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La de Bringas o el coronavirus de la hipocresía


Doña Rosalía es perfecta para representar aquí el paradigma del quiero y no puedo. La alegoría carnosa y encarnada de la indignidad y la miseria a la que muchos hogares españoles se están viendo sometidos en estas semanas de confinamiento. Pero la de Bringas es también esa que sale en la pantalla, la que vemos a todas horas, la matrona gritona, pija, cotilla, clasista y ambiciosa detrás de cada visillo y monitor. La voz de lo correcto y lo incorrecto, la súbdita complaciente de los de siempre, porque aunque no importe en absoluto, hay que seguir rindiendo pleitesía a las modas y modismos bobos de las bellezas hinchadas de fotoshop. La galería manda.

Y triste es descubrir que desde esta novela de Galdós hasta hoy, por más que hayan pasado bastantes años, poco ha cambiado. Como dice el autor, con su fina ironía adelantada en su genial mirada de artista, seguimos hablando de figurines «Que parecen vestidas de papel y se miran unas a otras con fisonomía de imbecilidad».

Ah pero ya se sabe que la única forma de sobrevivir a los tiempos convulsos es sobreponerse a ellos con todas las armas al alcance, aprovechando los recursos sin calificarlos demasiado, no vaya a ser que resulten inmorales. Por eso, todas las de Bringas se embadurnan con una pátina de respetabilidad y decoro mientras van haciendo la puñeta a sus congéneres, familiares, vecinos, amigos y enemigos, ahora más que nunca amparadas en la impunidad que da el enfado y el encierro. Adoran el voyerismo consumista y exponencial al que se someten y son sometidas, reservando sus frases lapidarias para sentenciar cualquier cosa, pues de todo opinan sin reparo. Están en las televisiones, en los blogs, en las radios y en las noticias, bien peinadas, vestidas y maquilladas, y ajenas al tsunami que barrerá sus vidas siguen sentando cátedra desde sus cómodos sillones meneado la bisutería fina mientras se quejan de todo. Y sin saber de nada.

Todas las de Bringas que estamos jaleando y alimentando son auténticas bombas de relojería, atávicas formas de un mundo que ha desparecido por más que intenten hacer ver que todo sigue como estaba, pues representan algo tan caduco y siniestro como los sepulcros blanqueados. En ellas, la forma sigue primando sobre el fondo y esparcen sus superficiales teorías como una fina capa de polvo blanco que aunque parezca azúcar no es sino cianuro para el cerebro, bien enjaretado para poder alargar el adorno de sus prendas si fuera preciso. Son aquellas que sin perder la sonrisa ni despeinarse lo más mínimo, atacarán a la yugular a cualquiera que venga a derrocar su reinado de hipocresía y materialismo.

A ellas, a todas las Bringas de mi país, dedico estas reflexiones para que cuando todo a su alrededor se desmorone, y lo hará a no tardar, no digan que nadie les hizo el cuento, que no hubo ninguna imitadora garbancera preocupada por su sino.

Filóloga y traductora