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Geopolítica del egoísmo estatal

En los círculos mundiales aún pensantes, cunde un rampante desasosiego. La inquietud sale al paso por doquier. Para atajarla, se proponen hallar el hilo conductor, si lo hay, que explique la conexión de todas las anomalías, crueldades e irracionalidades que observamos en la dirección de la actualidad mundial.

De nuevo la poesía frente a la prosa

Los adolescentes y jóvenes de nuestros días hacen uso de las redes sociales como espacios de comunicación y socialización, en los que mantienen contactos al “microsegundo” con sus familiares, grupos de pares y desconocidos (“ágoras universales”). También las emplean con fines de ocio y entretenimiento (TikTok, Reels, YouTube), para seguir a influencers o participar en transmisiones en directo, además de para obtener informaciones o con fines educativos.

Un domingo electoral complejo

El pasado domingo 8 de febrero tuvo una inhabitual proyección electoral, en Japón, en Portugal y en Aragón. Con resultados muy diferentes.

Zucman, los megaricos y los impuestos

La reducción de impuestos constituye uno de los caballos de batalla –quizás, el más relevante– en la política económica de los partidos conservadores, tanto del espectro de la derecha como de la ultraderecha. A esta propuesta se añade otra, de igual calado e íntimamente relacionada con la anterior: la flexibilización de los factores de producción, en especial el trabajo. Pero esa flexibilización abraza, a su vez, otros vectores: exigencias de mayores laxitudes normativas –tanto laborales como ambientales–, así como la defensa de las desregulaciones en el mercado de capitales, entre otros. La visión escolástica de un mercado aparentemente libre de intromisiones es la que domina esa doctrina económica, extendida a movimientos y partidos que la adquieren como guía para su actuación en políticas públicas. Todas estas proposiciones se han podido contrastar con la realidad económica, toda vez que dirigentes conservadores, llegados al poder, las pusieron en práctica: los casos, bien conocidos, de Ronald Reagan en Estados Unidos, y Margaret Thatcher en Gran Bretaña, son los ejemplos –y modelos– más divulgados. Los corolarios: un incremento meridiano de la desigualdad, aspecto demostrado empíricamente por los sólidos trabajos de Branko Milanovic y de Thomas Piketty; y la caída del crecimiento económico, con la implantación de las políticas neoliberales, tal y como se recogen en las contribuciones de Angus Maddison.

La política del terror

Una de las maneras más descarnadas de ejercer el poder es generar miedo entre aquellos a quienes se quiere dominar, ya sean personas o países. Una de las formas más efectivas que tiene el terror para mostrarse y ejercerse es la imprevisibilidad. No tener ninguna seguridad de si serás acusado o reprimido y que no haga falta ninguna motivación para que caiga sobre ti la brutalidad del poder con excusas impensables. Stalin, en los años más duros del sistema soviético, era un maestro en esto. Miedo a ser denunciado, a atraer la mirada de los inquisidores o a que los mismos familiares o amigos te denunciaran para ganarse la indulgencia del régimen. No se requería ninguna causa ni prueba formal para ser detenido o imputado; podía suceder porque sí, por azar, por casualidad, por la mala leche de alguien o por el deseo de algún funcionario de ganar puntos. Millones de personas acabaron en el Gulag y muchas fueron torturadas o desaparecieron. El conjunto de la sociedad soviética vivía atemorizado, intentando pasar desapercibido, sin normas ni garantías a las que acogerse. Si al hecho inesperado le añades una brutalidad fuera de toda medida, el mecanismo del espanto funciona todavía mejor. La violencia arbitraria actúa como un gran somnífero destinado a sustraer toda noción de libertad, reducida a pura supervivencia. El nazismo alemán funcionó también con esta lógica. Cualquiera, por cualquier cosa o por nada, podía ser detenido y entrar en un mecanismo kafkiano que podía llevarlo a ser brutalmente torturado o a su desaparición física. Todo el mundo tomaba nota de lo que, otro día, podía pasarle a él.

De togas y puñetas

En fechas recientes, los jueces españoles más visibles, los que saltan al estrellato con instrucciones impresentables, con meros indicios, sin pruebas demostrables, tienen muy enfadada a la opinión pública española. Muy pocas gentes confían en ellos. La ciudadanía sana se ha percatado de que no es que judicialicen la política sino, más bien, que la politizan ellos mismos con procederes sectarios, de partido. Casi siempre del mismo partido.

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