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Lola, Lolita, Lola


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

«Cualquier desviación del destino que hemos ordenado nos impresionaría no solo por anómala, sino también por su falta de ética. Preferiríamos no haber conocido a nuestro vecino, el vendedor jubilado de salchichas calientes, si un día publica el libro de poesías más importante de su tiempo»

Lolita, 1955, Vladimir Nabokov

Treinta y siete años él, doce ella, cuando todo comienza. Él profesor de literatura francesa, ella niña de colegio. Pederastia, amor mal entendido y a veces compartido, dolor, sexo, indefensión y dos destinos abocados a la desgracia.

Una novela que, hoy en día, aún seguimos intentando encasillar, peleándonos por clasificarla en un intento de conferirle un carácter inequívoco, rotundo, de blancos o negros, polarizados ante la idea de que sea un perverso apologismo de la violación de menores; mientras que otros defienden la creación artística, la expresión narrativa de una obra maestra de la literatura que habla y trata este tema, sí, pero también muchos otros. Sin embargo, hay una tercera vía: la que distingue entre la pluma brillante de Nabokov y el relato autojustificativo del protagonista, un pederasta incapaz de resistir la atracción que experimenta por las niñas, aquí todas encarnadas en Lolita, con el telón de fondo del retrato ácido y visionario de la niña que juega a gustar, a seducir y manipular sin ninguna inocencia a los hombres, sin corresponder nunca a su amor, aprendiza de mujer fatal, bocado inconfesable de tantos hombres ávidos de los encantos de las llamadas nínfulas y, además, de lo prohibido del incesto. Va de un viaje físico y mental a través de la locura y la muerte, que desemboca en una narración magistral puesta en boca del protagonista, Humbert Humbert, ya condenado en la cárcel. Así, el torturador se convierte en el mismo torturado, alguien que tiene que conseguir los favores y el silencio de su hijastra mediante la extorsión y pagando por ellos. Lolita es la historia de un hombre que persigue la hermosura volátil de la inmadurez y de una pasión irrealizable, porque al momento de consumarlo destruye aquello de lo que se apodera. Esta es la historia de personajes enjaulados, presos en sus propias redes, sin posibilidad de escapar.

Lolita se basa en una historia real, pero el autor no la utiliza para hacer nuevo periodismo a la Truman Capote, sino como espolón para su atascado argumento de una novela sobre el amor amoral entre hombre y niña, con el telón de fondo de una sociedad que mira aparte, de la cultura del plástico, la doble moral y los moteles baratos. No pretende ser didáctica, pues Nabokov aborrece dar lecciones. Tampoco ser pornográfica, aunque fuera rechazada por las editoriales de la época y solo se atreviera a publicarla un sello de literatura erótica parisino. Menos aún es solo la niña perversa de Kubrik. Lolita es todo eso y mucho más, es el armazón narrativo para un derroche de maestría literaria y de valor, al sacar a la luz los oscuros deseos de hombres que pasan por cultos y educados. En este contexto, me asaltan las alusiones a la Annabel Lee de E. Allan Poe o a la Alicia de Lewis Carroll, y me extraña que en estos casos nadie se haya quitado aún las gafas de su enorme ceguera…

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.

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