El otro día fui a Málaga en el Ave, que es el mejor modo de viajar a Málaga, y a todos los sitios donde el presupuesto y la voluntad política han llevado este formidable pájaro ferroviario. Desde niño me ha fascinado el tren y mantengo la fijación infantil, me encanta desplazarme en estos ingenios mecánicos, tan distintos de los trenes de hace unas décadas. Del Ave se alaba mucho la velocidad, la rapidez con que se llega de un sitio a otro. Por llevar la contraria, quizá sea lo que a mí me menos me atrae del cacharro. Entiéndase, no querría viajar en uno de los lentos trenes de mi infancia, pero es tan confortable este tren de alta velocidad, que el trayecto se me hace corto. En dos horas y media fui de Madrid a Málaga, pues bien, no me hubiera importado que la excursión hubiera durado una hora más. Al cabo, no se me había perdido nada en Málaga, nada que no pudiera esperar un rato, para disfrutar del camino, que ya nos dijeron Kavafis y otros sabios de la métrica y la metáfora que es lo que importa. Y siendo tan grato el camino, ¿por qué hemos de apresurar la llegada a la meta, en la que no nos espera a nadie para colgarnos una medalla? Bueno, pues así y todo, soy un raro, porque la gente se pierde por llegar diez minutos antes, por ganarle tiempo al tiempo.