Ahora que nos hemos quedado sin verano quiero hablar del verano. Y de las rubias. Es verdad que las rubias triunfan en todas las estaciones, pero es en verano cuando explotan como objetos de deseo. En agosto se cumplieron sesenta años de la muerte en extrañas circunstancias de la rubia más fantasiosa del cine, Norma Jean Mortenson, Marilyn Monroe para la eternidad. Evocaré también en esta hora del temprano otoño a la sublime Grace Kelly, de cuya muerte en la carretera han pasado cuarenta años: Grace era la reina de todas las rubias que en nuestras quimeras han sido, princesa de la promiscuidad entendida como sal de la vida. Contaba Gary Cooper que la Kelly era fría como un témpano, pero tan pronto como “la desnudabas se volvía un volcán”. El cine ha dado rubias formidables, y la propia naturaleza no se cansa de producirlas en toda su hermosura, variedad y esplendor. Mi amigo Jesús Nieto Jurado, que es un columnista joven y de un talento arrollador, publicó hace unos años una novela muy cinematográfica titulada “El año de la rubia”. Aquella rubia era la de sus sueños húmedos de veinteañero, modelados con una prosa proustiana y un toque de elegante umbralismo. Con todo, yo no he venido hoy a este rincón señorito de “El Obrero” a hablar de rubias de carne y hueso, ni de rubias de encarnadura literaria y cinematográfica, o no he venido solo a eso, o no a eso de manera prioritaria, sino a dilucidar sobre otras rubias más populares, al alcance de todos los paladares, rubias que celebran ellas y ellos, aunque parece, sin necesidad de hacer una cala sociológica, que son los varones los que más las consumen. Algunos se delatan con sus imponentes barrigas, pese a que dice mi amigo José Luis Ramírez, el mayor sabio en estos asuntos que conozco, que es una leyenda urbana eso de que la cerveza engorda, que lo que engorda son las tapas que se toman de acompañamiento. La idea de este artículo me vino de la abrumadora cantidad de memes que me han llegado este verano enalteciendo la cerveza cual delicia limítrofe con el séptimo cielo: una verdadera invasión. En mi caso, los chistes de WhatsApp me los han enviado casi todos hombres, lo que me hace pensar en un sesgo de género en la pasión por este tipo de rubias.