Arranca de hecho la campaña que nos va a llevar a elecciones municipales, autonómicas y generales este otoño y la primavera siguiente. Muchos actores políticos toman posiciones. Y de ellos, algunos niegan ser lo que en realidad demuestran ser. El asunto es grave. La negación concierne a ciertas formaciones políticas, entre las cuales destacaré hoy la que más se ha apresurado a tomar posiciones de salida electoral: Ciudadanos. Esta formación, que ha contado con numerosos recursos materiales – su sede de la calle de Alcalá en Madrid era todo un emblema de su pujanza económica–, no se ha visto agraciada con recursos semejantes en cuanto se refiere a inteligencia, talento o ingenio en la acción política de sus dirigentes. Todos asistimos a la auténtica espantada de Albert Rivera, pese a haber cosechado un evidente triunfo electoral en unas elecciones catalanas; y a su errónea decisión de apartar a Arrimadas hacia Madrid, para luego chocar de frente contra ella; pero, tras una serie encadenada de otros desaciertos, el colmo lo fue el hecho premeditado de fotografiarse en la plaza de Colón con los tiburones que lo iban a devorar. Con ello Rivera revelaría la ausencia en él de ápice alguno de instinto político. Mientras creía participar con aquellos de las mieles de una plácida singladura por mares favorables hacia el poder, sus vecinos de viaje olían el aroma de sus tiernas carnes. Al poco, cayó malherido al agua. Nadie le socorrió. Políticamente, se ahogó.