Quantcast
ÚNETE

La conjura de los necios ante el coronavirus

Hola Ignatius, ¿cómo andas del coronavirus?

Siento que sigas pensando que es la consecuencia nefasta de haberte visto obligado a salir de tu casa. No me extraña que culpes al trabajo de tu enfermedad, ni a esta loca sociedad corrupta como perversa, en eso tienes toda la razón. Pero igual si mantuvieras un mínimo de higiene, y no solo mental, quizá la cosa podría mejorar bastante. Entiendo que vivir en el barrio francés de Nueva Orleans tampoco ayuda, pero piensa en el pedigree que te confiere y en la música gratis que puedes escuchar desde tu casa. Otros nos conformamos con aplaudir por el balcón o sacar la cabeza por ventanas.

Tú te quejas de tener que salir y el resto del mundo de no poder hacerlo. Si bien te concedo la gracia de mi aquiescencia en lo tocante a la maraña de neuróticos estrambóticos y señoritas Trixies de oficina y telemarketing que pululan por doquier, la realidad es que empezaste a preocuparme cuando soltaste aquello de «Llevo ya una semana deambulando por el barrio comercial. Carezco, al parecer, de alguna perversión especial que buscan los patronos de hoy». ¿De verdad no te diste cuenta de que eras el único que deambulaba? ¿No sabías que se había instaurado la alarma por coronavirus? Lo único que tenemos en común es que el mundo se ha vuelto imaginario y a todos nos obliga a transitar por una realidad que no nos gusta nada.

Así que mientras tú sigues soñando con instaurar el Medievo como nuevo orden mundial, yo, Myrna, tu única y mejor amiga por más que te pese, seguiré siendo tu conciencia social e intentaré que tus huesos no terminen convertidos en gelatina. Y deja de quejarte de tu madre y su cocina. ¡No toques las cazuelas! Tu irritante válvula pilórica tampoco es óbice para que llenes tu cuarto de torrenciales y tumultuosos pedos, que cuando te conectas a Internet todo se oye, amigo. Tus potentes eructos me cortan la respiración, me dejas obnubilada. Y tampoco le veo mucho sentido a tu absurda incidencia acerca del fracaso social y de que este virus nos lo tenemos merecido por imbéciles. Fíjate tú, tan al margen de la sociedad, mi estimado y acérrimo misántropo, vas y te contagias. ¿Qué respondes a eso? No te ha salvado tu ascetismo ni tu sugerente vida interior que te hacían concebir todo adelanto y comodidad material como delitos contra el gusto y la decencia. No eches la culpa al accidente de tu madre, eso es algo aleatorio, la verdadera lección era que tenías que «echarte a la calle» para que vieras el dolor y a tantos cretinos como tú. Sé que te preocupa cero la sociedad actual con su falta de valores y de ética, pero tu actitud, no es ni de lejos, la de un hombre de firme ética, por más que me digas que nos lo merecemos por no hacernos cargo de nuestras responsabilidades. ¿Cómo te sientes tú ahora que otros las han tomado por ti? No me lo digas, es como si lo viera: estás encantado, por fin eres el instrumento del destino.

La conjura de los necios, J. Swift no pudo aderezar una frase más perfecta. 

Filóloga y traductora