La compleja convalidación de los Decretos-Leyes la semana pasada nos muestra la persistencia de un fenómeno que parecía estar olvidado en la vida política española. Me refiero a la confirmación del fenómeno de la centralidad del Parlamento en la política nacional. Es cierto que desde las elecciones de diciembre de 2015 esa centralidad se había visto confirmada por muchas circunstancias, la más importante de las cuales fue el éxito de la moción de censura en junio de 2018. Pero las votaciones de la semana pasada, cuando el Congreso convalidó dos Decretos-Leyes y rechazó la convalidación de un tercero, evidencian que el Parlamento vuelve a ser, con gran intensidad, el órgano que dirige la política en este país. En algunos medios políticos y mediáticos se ha expresado preocupación por el hecho de que el Gobierno perdiera una de las votaciones y en otros medios, no sin regocijo, se ha hablado de fracaso gubernamental, pero, más allá del percance para las políticas públicas del Gobierno de coalición, ese fracaso debe enmarcarse en el fenómeno, positivo para la democracia, de que el Parlamento ha demostrado que es el verdadero impulsor de la política.