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El Jarama y el coronavirus


«—El día que se fastidie se fastidió — contestaba Macario —. Entonces sálvese quien pueda; quiere decir que les habrá llegado a ellos y a su madre el turno las apreturas, y a bandeárselas como sea y tirar para alante. Hasta entonces no hay más narices que dar uno de sí lo que estiren las gomas de los músculos»

El Jarama, 1955, Rafael Sánchez Ferlosio

 

El Jarama es un libro que siempre me olerá a bachillerato, a puntas de lápices y a subrayados de textos. No lo voy a poder remediar, le tengo una gran estima, que me perdone el autor que tanto renegó de esta obra. Pero a mí me gusta, porque me recuerda los domingos de tortillas de patata oliendo a pinos, sentados en incómodas sillas de camping sin homologar y aguantando la radio a toda pastilla de la familia vecina y a la pareja semiescondida en el seiscientos blanco de al lado; me retrotrae a esos merenderos de río en los que veraneábamos los niños domingueros, tirándonos al agua desde las piedras a falta de trampolín después de pasar dos horas inquietos para hacer la obligada digestión… cuando todo el peligro estaba para los animales que encontráramos, porque se convertían en las presas de un momento de profundo aburrimiento. Así que espero que se me permita ser subjetiva con la novela paradigma del objetivismo de posguerra.

Quizá mis recuerdos sean más blandos porque soy de una generación posterior a la de los protagonistas, pero también les entiendo cuando hablan del tiempo y preguntan las horas, porque ya me sé la respuesta: es «La (hora) de no preguntar la hora que es», quizá porque en ella no haya lugar para la prisa, es domingo, no hay nada especial que hacer, poca fantasía, lo cotidiano es lo protagonista. El día a día que es lo que vivimos en 2021. Y poco más, con todas las antenas sintonizadas en el coronavirus. Olvídate tú del espacio profundo, la noticia del día es el virus constantemente omnipresente y determinante. Así que si nos desclasifican archivos ultrasecretos y nos hablan de extraterrestres ni lo registramos, tenemos el satélite en tierra sin orientarlo a la luz. Y seguimos presos de un tremendo abatimiento-aburrimiento, por más que nuestros políticos intenten animar el circo. Por eso nos peleamos por todo: por salir y no salir, por imponer esto y aquello, por ser derecha, izquierda, centro o p’adentro, por buscar culpables y chivos expiatorios soltando soflamas incendiarias.

Qué profundo aburrimiento. Qué spleen. Lo único que nos espabila son las cifras del miedo cada vez que el círculo se va cerrando alrededor nuestro y en la ronda de reconocimiento aparecen los amigos. Como la chica ahogada en el Jarama, a última hora, rompiendo la monotonía del día, cuya muerte dota de corporeidad la existencia de los demás, haciéndonos conscientes de la diferencia entre la probabilidad y la certeza de una lotería que al final nos toca a todos. Esta llaneza es lo que le confiere al libro de mi bachillerato su autenticidad, extrayendo de la nada un logro literario y elevando, hábilmente, la cotidianeidad a categoría vital, todo ello mediante un léxico vehicular sin complejos. Como el que deberíamos estar usando todos nosotros a estas alturas de la novela de nuestras vidas.

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.

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