El maltrato animal está socialmente mal considerado y, además, es un delito. Hemos avanzado bastante. No hace tanto tiempo matar a perros o gatos o jugar de manera perversa con animalitos hasta destruirlos, era poco más que un pasatiempo, algo rústico, eso sí. En el mundo campesino, nunca se ha sido tan pulcro como en la ciudad con el trato a los animales domésticos. Se les respeta por su utilidad, pero por lo general no se cae en un exceso de proximidad y, mucho menos, al darles un trato de persona. La jerarquía está clara. En el mundo urbano, en los últimos tiempos, existe un exceso de animales de compañía, de mascotas. El crecimiento exagerado de la “animalofilia” probablemente también tiene que ver el ser una manera de combatir la soledad contemporánea, el tener a alguien con quien compartir algo, aunque sólo sea el cariño y el aprecio. No hace falta que nos hable. O quizás sí, según dice públicamente el presidente argentino Milei él habla con Truman, su perro muerto y, pese a saberlo, los votantes argentinos le han apoyado en masa. Qué tiempos. A los que nos gustan los animales de forma más convencional, les cuidamos, pero valoramos que mantengan esta condición; a menudo sorprenden y tememos que no sean relaciones muy saludables, cuando nos encontramos a conciudadanos que tratan a sus mascotas como personas, de manera exageradamente cuidadosa: podólogos, peluquerías, psicólogos, nutricionistas, vestidos de temporada y que, además, nos los hacen aguantar en situaciones que no deberían. En fin, los míos deben ser prejuicios de persona poco sofisticada que se crio y vive en el campo.