Las horas muertas
Se agolpa la tarde sobre mis pupilas
el anochecer es una corona
que quiere comenzar a cerrar el día.
Pienso si este día de hoy ha servido para algo
o ha sido tan solo uno más.
- Publicado en Poetas
Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.
Se agolpa la tarde sobre mis pupilas
el anochecer es una corona
que quiere comenzar a cerrar el día.
Pienso si este día de hoy ha servido para algo
o ha sido tan solo uno más.
Madrid no es indiferente al dolor de los pueblos. Desde que la mal llamada Guerra de Palestina comenzó, las protestas en la calle denunciando que es un genocidio y el calor humano hacia ese pueblo amenazado de exterminio no han cesado.
El pasado 9 de agosto, veintitrés países se movilizaron en un grito unánime de Basta ya, un grito que encerraba a la vez una exigencia de fin de un genocidio, que está desencadenando tantos sentimientos de impotencia, rabia, indignación y solidaridad en un cóctel de humanidad que marca la gran diferencia con la actuación de los gobiernos y una exigencia de actuación política directa y definitiva de dichos gobiernos. Actuación que solo puede pasar por la ruptura total de relaciones diplomáticas con Israel.
Con enorme pesar y una inmensa rabia que enturbia la mirada, pero nunca la razón, nos despedimos de Egipto. La guerra contra la barbarie y el mal lleva años fraguándose y es un camino largo, difícil, tortuoso. Hemos ganado la batalla de la honestidad y la fraternidad, hemos conseguido que, por primera vez en la historia de la humanidad, los pueblos de todos los rincones del mundo se unan en un objetivo común: parar una guerra genocida, un asesinato de miles de personas inocentes, desarmadas, cuyo único delito es haber nacido en un lugar equivocado, en querer vivir y morir en la tierra que siempre fue suya, en la que están enterrados sus ancestros y de la que, desde hace muchos muchos años (la primera oleada de judíos a Palestina data de 1881) pretenden expulsarles fuerzas extranjeras.
Con la mochila o una maleta llena de esperanza e ilusión pusieron rumbo a Gaza los pasados 11 y 12 de junio delegaciones de treinta y tres países precedentes de todos los rincones del planeta. Finlandeses, noruegos, argentinos, chilenos, españoles, franceses, alemanes, italianos, tunecinos, australianos (ver mapa)… traían en sus maletas un solo mandato: parar el genocidio de un pueblo, la impune masacre de niños, mujeres, jóvenes, hombres… tan indefensos como inocentes. Y en la suela de sus zapatos un objetivo común: horadar la tierra y abrir un camino simbólico por el que transite un pueblo con el mismo derecho a vivir, y vivir en paz como el resto de los pueblos del mundo.
Imágenes televisivas nos devuelven un pequeño aunque escalofriante bosquejo de lo que está pasando en Gaza: el exterminio de un pueblo ante los ojos y la indiferencia o impotencia del resto de los pueblos para detenerlo. Pero no es exactamente así: el genocidio de Gaza está poniendo en evidencia el abismo existente entre los pueblos movidos por ese profundo sentido de fraternidad, siempre presente, y la sociedad de los elegidos como representantes y gestores. No es la primera vez que en la historia se evidencia esta división, pero sí es la primera en la que esta división se hace tan palpable. La ciudadanía no puede más. No puede seguir viendo tanta atrocidad, no puede seguir sintiendo cómo el exterminio de un pueblo está convirtiéndose en algo rutinario, invadiendo nuestra cotidianidad hasta formar parte de ella.
Un rostro frente a tus ojos que lo miran y por favor: que no haya mirar sin ver
Alejandra Pizarnik
Aquí no pasó nada.
Esquivamos los miedos que ahogaron
nuevos amaneceres entre jardines,
suspiramos entre abrazos y puños en alto
sin sospechar que se acercaba la noche profunda
de los cuerpos sin sombra,
de las almas sin nombre.
Avanzo despacio, por entre los recovecos de tu piel
sintiendo como
la lluvia amanecida
disipa tus miedos
atrapa la esencia
de tu tiempo
No recuerda cuál fue su última morada,
el último techo bajo el que tomó
una sopa caliente y despidió
el día con un beso y una promesa.
I
Un suspiro de sal añeja
envuelto en nubes de alquitrán
serpentea entre los pliegues
de mi recuerdo robando
el sol que no me habita.
Y fueron viniendo puntuales,
noche tras noche, una al año
y fueron viniendo sobre camellos
montados de la tierra calcinada
que convirtió las bombas
en el pan nuestro de cada día.
Huele el aire a castañas asadas y abuelas de luto
Hablan con extraño acento,
Venden esperanzas instantáneas,
amordazan sueños.
Son calcomanías de ayeres,
y retazos de leyenda,
A lomos de una nube desbocada
las horas del futuro han llegado
bajo embarradas sepulturas
en las que yacen los que ya
no podrán contar historias inacabadas.
Se marchitó la noche de tanto esperarla,
Noche de luna llena y clara
Durmiendo sobre mi almohada.
Como fantasmas inhabilitados
Quieren huir
Pesadillas monocordes
Quisiste reducirme
a un arroyo silencioso
negándome un mar
en el que yo pudiera navegar.
Te equivocaste.
Piernas largas y flexibles, capaces de correr veloces. Vacío el estómago y nublado el porvenir. Estas son las tres condiciones que, gota a gota, van calando en el corazón y anidando en la razón. Abriéndose paso y alimentando tu determinación.
Dibujaste tu sonrisa
en la arena de la playa,
promesas de amor eterno
caracoleaban entre tu pelo
prendido en las olas
llevadas por el viento.
Las bombas, niña, no son lágrimas
que caen del cielo.
No son ramilletes de blanca espuma
ni globos de colores
enviados por las manos
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