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Matadero 5, coronavirus 6


Foto de archivo del escritor Kurt Vonnegut en Nueva York, Estados Unidos, en abril de 2005. Foto de archivo del escritor Kurt Vonnegut en Nueva York, Estados Unidos, en abril de 2005.

«Billy se dejaba guiar por el miedo y por la falta de miedo. El miedo le decía cuándo debía detenerse. La falta de miedo le decía cuándo debía seguir adelante». Matadero 5 o La cruzada de los niños, Kurt Vonnegut

O cómo la Venecia del norte, por sus canales, o la Florencia del Elba, por sus monumentos y museos, quedó arrasada por las bombas británicas la noche del 13 de febrero de 1945 por un fuego tan exacerbado que ahogó el oxígeno haciendo explotar todo lo que había debajo, llevándose consigo a los aterrados habitantes apiñados en refugios. Al día siguiente, los norteamericanos siguieron bombardeando entre nubes de humo. No se sabe con certeza el número de muertos, algunos calculan que fueron más del doble que en Hiroshima, aunque los últimos estudios bajan la cifra. No importa. No es la cantidad, es la calidad lo que rasga la realidad. Un prisionero de guerra norteamericano de diecisiete años sobrevivió porque se cobijó en el almacén de carne del antiguo matadero de la ciudad. El matadero n.º 5. Era Kurt Vonnegut, hijo de emigrantes alemanes, para mayor ironía. Tardará 23 años en ser capaz de contar todo el horror que vio y trasladarlo a su aparentemente delirante novela de contracultura antibelicista de 1969, que sigue estando censurada en estados de su propio país y que, por supuesto, cuenta con premiada versión cinematográfica de 1972, un relato con saltos espacio-temporales bajo el paraguas de la ciencia ficción, cíclico en cuanto a la repetición de la historia y los acontecimiento inevitables por la estupidez humana. Así, Bill Pilgrim, su alter ego, es el soldado atrapado en el tiempo que peregrina por su historia permanentemente sobrepasado por lo que vive, vivió y vivirá. Vamos, la vida misma, aunque con esperanzas, porque gracias a eso también desaparece su miedo a la muerte y a la incertidumbre del mañana, dado que «Todo el tiempo es todo el tiempo. Nada cambia ni necesita advertencia o explicación. Simplemente es». Paciencia, no estamos tan mal.

El segundo título de la novela es La cruzada de los niños, aludiendo a un episodio del s. XIII, en el que niños visionarios de Centroeuropa inician un periplo para llegar a Tierra Santa y entregar su vida como soldados de la Cruzada, si bien terminarán yendo directos al matadero muriendo de hambre por el camino o vendidos como esclavos. Nada más que añadir. No se puede. Los mismos niños- soldados que fueron reclutados en ambos bandos a finales de la II G. M.

No obstante, lo moderno de esta novela sigue estado en su visión surrealista, a veces absurda, omnisciente, divertida, esquizofrénica y atemporal del desatino humano. Es una alternativa viable para sobrellevar el horror sin perecer en él. Por eso está escrita en clave de ficción, que es la mejor forma de entender y digerir la realidad. Si la humanidad sobrevivió a esa gran guerra, nosotros también podemos aceptar e integrar los cambios dolorosos del coronavirus; es más si dejamos de demonizarlo, nos cargamos el miedo al bicho, y aunque nuestros cimientos se fundamenten en el dolor de las perdidas, sabremos vencer si no nos anclamos en el pasado, si entendemos, por fin, que el mensaje es que no se puede decir nada inteligente de la destrucción de la vida y la belleza. 

Filóloga y traductora

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