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EL PERIÓDICO
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Jardiel Poncela. Si queréis que hablen bien de vosotros, ya sabéis: ¡moriros!


De igual modo querría también escribir en serio -aun a pique de arruinar mi pequeña finca literaria- de cosas graves, y desentrañar con los bisturíes de la serenidad y del buen juicio los todavía tenebrosos problemas de la vida y del alma. Querría fijar en el ánimo del lector una excelente idea de la Humanidad, de la Divinidad, del Mundo, de la Moral, de la Amistad, del Amor y de tantas [Anterior]cosas[Siguiente] cuya envergadura nos obliga a utilizar las letras mayúsculas para expresarlas por la palabra escrita. Querría decir que todo es perfecto, bueno y justo; dar soluciones a conflictos políticos y sociales; cantar la honradez, la delicadeza y la nobleza de los seres; plasmar las tremendas penas del Infierno, los deleites exquisitos del Cielo y la idiotez insuperable del Limbo; querría -en fin- afirmar incluso que el Petróleo Gal crea glóbulos rojos y que los Hipofosfitos Salud contienen la caída del pelo.

Pero no puedo hacerlo... No puedo. ¡No puedo!

Y si lo hiciera, mis palabras sonarían tan a hueco como un tambor y sabrían tan a falso como un asiento de rejilla. Enrique Jardiel Poncela. 1931

Jardiel Poncela estrenó su primera obra en 1927 y hasta 1952, en que murió, dio a la escena veintisiete piezas más, siendo una de las más conocidas Eloisa esta debajo de un almendro. En esta obra su prólogo, tal y como la crítica ha señalado, vale por toda una comedia, y un criados –admirables esos criados de Jardiel- que pasan a categoría de protagonistas junto a unos “señores” que anuncian, con sus intervenciones absurdas y deliciosamente disparatadas, el mejor teatro humorístico y no humorístico más cercano a nosotros.

Ayer fue su cumpleaños.

Jardiel Poncela recogió la incongruencia de los españoles con episodios de abucheo en Argentina, por ejemplo, por sus propios camaradas republicanos. ¡Cómo no! Admirado por buena parte del público actual y reconocido como un escritor de indudable valor por las últimas generaciones (no las de ahora, sino de los últimos que saben algo) de dramaturgos, Enrique Jardiel Poncela debe abrir, por derecho propio, cualquier capítulo dedicado a la literatura de humor contemporánea. Un humor nacido de una muy particular visión del mundo, de la sociedad y de los temas más trascendentales, y cuyo resultado inusitado, inverosímil y absurdo, está en el polo opuesto del teatro naturalista, cuya dolencia fundamental fue su raquitismo dramático. Teatro en libertad, pues Jardiel se salta a la torera todo con evidente desparpajo, la obra de nuestro escritor es de un irrealismo manifiesto, recusando la realidad pero nunca falseándola.

Jardiel pretendió el humor dramático y, efectivamente, llegó a conseguirlo, pues talento no le faltaba. Es el suyo un humor de base intelectual, de fina elegancia, irónico y, en ocasiones, sarcástico, pero siempre brillante, nazca de la palabra o de la situación. Con su teatro pasa por encima de costumbrismos, casticismo y recursos de “enganche” hacia el público, Poncela es honesto con su visión creando una suerte de personajes en contexto universales, en situaciones inverosímiles que en realidad, la vida ya nos demuestra que es quien se encarga de demostrarnos su verosimilitud.

Domina el lenguaje y su comicidad por medio del chiste fonético, los juegos de palabras, los equívocos en una maestría sublime de diversificar la comicidad de las situaciones. Pocos entendieron su cerebro, quizás tal vez en la actualidad, sí hubiera sido mejor entendido, lógicamente fuera de nuestras fronteras que es donde a uno le reconocen. El no elaborar un teatro ideológico al servicio de nadie, ser librepensador, no se perdona y su teatro pagó esas consecuencias, por encontrar un público que se desconcertaba o que encontraba arbitrario su teatro. Difícil ser creador y “dar en la clave del público”. Como siempre decimos algunos, no existe un muy buen profesor, porque si sabes mucho, si tienes conocimiento y amor por lo que haces, tus envidiosos colegas no te dejarán vivir y si eres malo, tranquilo, que ya esos ignorantes alumnos se volverán catedráticos para juzgar si sabes o no. Por tanto, lo mejor es vivir en esa mediocridad que tanto apaña al personal. Poncela sufrió ese envite como nadie.

Obtuvo muchos triunfos estimables, se sintió perseguido, víctima de una confabulación de crítica y público hacia su teatro, y sus contemporáneos recuerdan los últimos años del dramaturgo con palabras de lamento, que están muy cerca de éstas de Torrente Ballester: “La muerte de Jardiel es algo que los españoles de mi generación llevamos clavado en el alma y de la que nos sentimos algo culpables. Yo, señores, he sido testigo de los furiosos pateos con que algún estreno de Jardiel fue recibido. Pues bien, pateos como aquellos llevaron a la muerte al gran Jardiel, que se murió de pena por haber fracasado”.

“No sólo que las mujeres de mis libros son todas unas desvergonzadas, sino también que suelo echar excesivamente a broma cosas muy serias y problemas graves. Y hasta una interesante dama argentina me escribía en el pasado noviembre desde su residencia de Rosario:

"¿Con qué derecho, dado por quién, asentado en qué razones destruye usted sin construir y comete el crimen de tener talento para ponerlo al servicio del mal?"

Un elogio desmedido y una acusación que eriza el vello... Y agregaba en otro párrafo: "Amigo Jardiel: váyase de Madrid, rompa la cadena que le liga a falsas almas de mujeres y de hombres estragados por esa enfermedad de las ciudades modernas, que es el escepticismo..." Para concluir preguntando:

"¿Por qué se obstina en no escribir con seriedad y credulidad de las cosas trascendentales?" ( Habla el autor ) Es verdad que he echado a broma cosas trascendentales, problemas serios, quizá gravísimos.

Es verdad, asimismo, que las mujeres de mis novelas son unas desvergonzadas: Sylvia Brums, Mignonne Lecoeur, Drasdy, Palmera Suaretti, Musia, Siska, Ann Hills, Vivola Adamant...

Me declaro culpable de ese pudding de infamia.

Pero... ¿qué hacer? ¿Cómo escribir de otra manera?

¡Ay, yo bien querría pintar el idilio que la ingenua muchacha enamorada sostiene con el gallardo teniente de Infantería o con el estudioso licenciado en Derecho!... Querría describir sus tiernas escenas de amor en el jardín, sobre el repecho de la ventana enjalbegada por la luz de la luna, o en la acogedora chaise-longue del saloncito… Mas -lo juro-: no puedo. Todo eso me da náuseas.”

Pero... ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? 1931, pág. 73. Cátedra (Madrid), 1996

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