El Siglo de las Luces fue el medio siglo que va de 1750 a 1800. Se conoce también como la Ilustración, y está definido por la confianza sin límites en el progreso y en los fundamentos de la Razón como modo de acercamiento a la realidad. El acontecimiento estelar de ese período es la Revolución Francesa. La Historia, decía Marx, sucede dos veces: la primera como tragedia, la segunda, como farsa. Pues bien, aquí tenemos el otro Siglo de las Luces, en este caso de Navidad. Aquí tenemos la farsa castiza de estas fiestas merengadas, una parodia que desde la última semana de noviembre moviliza a la gente, la hace abandonar sus casas y salir en busca de una alegría de neón. El centro de las grandes ciudades congrega a las multitudes en una deslumbrante ciclogénesis turística que podría abocar a una cierta modalidad de idiotez colectiva, sino fuera porque quizá sea la previa estulticia la que lleva a las masas a llenar las calles hasta hacerlas intransitables. No hay nada nuevo bajo el sol, ni bajo el manto de las estrellas, así que no podemos decir que esta búsqueda exacerbada del alumbrado festivo sea cosa de ayer o de hace un lustro, pero sí podemos afirmar que cada año alcanza niveles más exagerados, produciendo un cambio de las costumbres que tiene algo de cataclismo social.