Iba a haber titulado esta columna ¡¡¡coño!!!, con la pompa y arrebato que dan los signos de interjección acompañando a una palabra de uso común que en los últimos tiempos ha adquirido nuevas connotaciones. Quizá no todos los lectores estén al cabo de la calle lingüística: se está extendiendo la expresión “servir coño”, con un sentido reivindicativo feminista, en plan “aquí estoy yo, porque lo valgo”. Como es natural, yo no vengo a servir coño, no tengo atributos para ello, sino a hablar del ataque sufrido en el Museo Pompidou de París por el cuadro El origen del mundo, que pintó en 1866 el francés Gustave Courbert. Supongo que lo tienen en la cabeza, o a mano de Google, pero si no, les aclaro que el lienzo muestra una vagina en toda su expresividad, en una muestra de realismo naturalista. Courbert pintó un coño, sin más, y el cuadro ha sido objeto de arduas controversias desde que el artista dio a conocer la obra hace ya siglo y medio.