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EL PERIÓDICO
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Un poco de agresividad conceptual bajo el manto del escritor


Entendemos por agresividad la violencia sobre algo o alguien que impide, fuerza, altera, trastorna o destruye su propia estructura o dinamismo. Cualquier forma de conducta física o verbal destinada a dañar, ofender o destruir, al margen de que se manifieste con hostilidad o como medio calculado para alcanzar un fin, se considera una conducta agresiva.

La mayoría de los autores, retratamos del natural, todo aquello que nos es familiar, que nos llama la atención o que es fruto de la propia experiencia. Para algunos asuntos, la imaginación no es suficiente. El problema está ahí desde siempre y se llama conducta agresiva. Y desde siempre, desde el principio los autores han querido denunciar de una manera o de otra, pasando y repasando por diferentes clases sociales, desde la literatura medieval, para derruir la injustica y la violencia extrema que ha caracterizado a gran parte de nuestra sociedad.

La agresividad (física o verbal) puede ir dirigida contra uno mismo (autoagresión) o contra otros (heteroagresión), ya sean personas, animales u objetos. Las conductas agresivas forman parte del repertorio normal de las personas. Sin embargo, no está claro el papel que juegan la herencia y el ambiente en su desarrollo, pero se considera que la agresividad es una consecuencia conductual de la maduración biológica y social característica de la infancia.

Para Èmile Zola, Galdós, Pardo Bazán y otros escritores naturalistas, sí había relación entre herencia genética y determinismo social, claro. Los personajes infantiles dan buena muestra de ello, en especial, los retratos de niños de Galdós, quien convencido por Cervantes y la literatura clásica, volcó su pesadumbre y reflexión social sobre este lumpen castigado.

Por lo general, en la actualidad, las personas/personajes tienen más salidas, no están tan determinados por su propio contexto (La taberna de Zola) pues estas conductas se van reduciendo a medida que los adolescentes incorporan nuevas habilidades físicas y sociales con que enfrentarse a los estímulos aversivos que puedan encontrar en su exploración del entorno y en el ejercicio de su creciente autonomía. Las conductas agresivas son susceptibles de adquirirse y mantenerse a través del aprendizaje social. Numerosos estudios confirman la importancia que tiene el refuerzo en el modelado y el mantenimiento de la conducta agresiva. Así los sistemas familiares que permiten un control de la conducta mediante la utilización del dolor o castigo físico producen niños y jóvenes que exhiben un elevado índice de respuestas agresivas.

Lo hemos leído en infinidad de textos: con respecto a la infancia y su desarrollo adolescente (los pícaros que aparecen en Lazarillo de Tormes, El buscón, Rinconete y Cortadillo, por ejemplo, presentan situaciones terribles de abuso y maltrato que después moldea seres adultos violentos como respuesta vital.

Desde el punto de vista social, la cultura regula el uso de la agresión en las relaciones sociales y aporta significados compartidos a estas acciones. En general, la conducta agresiva produce actitudes de rechazo, ya que el intento de producir un cambio en una persona adulta, desde una postura de fuerza, atenta contra su libertad (viola su derecho a conducirse de acuerdo con sus criterios) y vulnera las reglas y normas sociales.

Hay que aclarar que un niño puede ser agresivo, sin ser violento, aun cuando estos dos aspectos están íntimamente relacionados. Podríamos decir que la agresividad es una actitud y la violencia es una conducta. Hay miradas o gestos agresivos que no acaban en una pelea o en una acción violenta. La pelea es la conducta violenta que manifiesta una agresividad no controlada. Las peleas retratadas por ejemplo por Galdós en La desheredada o en Miau, dan buena cuenta de ello, pero también dan buena cuenta El vientre de París, la fortuna de los Rougon Maquart, Germinal o La bestia humana. Gran retrato posterior ofreció Camilo José Cela, con La familia de Pascual Duarte. Todos los autores han querido enseñar, mostrar y aleccionar a los lectores denunciando el dolor de la agresividad creciente desde la infancia, con la sociedad como verdugo incansable.

No debemos dejar de mencionar que la actitud agresiva (de fastidio o de malestar) ante algo que deseamos y que por las causas que sea, no conseguimos, se puede considerar natural y sana y es por sí misma, objeto, causa de materia novelable. El personaje, transmite que sentimos de forma correcta, pero que nos interesa conseguir ese objeto –el que sea- para llegar a esa meta y que tendremos una disposición para lograrlo. El problema aparece cuando no “admitimos” ese impedimento y desarrollamos una conducta negativa (violenta) para conseguirlo.

Como galdosiana y galdosista (ambos términos diferentes) que he pretendido ser a lo largo de estos últimos treinta años, centro unas pinceladas en Pecado Mariano Rufete, uno de los representantes más fabulosos del lumpen madrileño, que en nada se diferencia de la realidad actual. Mariano «pecado» se ajusta en todo a un trastorno antisocial o límite de la personalidad. Canencia es el típico «loco viejo», figura de todos los manicomios y hospitales de enfermos crónicos inveterados: institucionalizado, adaptado a su vida hospitalaria, cómodamente acogido en ese ambiente, ha desarrollado unos esquemas vitales que le permiten vivir en el recinto pero que le incapacitarían para vivir fuera del mismo. Aquí tenemos los personajes colectivos agresivos que describe Galdós minuciosamente: el manicomio de Leganés.

Sus características arquitectónicas y estructurales así como sus carencias. Su inadecuación para ser hospital: «... esa lúgubre fortaleza llamada manicomio, que juntamente es hospital y presidio...» realmente reunía esas condiciones como han demostrado historiadores y estudiosos de hoy.

La asistencia psiquiátrica del momento de Madrid es descrita por el escritor con resultados negativos de los métodos terapéuticos manicomiales sobre la evolución de las psicosis: «... aquella parte de la humanidad aprisionada por enferma, observando como los locos refinan la locura con el mutuo ejemplo, como perfeccionan sus manías, como se adiestran en aquel arte horroroso de hacer lo contrario de lo que el buen sentido ordena...» Minucioso en la observación de la realidad que le rodeaba, don Benito fue capaz de anticipar reflexiones que más tarde sentarían las bases de la actual Reforma de la Asistencia Psiquiátrica.

Las instituciones manicomiales, tal y como estaban concebidas, no ayudaban a mejorar la salud mental de los enfermos asilados en ellas durante largos períodos de tiempo. Antes bien, el proceso de institucionalización, el aislamiento de las personas llamadas «normales» y el alejamiento de la comunidad aumentan los síntomas psicóticos y favorecen el deterioro y la degradación global de la persona. Resultado de todo ello ha sido el cierre de los manicomios y el intento actual de tratar a los enfermos mentales en la comunidad, ingresándolos durante períodos de tiempo lo más cortos posibles y manteniendo siempre un programa de rehabilitación tratando de que alcancen «lo que el buen sentido ordena».

Ese «buen sentido» del que Galdós hizo gala en sus obras con las que, según él mismo expresa, no trata sólo de distraer al lector, sino de enseñar y educar. Es el sentido actualísimo de la divulgación como parte fundamental de la reforma en la asistencia psiquiátrica, porque se entiende que es importantísimo «educar en el buen sentido». Es decir: «educar en la Salud Mental». Consigue así Galdós dar armonía, coherencia y plena actualidad en sus obras contribuyendo con ello al entendimiento entre literatura y psiquiatría.

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