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Por los países del mundo imaginario de Jonathan Swift


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

«Sin duda están en lo cierto los filósofos cuando nos dicen que nada es grande ni pequeño sino por comparación»

Los viajes de Gulliver, 1726, Jonathan Swift

¿Por qué publicaría su obra de forma anónima este pastor anglicano irlandés, doctor en ciencias?

¿Por qué definir el absurdo desde la fina ironía al hablar de desentrañar conspiraciones políticas a través de los excrementos de los sospechosos? ¿O de los viejos inmortales, condenados a vivir eternamente desde la senectud? ¿Y qué tal ser un yahoo? ¿Sabías que le consideran el inventor del nombre femenino de Vanessa? Quizá sean preguntas que se contestan solas desde la propia biografía del autor y la novela. Al fin y al cabo, para Swift, la literatura es el medio de transcribir lo bueno y lo malo de la sociedad desde la vida colectiva como la mejor expresión y forma de convivencia para el hombre (alejado del buen salvaje de su coetáneo Rousseau), de reflexionar y hacerse la eterna pregunta de si la bondad humana nos viene por nacimiento o por formación. Esta dicotomía de pensamiento y acción es permanente en el libro, pasando de un opuesto a otro: grande-pequeño, sabio-tonto, antiguo-moderno, buen-mal gobierno, absurdo-razón, en escenarios variopintos no tan fantásticos. Son el reflejo del propio mundo del autor, con una infancia y adolescencia paupérrima seguida de una madurez y senectud rica y regalada, gracias a su talento y pluma, pero que su profunda misantropía e inteligencia no le permitirán disfrutar tan alegremente. Swift terminará sus días prediciendo su locura en el dolor y donando su fortuna a los pobres (recordando sus propias penurias, asumo) para edificar un manicomio. Tenía mucha gracia en su mala leche, pero esa bilis resultó tan genial como fatal. A veces, y salvando las distancias, recuerda al gran Quevedo. Y aquí, ya las palabras sobran.

Los viajes de Gulliver van de aventuras de mar, islas, tierras y personajes estrambóticos, pero con una gran carga de denuncia social, y Lemuel Gulliver, cirujano reconvertido en marino, encarna la ductilidad y capacidad de adaptación al medio del ser humano, sin perder un ápice de humanidad y bonhomía. Aunque el autor se quedara en la Tierra, recorriendo lugares exóticos, alguien también le regaló el nombre de Swift a un cráter en la Luna, antes de que Verne se hiciera con semejante honor, y así nuestro satélite se ha convertido en receptáculo de científicos, eruditos, literatos, artistas, etc., dignos de recordar en órbita eterna.

Este es un libro cargado de simbolismo y magia, de razón y sinrazón, de ironía y denuncia. Por eso le quieren tanto los niños. Y por eso lo olvidan tanto los hombres, que ya no quieren recordar que «La razón sola es suficiente para gobernarse una criatura racional», y por eso hemos preferido clasificarlo como un libro infantil, quizá para olvidar las verdades que encierra, la lúcida denuncia social a los defectos más comunes y serios de una sociedad adulta que ha olvidado que la fantasía también sirve para decir verdades grandes, para exponer la evolución de los pueblos, el choque cultural de los viajeros, la necesidad de aceptación y adaptación de lo diverso, la importancia de entenderse a través del aprendizaje de idiomas, la apertura de mente y la cambiante perspectiva ante la vida según usos y costumbres, la naturalidad y la brutalidad, todo ello pasado por el filtro de Gulliver, haciendo de cobaya e intermediario entre los extremos. La lección que saco es que para subsistir hay que ser lo suficientemente humilde como para ver y aceptar situaciones que escapan al control de uno mismo y, al mismo tiempo, lo suficientemente dúctil como para volverlas a tu favor, sin por ello volverte tonto y renunciar a intentar el cambio.

¿No sería este libro un buen regalo de navidad para los políticos? Pregunto.

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.

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