La crisis de 2008, la Gran Recesión, supuso para las finanzas públicas españolas un golpe tremendo, que afectó de manera enorme la recaudación tributaria. Según la Intervención General del Estado, para Balears este mazazo generó la caída de ingresos del orden de unos mil millones de €. Todo bajo la tormenta de cierre de mercados, con incrementos de primas de riesgo y en un escenario de tipos de interés elevados. Financiarse en los mercados financieros fue harto difícil. Quienes estuvimos en ese momento en el puente de mando padecimos intensamente la sacudida de una crisis sistémica que nadie –y cuando digo nadie es nadie– esperaba en los términos y profundidad que se produjo. Deuda pública y déficit público subieron en Balears, porque esa era la política económica adecuada para evitar, por ejemplo, el recorte sobre los servicios públicos esenciales. Mientras tanto, la austeridad expansiva era la receta que emanaba desde Europa y desde el Banco Central Europeo. Una sangría que supuso, para la Unión Europea, salir de la crisis en 2014: seis años de travesía del desierto en el campo de las finanzas, con rescates bancarios incluidos. Y el calvario de Grecia, con una caída en su PIB del 25%: una variable de un tiempo de guerra. Craso error.