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Jarrapellejos o la lacra del cacique rural


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

«Pa sacal esto p'alante himos tenío que trabajal a jarrapellejo, que naide mos ha regalao na»

Jarrapellejos, 1914, Felipe Trigo

El subtítulo de esta novela Vida arcaica, feliz e independiente de un español representativo, es una ácida broma de su autor, antiguo médico militar y héroe de Filipinas, escrita apenas dos años antes de su suicidio, en un momento de la historia de España en el que hablar de abusos a mujeres con descripciones crudas y directas le costaría la crítica de sus contemporáneos y el olvido de la posteridad. Pero Jarrapellejos es mucho más que una obra plagada de dialectalismo y costumbrismo; habla de la corrupción política y, sobre todo moral, de los estamentos sociales, poniendo en primera plana la situación de los trabajadores rurales y de la mujer.

Estamos en La Joya, un pueblo ficticio de Extremadura que algunos identifican con Don Benito, en la primera mitad del s. XX. El cacique, Don Pedro Luis Jarrapellejos, es el dueño absoluto de la vida de sus habitantes, con derecho de pernada incluido. Nada escapa a su control y toda voluntad se compra. Menos la de Isabel, cuyo horrendo final abrirá la espita de lo peor y más oculto del ser humano sacándolo a plena luz. Pero de nuevo, para que nada cambie. Se buscan culpables, se saben y ocultan, se señalan inocentes con el dedo y se expulsan del lugar paraque el cacique siga campando por sus respetos.

Existe una película que retrata con bastante fidelidad la novela. Quizá sea incluso más conocida que esta última, pero con independencia de ello, la hipocresía y la manipulación siguen siendo temas de rabiosa actualidad. La aparente decencia de las señoras casadas, los golpes de mano políticos y la lujuria desbocada, continúan vigentes en nuestros tiempos. Sigue siendo difícil denunciar los abusos, más si son de orden sexual, y las víctimas sienten el peso de la vergüenza y del señalamiento público que les aplasta y marca de por vida. Lobos vestidos de corderos, gente de aparente bien, con poder económico y social que siempre acallan el qué dirán. Lo que no se puede comprar, se destruye y sepulta bajo capas de tierra que ahogue su grito mudo. En estas tierras en las que nada importa abundan los santos inocentes, cargados de agravios y humillaciones desde hace generaciones.

Quizá resulte algo difícil leer esta novela por su estilo narrativo, conocido en tierras extremeñas, pero ya bastante anticuado. El ejercicio literario del autor que pretende reflejar el habla local es algo pesado para lectores de este siglo y apenas se utiliza aparte de en ciertas zonas muy aisladas. No obstante, sigue siendo una llaga abierta y la denuncia social es perfectamente transferible a muchas zonas rurales y urbanas marginales de nuestra sociedad moderna. Los mismos señoritos rijosos, las mismas señoronas con el dedo acusador alargado hasta la puerta, la misma chulería comprada con dinero y esa impunidad que agranda la indefensión y, lo que es peor, la conformidad y sumisión heredadas desde hace no se sabe bien ̶ y aceptada no se sabe por qué ̶ , a jarrapellejos.

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.

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