De la mano de la derecha de siempre ahora radicalizada y de la nueva extrema derecha que se va consolidando (Eslovaquia, Argentina, Países Bajos...) reaparece sin tapujos la versión más brusca del individualismo capitalista, de la competencia más radical y la justificación y defensa de la desigualdad económica. Ésta se presenta, por parte de la ideología imperante, como un hecho inherente a la naturaleza humana y a su carácter intrínsecamente competitivo. La Ilustración y el liberalismo nos trajeron la noción de ciudadanía, de igualdad de oportunidades y de igualdad ante la ley, que sentaba las bases para el funcionamiento ordenado de la sociedad, el mantenimiento de estímulos al esfuerzo y al trabajo, así como el sostenimiento de cada uno como responsabilidad individual ineludible. Ciertamente, la igualdad formal, jurídica, distaba mucho de ser una igualdad real. El carácter acumulativo de la riqueza, las diferentes posibilidades de acceso a la salud o la educación condicionaban notablemente la posición de partida, hasta el punto de que algunos notorios liberales como Stuart Mill, hicieron notar que teniendo en cuenta el mantenimiento del sistema de herencias, la igualdad de oportunidades pasaba por que el Estado se hiciera cargo de garantizar salud y educación a todos los ciudadanos, en una suerte de noción de estado asistencial avant la lettre.