Con la ajustada votación para convalidar el Real Decreto-Ley 6/202, de 9 de marzo, por el que se adoptan medidas urgentes en el marco del Plan Nacional de respuesta a las consecuencias económicas y sociales de la guerra en Ucrania, el Gobierno ha estado a punto, otra vez, de perder una votación importante en el Congreso de los Diputados por causa, nuevamente, de la postura de Esquerra Republicana. El peligro ha vuelto a aparecer tras el milagroso voto equivocado del Diputado “casadista” Alberto Casero, pero el hecho de que Esquerra sea un partido siempre presionado (cuando no extorsionado) por Puigdemont y por la CUP, no sirve de consuelo. Cuando las votaciones en un Parlamento se pierden o se ganan por un solo voto y cuando una Cámara se va deshilachando con la aparición de partidos o coaliciones de uno o dos escaños, el régimen político donde se dan estos fenómenos puede entrar en crisis de gobernabilidad. Desde la Tercera República francesa se sabe que los sistemas electorales hiperproporcionales dan como resultado unos Parlamentos muy fragmentados que dificultan la formación de Gobiernos y, cuando se produce el milagro de la formación de un Gobierno, sigue pesando la dificultad de gobernar día a día por falta de apoyo parlamentario para la aprobación de Leyes y para acordar programas políticos. En España estamos llegando a esa situación. La gobernabilidad es un valor democrático de primera categoría (Javier García Fernández: