El malismo es tendencia. La bondad cotiza a la baja en la bolsa de valores de virtudes y comportamientos. Hay una auténtica atracción por el lado oscuro, por los superricos, por aquellos que actúan sin ningún tipo de escrúpulo. Donald Trump, Elon Musk o Mark Zuckerberg son figuras de relevancia, casi ídolos. Se les admira porque actúan sin miramientos, sin filtro moral ni social alguno. Se considera que lo que tienen se lo han ganado, ya que no se han detenido ante leyes ni normas y, menos aún, en cortapisas. Quien se va a Andorra o vete a saber dónde para no contribuir al bien común resulta admirable mientras se le sigue en su demostración de mal gusto en las redes sociales. Que Musk haga un saludo nazi es visto como una ocurrencia divertida y no como un mal presagio que debería estar penalizado. Todo vale, probablemente porque la ignorancia y la frivolidad van de la mano en nuestro mundo. No hay referencias históricas, las dictaduras de los años treinta o el holocausto tienen la misma importancia que un episodio de una serie vista en Netflix. La historia ya no se enseña. Vivimos instalados en un eterno presentismo, abiertos sólo a los delirios del consumo y de las novedades que nos llegan por los trastos tecnológicos. El mundo del entretenimiento sin pausa. La vida es lo que ocurre mientras matamos el tiempo en juegos inútiles inmersos en pantallas luminosas y de alta definición.