo de los países mediterráneos -Italia y España- donde, como es sabido, fue una corriente con mucha fuerza y de donde eran la mayoría de los inmigrantes que llegaron. Entre los activistas europeos más vinculados con América estarían Enrico Malatesta, Fargas Pellicer y Abad de Santillán, que estuvieron presentes en la formación de los primeros sindicatos anarquistas. Pero, además, existe otra causa que explica la fuerza del anarquismo en América Latina, y se refiere a la situación socio-laboral. Estamos hablando de países con escaso o incipiente desarrollo industrial, una situación que compartían con España e Italia, precisamente, abundando aún los trabajadores relacionados con antiguos gremios y talleres en transición hacia el sistema fabril. El anarquismo podía calar más en estos trabajadores que no eran precisamente proletarios, según la caracterización del marxismo.