Cuando Marconi se despertó, Luis del Olmo ya estaba allí. Había llegado desde Ponferrada con su voz manantial que, con el tiempo, atravesaría afluentes, acantilados, cráteres y mesetas. De costa a costa venía a Madrid, rompeolas de las sintonías, con un país en su mochila de locutor de provincias. El hombre alto del Bierzo aún no lo sabía, pero estaba llamado a darle un vuelco a la radio de cabalgatas y partes, de seriales de Sautier Casaseca, discos dedicados y consultorios de Elena Francis. Aquella radio llena de encanto, fábrica de nostalgias, que había sido el Hollywood de una España en blanco y negro, esperaba su transición. En la sala de máquinas de una democracia que aún no había dejado de ser orgánica, un abulense de Cebreros se empeñaba en cuadrar el círculo de una España que se debatía entre trágica y mágica. Para entonces, en Radio Nacional hacía varios años que se escuchaba un saludo que terminaría siendo un emblema: “Buenos días, España. Les habla Luis del Olmo”.