Quantcast
HEMEROTECA
             SUSCRÍBETE
ÚNETE A EL OBRERO

Caleidoscopio sobre Galdós (4)

Galdós en la finca familiar Los Lirios (Gran Canaria) en 1890 / WIkipedia Galdós en la finca familiar Los Lirios (Gran Canaria) en 1890 / WIkipedia

Algunas opiniones no desarrolladas en los tres primeros artículos fueron posteriores a Galdós, que lo han ensalzado como gran figura literaria, Rafael Chirbes, Antonio Muñoz Molina, Andrés Trapiello, Almudena Grandes, Luís Mateo Díez, Martínez Pisón, etc.…, aunque también ha tenido detractores como Cela, Umbral y Benet, entre otros.

Rafael Chirbes (1949-2015) señala que la crítica desdeñosa hacia Galdós tiene menos que ver con su estilo que con la elección de un punto de vista y la calculada indiferencia sobre Galdós durante tiempo, oculta descaradamente el desconocimiento de su obra. Parece que el más terrible calificativo que se le pueda dar a un novelista es que cultive, peor aún que un realismo decimonónico, un realismo galdosiano. Jamás reconocerán que la línea que parte de “La Celestina” y de la picaresca y de Cervantes y que comprimió mejor que nadie Galdós, al condensarla con el naturalismo de Zola y la vitalidad de Dickens, más que en una corriente estética consiste en una forma de mirar el mundo, en un posicionamiento que busca contar, mediante la ficción, la verdad de lo que pasa en una respuesta al lugar y el tiempo presentes; en una poderosa reflexión sobre la historia que, además de recuperar el pasado como aviso de navegantes, devuelve a la novela el rumor de la calle.

Galdós desplegó el amplio abanico de una comedia humana que contendría, como resume en “Por cuenta propia”, vigorosos diagnósticos de un país en el que reina la apariencia, un retablo de las maravillas en el que el dinero convierte en aristócratas a carniceros y prestamistas, señoras de la alta sociedad que se prostituyen por una entrada de teatro y un lazo de seda francesa para su vestido, políticos más preocupados por sus negocios que por el bien común, maestros que enseñan la mentira, cesantes que se suicidan en su desesperada honradez o literatos que revolotean entre los escotes de las aristócratas, atentos a las buenas maneras, y que usan las piruetas de la lengua para tapar la desoladora verdad de su tiempo. Confirman la voluntad de Galdós de establecer la crónica de “la lucha entre una vieja España que se niega a morir y una nueva que no acaba de nacer” (2010). Cada una de ellas le sirve a Galdós para confirmar cada vez con más claridad el fracaso de la renovación española que su propia generación quería emprender (2010).

Chirbes indica la vigencia de Galdós, desde la ética, la ideología, y el compromiso histórico de sus obras. En su reivindicación de Galdós ha enfatizado la presencia de Zola, tanto a nivel ideológico como estético.

Rafael Chirbes fue un novelista que retrató la degradación política y moral de nuestra sociedad, indicando que la literatura debe recoger las ilusiones de su tiempo, su sensibilidad, no sólo de la lucha política, sino un todo que hace que leamos con provecho las grandes novelas, en definitiva, una idea del mundo.

Juan Benet (1927-1993) uno de sus detractores, indica en marzo de 1970: “Galdós literariamente emociona poco. Es un escritor de segunda fila. Tiene un altar ridículo” … “Galdós forma parte de la obligatoriedad de que un país, cualquier país, tenga una gran novela: La gran novela se convierte en una cosa indispensable como las fuerzas armadas, la marina mercante, o la red telefónica, un índice del país” (1996). Galdós era según Benet: “un hombre que, deslumbrado por el ejemplo francés, se propuso una especie de levantamiento catastral de la sociedad de su tiempo y entendió la novela como el topógrafo puede entender un plano parcelario”. Benet nunca quiso reparar en la pasión galdosiana por Dickens, sintetizada en el magistral artículo de marzo de 1868. El instrumento del escritor, el estilo, fue siempre en Galdós de punta gruesa. Define su novela despectivamente como de levantamiento catastral.

Francisco Umbral (1932-2007) otro de sus detractores dice en “Las palabras de la tribu” (1994): “A Galdós le traiciona la prosa. Su intención parece que es de cronista crítico, pero su prosa, pedestre, vulgar, carente de inspiración sintáctica, pobre, es exactamente el alimento espiritual, el lenguaje que puede entender ese público que él pretende denunciar. (…) Galdós, cuando se pone estilista, dice que Tristana tenía una borriquita. Y es cuando arrojamos el libro”.

Francisco Ayala (1906-2009) escribe en una obra su opinión sobre Galdós: “La novela española: Galdós y Unamuno” (1974), donde indica que el principal valor de Galdós estriba en la composición, lo considera uno de los máximos exponentes del realismo literario español, señala las tres fases que había observado en su propio conocimiento de la obra galdosiana: La primera, de niño, "una admiración general por la literatura de Pérez Galdós, más allá de las disputas ideológicas y de los conflictos de época que rodean su obra". El autor de “Muerte de perros” habló de un segundo periodo, el de su primera juventud, que coincide con el surgimiento de los movimientos de vanguardia, y en el que Ayala se cuestiona la obra de Galdós. Por último, un tercer estadio en el que, en su opinión, el autor canario pasa al estado inmortal y se convierte en un objeto de culto para los estudiosos, por encima de las disputas. Francisco Ayala, resume que "el valor de Galdós no es el estilo de su prosa, sino fundamentalmente el arte de su composición novelística”.

Domingo Pérez Minik (1903-1989) el escritor canario, indicaba en una entrevista en El Día en 1973 titulada “Galdós, ese español perdido y recobrado” señala: “La deuda con Galdós surgió con el descubrimiento de éste de la historia nacional, de sus héroes representativos pero no expresados, de la realidad de nuestra alma ya entreverada, opaca y viciosa. La razón, el porqué y el cómo de nuestra vida tan deteriorada, siniestra y tormentosa sólo lo encontrábamos en los escenarios de Galdós”.

Jorge Luis Borges (1899-1986) afirma en una entrevista con Abel Pose a los 80 años: “Nunca me interesó ese tipo de novela, aunque leí «Misericordia» con placer. Pero en general no me interesa esa novela que se origina en Flaubert y según la cual cuando uno entra en una habitación tiene que describir todos los muebles que ve”.

Antonio Muñoz Molina (1956- ) dice en su discurso de ingreso en la Academia: “Yo debo confesar que empecé a leer a Galdós por reacción contra la saña de un escritor que se pasaba la vida denigrándolo obsesivamente en cada uno de sus libros y sus artículos. Se ha fomentado en nuestro país un señoritismo intelectual del que tienen mucha culpa los responsables de la crítica y de la información cultural, y cuyos efectos negativos son dos: por una parte, la aceptación entusiasta e incondicional de la ignorancia, convertida en prueba de originalidad; por otra, la pérdida de una capacidad sólida de juicio y discernimiento, que hace que todo esté sujeto a los vaivenes y las tonterías de la moda”. (1998).

Antonio Muñoz Molina dice que en “Fortunata y Jacinta” como obra literaria contiene una amplitud y una profundidad solo al alcance de Tolstói y Balzac, pero los “Episodios Nacionales” son una construcción literaria incomparable: tanto por su valor literario como por su valor histórico. Por su escala, su capacidad de invención y de creación de personajes y por su variedad de matices, comprensible si se piensa que Galdós los fue escribiendo a lo largo de toda su vida. Cada serie se lee como una novela en sí, pero las más logradas me parecen la Segunda —de El equipaje del rey José a Un faccioso más y algunos frailes menos— y la Cuarta —de Las tormentas del 48 a La de los tristes destinos—.

En definitiva: “Es popular porque es claro. Y lo es porque tiene una visión pedagógica y militante de la literatura, más aún en su teatro. Es popular como lo son Cervantes o Charles Chaplin”.

Almudena Grandes (1960- ) dice que leyó «Tormento» con 15 años y se quedó atónita con la historia de un cura que seduce a una huérfana, pero también con un escritor que trataba con ternura a los dos, al cura y a la huérfana. Era una niña española nacida en el 60 que iba a un colegio de monjas y no podía creer lo que estaba leyendo. Aunque reconocía los nombres de las calles de Madrid, aquello me parecía ciencia-ficción. Dice que en una novela como «La de bringas», de la misma trilogía, es más perfecta, «Fortunata y Jacinta» es la obra maestra del otro gran narrador español de todos los tiempos y los «Episodios nacionales» han sido importantes en mi obra, pero «Tormento» siempre será especial: “me enganchó a Galdós”. En el último Episodio nacional «Cánovas»— radiografía la parálisis política española o cómo los episodios que tratan de las guerras carlistas servirían para explicar muchas cosas sobre el conflicto catalán, ya que la segunda guerra carlista fue muy catalana. Siempre contra el Gobierno de Madrid, que era la capital de los liberales, algo que parece olvidar mucha gente que no distingue quién era reaccionario y quién liberal en ese momento. Tal vez por eso algunos nacionalistas hablan tanto del siglo XVIII y tan poco del XIX.

Andrés Trapiello (1953- ) indica: “Pensemos en un libro largo y en otro corto. «Fortunata y Jacinta» es un prodigio ­—Galdós no está por detrás de Cervantes, sino a su altura—, pero necesitas un mes para embarcarte en su lectura. Hay, sin embargo, una novela corta muy recomendable por lo raro —quizás por encima de «Miau» y de «Misericordia»—. Es «El terror de 1824», el séptimo volumen de la Segunda Serie de los Episodios. Cuenta el momento revolucionario entre 1820 y 1823 y termina con el ahorcamiento de Riego, el liberal. En esas páginas es donde mejor se ha contado el Madrid de los barrios bajos”.

Marta Sanz (1967- ) crítica literaria y comisaria de la exposición de la Biblioteca nacional del 2020 dice: “Entré en Galdós por «Miau» y me pareció de una modernidad literaria absoluta. Me impresionó por la visión que da el narrador de una sociedad donde es imprescindible fortalecer la musculatura de la clase media. Me pareció una revelación toparme con una novela de la década de los ochenta del siglo XIX que habla de un funcionario cesante para explicar cómo el trabajo es algo que necesitamos para realizarnos como personas y cómo la laboriosidad de algunos países les da una fuerza en la que se sustenta la democracia”. La vigencia de Galdós en la narrativa actual indica que es una forma de reactivar el debate sobre el realismo como estilo literario, pero también como impulso de representación de la realidad, sin ceñirse exactamente a los códigos aprendidos de la gran narrativa decimonónica. 

Es curioso, que a pesar de ser Galdós un autor que profundiza en las raíces de nuestra idiosincrasia ahora está un poco olvidado, proporcionalmente a su trascendencia, tanto en su representación teatral, como en la difusión de su obra escrita, la única explicación podría ser el encendido clericalismo de algunos y el afán de popularizar autores de carácter más centrados en lo local o regional.

Quimico, Máster en Biotecnología y Profesor en Secundaria, FP y Universidad. Especializado en la formación del profesorado y en el diseño de los estudios en FP.

Investigador y divulgador de la historia del socialismo y del sindicalismo en educación. Realizando conferencias, exposiciones y publicaciones relacionadas sobre ellas.