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El regeneracionismo de Alma y vida


Retrato de Benito Pérez Galdos. / Archivo. Retrato de Benito Pérez Galdos. / Archivo.

La cuestión española constituye un tema esencial a la hora de reconstruir el sentido de este drama escrito por Galdós y estrenado en 1902, unos meses después del estruendoso estreno de Electra. Nada mejor para ello que acudir a las palabras del escritor, donde encontramos una preocupación constante por la vida activa de la sociedad a la que pertenece. Estos mensajes se hayan, por ejemplo, en La Prensa de Buenos Aires, donde leemos a un Galdós preocupado por la problemática del caciquismo, tan característica de la política española. De ello escribe en el año 18911, lo que demuestra su preocupación temprana por este mal que azota la sociedad:

El caciquismo es la verdadera lepra del régimen constitucional, su descrédito y la causa de que una gran mayoría del país permanezca alejada de la política, dejando que crezcan y le arraiguen los tradicionales vicios de ésta; el caciquismo es la tiranía del bando imperante en las provincias, tiranía que se vale de los medios gubernativos, así como de los judiciales, para dominar en la localidad, reduciendo a servir obediencia a los del bando caído; es un recuerdo del poder feudal, un despotismo disfrazado y más irritante que el omnímodo poder de los señores de antaño, y que hace imposible la existencia en algunas localidades. Llamamos cacique a la persona que representa en el distrito al representante de éste en Cortes. El diputado debe su elección al cacique y le paga esta deuda, sosteniendo a todo trance su influencia local, poniendo a su disposición los recursos administrativos y judiciales para tiranizar la comarca. Recíprocamente se ayudan y se amparan, viniendo a ser los dueños del país. Hay caciques templados, que ejercen su tiranía con benignidad, atemperándose a las circunstancias; y otros que no reconocen más ley que su capricho, y provincia, distrito o ciudad que tiene la desgracia de caer bajo la vara de uno de éstos, ya puede encomendarse a Dios. Recientemente han ocurrido en alguna localidad agitaciones, muy parecidas a movimientos insurreccionales, y que obedecían al cansancio, al instinto de defensa contra yugos tan difíciles de soportar.

La cabeza visible de esta figura en el drama Alma y vida será la representación dramatizada del personaje de Monegro, cacique explotador cuyos caracteres retratan la preocupación de Galdós por el manejo del poder a expensas del pueblo. Se dibuja una sociedad sin posibilidades de búsqueda de su libertad, lo que es similar a una ausencia total de progreso. Es la presencia caciquil2, en el comportamiento del sistema político como un sistema esclerotizado, que Galdós reclama como el verdadero cáncer social, y lo denuncia igualmente en 1891:

El cacique es la planta venenosa de nuestro organismo actual. Los gobiernos conservadores la han fomentado con descarada audacia, y los liberales no han podido o no han querido extirparla. Mientras exista el caciquismo, el sistema, con todo su aparato de leyes muy bonitas, muy seductoras en el terreno científico, no es más que una dicción sostenida con arte por unos cuantos hombres inteligentes. ¿Y quien es el guapo que se atreve a poner mano en esta planta maldita y arrancarla de raíz? La abnegación que para esto se necesita, nadie la tiene. Para ello se necesitaría hacer unas elecciones de verdad, sometiéndose a lo que saliera, y el amor propio de los gobiernos, cualesquiera que éstos sean, no permite concesión tan grande al sentido común y a la verdad de la ley. (...)

Galdós conoce el problema y según recogemos en sus escritos se pronuncia a denunciar estos hechos once años antes de estrenar Alma y vida. Pero hay que tener en cuenta que si ésta era una preocupación latente en el pensamiento de Galdós, todavía lo sería más cuando la cuestión social se radicaliza. El asunto no sólo afecta a España, se refiere también a Europa y a Francia de forma más concreta donde a la sazón luchan contra el mismo mal. Son los años del 98 y principios del siglo XX, donde Galdós continúa comprobando los efectos de este deterioro social, y por ello escribe en 1901, año de Electra, las siguientes palabras en La Prensa de Buenos Aires:

Concretando síntomas, hablaré del caciquismo, una de las más penosas dolencias que por acá padecemos. Y no se diga que esa calamidad es privativa de nuestro suelo y de nuestra raza.

Todos los pueblos latinos la padecen con más o menos intensidad. (...)

Aquí es enfermedad constitutiva, de esas que llegan a formar una normalidad que caso se confunde con la salud. Nos hemos habituado al veneno, y casi casi nos sabría mal que desapareciera súbitamente de nuestra sangre. El caciquismo es la voluntad de algunos que, al amparo de una viciosa organización política, aplican los reyes en provecho propio, y estorban la acción legal de los más, produciendo un régimen caprichoso, en el cual viven a sus anchas cuadrillas organizadas por regiones, provincias y lugares, mientras viven en el desamparo de toda ley los ciudadanos que no han sabido o no han podido afiliarse a estas comunidades vividoras.

Estas tienen por cabeza un personaje de alta significación y poder en uno o en otro partido, y sobrenadan en todas las agitaciones, y continúan imperando a despecho de turnos gobernantes y de combinaciones. Si no fuera nuestro caciquismo un régimen civilizado y benigno, ajeno a toda intención melodramática y a todo trágico procedimiento, se le podría comparar a la maffia. Pero aunque remoto, innegable es el parentesco de la comedia urbana con el drama espeluznante, pues ambos son representaciones de los humanos apetitos, y en uno y en otro espectáculo vemos el egoísmo y la maldad frente a la descuidada inocencia de los que componen la mayoría social3.

Con este material el escritor tiene el núcleo central. Es necesario señalar que la temática del drama galdosiano manifiesta la idea esencial que el escritor canario tiene en su labor artística, observación, análisis, y denuncia. La posibilidad de alterar el orden social es innata al proceso de regeneración de las sociedades. Es el momento histórico de sentir una España cargada de pesimismo, al menos así quedó reflejado con los intelectuales de la "Generación del 98". La actitud del escritor canario será otra, aquel pesimismo estará olvidado por Galdós4, cuyo pensamiento es claro. La carencia de perspectiva y de futuro se verá oscurecida por la caquexia nacional, tan traída y llevada por Galdós. El desprecio por el ambiente político de la Restauración, el parlamentarismo o el espíritu de la sociedad, son latidos fuertes del ardiente corazón literario, que a la sazón, constituye el pilar de la existencia social y política del escritor. El anhelo de proponer reformas y por tanto de regenerar España por medio del vehículo dramático era en este sentido un potencial vivo de la dramaturgia de Galdós. Pero, esto no quiere decir que se deba incluir a Galdós en el ambiente de los llamados “regeneracionistas” –Joaquín Costa, Macías Picabea, Lucas Mallada o Damián Isern entre otros-, grupo que por su edad pertenecen a la generación de Galdós, pero que lógicamente no participan de la misma idiosincrasia que el autor canario. Cierto pesimismo de origen teológico católico bañaba aquellos ideales de fondo pesimista, no así a Galdós. Por ello veremos algunas sustanciales diferencias por la sencilla razón de que nunca la obra de Galdós se debe encasillar en movimientos, ideologías o políticas unitarias. Ello llevaría a error y a cierta menudencia literaria. Tanto su pensamiento como su obra se aproxima a numerosos movimientos y ósmosis característicos de su época, pero, y esto es lo más enigmático para el investigador de su obra, siempre buscará como autor y siempre encontraremos como investigadores su propia identidad y particular genio creador. Buscaremos su significación y modernidad como autor de compromiso con su época, examinando cómo se aproxima a movimientos literarios y políticos, pero sin caer en encasillamientos.

El 8 de noviembre de 1903, Galdós publica en el primer número de Alma española, el artículo “Soñemos, alma, soñemos”, artículo donde el escritor expone la tesis mantenida en Alma y vida, una visión impregnada de las ideas del regeneracionismo costista. Lógicamente hay elementos de Costa, como ya anticipó Galdós en sus textos de La prensa, años ha, pero no constituyen estos la única tesis del drama. Existen algunas diferencias de éste con aquellos, diferencias que felizmente ya había señalado el profesor Julio Rodríguez Puértolas en su edición de El caballero encantado, donde expone las verdaderas disimilitudes:

Y no es solamente el rechazo de ese pesimismo lo que separa a Galdós del regeneracionismo, sino algo, sin duda, mucho más básico aún: la confianza del autor de El caballero encantado en el pueblo y en una auténtica renovación revolucionaria del país, frente a la más que obvia tendencia autoritaria y mesiánica del regeneracionismo, en espera de un "cirujano de hierro" (Macías Picavea), de un "caudillo" (Mallada). Galdós, en efecto, no podrá ser calificado jamás de prefascista5.

Una actitud pesimista, subyace en la intelectualidad a modo de poso imposible de digerir y de definir en su origen. Dentro de la maraña supresora y dominante de aquella teología se encuentra como rasgo característico la ausencia de posibilidad. El hombre no es dueño de su propio trabajo y de su búsqueda espiritual, siempre estará mediatizado por extrañas fuerzas del mal, negativas y pesimistas que impiden claramente su evolución. Esta es la razón por la que Galdós aún concediendo a la temática del drama una visión regeneracionista en cuanto a la idea de regenerar y cambiar España, desde dentro, como señalaba Joaquín Costa6, buceará un paso más para poder ofrecer su particular solución sobre el problema de España y el marcado pesimismo que caracteriza el sentir social de la época. Galdós plantea en el desarrollo del drama una solución, en aparente segundo plano, y esta solución es la revolución. Esta resolución aparece en el acto I, en la escena IX, y en las palabras del subversivo Juan Pablo, cuando propugna que donde no hay ni justicia ni libertad, ésta ha de ser tomada por la fuerza:

JUAN PABLO. Yo les prediqué y repetí mil veces que no cedieran, que no se resignaran a ser tratados como bestias...(...)

LA MARQUESA. De modo que vos, si no os dan la justicia...

JUAN PABLO. La tomo. No hay otro remedio. Dios no nos ha puesto en el mundo para que nos dejemos sacrificar estúpidamente. Perezcamos defendiendo nuestro derecho, siendo jueces donde no los hay.

Sólo desde esta forma, la de la peculiaridad galdosiana, incluyo este drama de Galdós en las corrientes reformistas del teatro del momento surgidas al finalizar la guerra de Cuba, donde la fórmula regeneracionista se encontraba en su máximo desarrollo. Esta corriente, como señala Antonio Castellón en su libro El teatro como instrumento político en España (1895-1914)7, seguirá su producción hasta la Segunda República, si bien con algunas variantes en sus formulaciones.

1William Shoemaker, Las cartas desconocidas de Galdós, en La Prensa de Buenos Aires, Madrid, Cultura Hispánica, 1973, pp. 446-448.Carta nº 150, escrita [25-I-91], publicada el 25- II- 91.

2Ibídem, pp. 446-448.

3Op. Cit, Carta 176, escrita el 20-X-01, publicada el 17-XI-01, pp. 539-542.

4La lucha por la supervivencia de España tendrá en Galdós una lectura diferente a los de la “Generación del 98”. Ese es precisamente uno de los rasgos diferenciadores que ya el escritor había demandado en su artículo “Soñemos, alma, soñemos”, al aclarar que “el pesimismo que la España caduca nos predica para prepararnos a un deshonroso morir, ha generalizado una idea falsa. La catástrofe del 98 sugiere a muchos la idea de un inmenso bajón de la raza y de su energía. No hay tal bajón ni cosa que lo valga. Mirando un poco hacia lo pasado, veremos que, con catástrofe o sin ella, los últimos cincuenta años del siglo anterior marcan un progreso de incalculable significación, progreso puramente espiritual escondido en la vaguedad de las costumbres”. Este era el espíritu rompedor y futurista de Galdós, muy distinto al propugnado por los otros intelectuales, cuya visión de España se centra más en una endogamia que en una reforma y compromiso ideológico.

5Benito Pérez Galdós, El caballero encantado, Madrid, Cátedra, 1982, pp. 33-34. Edición de Julio Rodríguez- Puértolas.

6La obra de Joaquín Costa titulada Colectivismo agrario en España de 1898 precisamente y que tanto influyó en la intelectualidad de la época incluido Galdós, constituye un estudio detenido de los problemas del campo español. El autor defiende una “revolución agraria” y una reforma “desde dentro y desde arriba”, “las revoluciones hechas desde el poder son el pararrayos para conjurar las revoluciones de las calles y de los campos”. En este sentido se hicieron famosas sus palabras “despensa y escuela” con las que resumía su programa de política económica y educativa. Recordemos que dichos sustantivos eran en esencia temática utilizados por Galdós como trasfondo ineludible de la temática de muchas de sus obras. Como continuación de esta obra, publica Costa en 1901 Oligarquía y caciquismo como forma actual de gobierno, donde ataca las bases de la política de la época. Son los mismos problemas que preocupaban a Galdós, pero con distinta solución. “Sólo hay parlamento ni partido; sólo hay oligarquías”, o bien “La forma actual de gobierno en España es una monarquía absoluta cuyo rey es Su Majestad el Cacique”. En esta idea insistía Costa, en llevar a cabo una política de hechos y realizaciones concretas, como el reparto de tierras (tema también desarrollado por Galdós sobre todo en Celia en los infiernos) etc, pero y aquí está la diferencia ya señalada por Rodríguez Puértolas, Costa convencido de que tales reformas nunca saldrían del régimen parlamentario vigente, puso su única esperanza en la “aparición de un cirujano de hierro”, un dictador ilustrado que se propusiera la regeneración de España. Esta es la diferencia con el autor de Alma y vida quien puso su esperanza de futuro en el creciente socialismo.

7Para una mayor documentación a cerca del teatro reformista de la época, con especial atención a otros autores del panorama dramático español de la época, revisar el Capítulo VI del libro citado de Castellón, El teatro como instrumento político en España (1895-1914) en su Edición de Madrid, Endimión, 1994, donde el autor hace un repaso, como digo, de las inquietudes de los autores teatrales que querían reformar con su teatro el panorama social y político de la época.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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