LA ZURDA

Luz Modroño

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.

COVID-19 y personas refugiadas

Hay silencio y temor en Lesvos. Las calles que hasta hace un par de meses bullían de vida y actividad hoy están casi vacías. Se ve poca gente por ellas. Mucha, como ya es habitual, con mascarillas que sirven de poco. Los saludos, a distancia. Las miradas, recelosas, sobre todo si quien está próximo tiene rasgos no europeos. Si el rechazo hacia ellos se estaba convirtiendo en habitual, hoy el temor a ser portadores del virus de moda hace que, por donde pasan, la gente se aparte y, si pueden, desinfecten con rapidez. Un acto más de exclusión que se suma a los habituales. Desde que el gobierno actual tomó el poder, cada día ha dado un paso más en la configuración de un sentimiento xenófobo que criminaliza a quien solo tiene sobre sus hombros la culpa de huir del horror de una bomba. El temor no es infundado. Las extremas condiciones de insalubridad en las que vive una población de más de veinte mil personas, compartiendo una letrina entre doscientas, viviendo dos o tres familias dentro de pequeñas tiendas de campaña con una superficie de menos de diez metros cuadrados, sin jabón… hace presagiar que, con un primer contagio, la velocidad y la gravedad de su extensión convertiría la isla en un polvorín apocalíptico.

Abandonados

Abandonados a su suerte, para ellos ya será demasiado tarde. Desde que Moria, Vial, Samos… comenzaron a poblarse al ritmo que lo hacían, periodistas y defensores de derechos humanos, cooperantes, activistas y voluntarios hemos elevado incansablemente nuestra voz en una exigencia continua de solución. Hoy ya es tarde.

Los refugiados como moneda de cambio

Partieron esperanzados con llegar algún día a Europa. La travesía fue dura, más por todo lo que tuvieron que lidiar hasta llegar a tocar tierra griega que por los kilómetros que les separaban de Turquía. La Convección de Ginebra reconoce el derecho a asilo recogido en el artículo 14 de la Declaración Universal de los DDHH, pero Grecia lo suspende ante el silencio de la UE. A partir de ahora, cualquier persona que llegue a las islas podrá ser deportada.

Una insensibilidad más peligrosa que el fuego

Desde hace años, un grito de fraternidad solidaria resuena entre las paredes insensibles de despachos europeos, los de aquéllos que, teniendo que tomar decisiones, aplauden cualquier medida convertida en escudos levantados contra una población que sufre indefensa.

Todos molestamos en Lesvos

Desde que hace cuatro semanas comenzaron los primeros ataques contra organizaciones, personas refugiadas y periodistas, provocando el cierre de las primeras y la salida masiva de cooperantes y voluntarias, Lesbos es un hervidero de rumores, noticias confusas y contradictorias que tienen como denominador común la aparición de un clima de confusión y desolación. La tensión y el desconcierto se dan la mano a la par que la preocupación y la incredulidad aumentan entre organizaciones de derechos humanos y ayuda humanitaria.

Europa y Derechos Humanos, la metamorfosis

Cuando cada día supera en horror y dolor al anterior algo muy grave está ocurriendo. No hay tregua ni descanso para los desposeídos. Cuando en la memoria de Europa persisten aún las huellas de todo aquello que desembocó en la Guerra Mundial, una nueva oleada de insolidaridad, pensamiento único, exclusión, sangre y muerte nos sacude. Sobre los restos calcinados que dejaron los millones de bombas que estallaron noche y día, incansables, durante cuatro largos años, se erigió una Europa de derechos y solidaridad. Una Europa que se marcaba como meta que nunca más volvería a ocurrir algo como aquello, que las calles de sus ciudades y pueblos no volverían a ser mancilladas por el ruido de botas militares. El mundo, gracias a Europa, sería un poco mejor. No fue así. Ese sueño se transmutaría en una cruel pesadilla para cientos de miles de seres humanos que huyen de guerras interminables como las de Siria, Afganistán, Kurdistán… En estos días, la Europa de los derechos humanos se ha derrumbado hecha añicos. Con cada persona humillada, con cada persona perseguida, abandonada, a la que se niega asilo y protección, la Europa de los Derechos Universales se desmorona.

El peligroso virus

Cada día, miles de personas caen muertas por el efecto de las bombas arrojadas en nombre de una idea, un dios, un poder. Entre 2014 y 2019, treinta y un millones de personas, entre militares y civiles, han muerto víctimas de la guerra. Cientos de miles de personas perecen víctimas de hambre. 8.500 niños y niñas mueren de desnutrición cada día, según datos de UNICEF; el año pasado murieron 6,3 millones de menores de 15 años, mientras 19.000 lo hacen cada día por causas evitables en aquellas zonas donde la desertización avanza inclemente.

Construyendo catedrales, empujando la historia, en femenino

La luz se hizo omnipresente y la mirada se volvió hacia ella llenando el espíritu de quien traspasaba su umbral de alegría y felicidad. Se crearon espacios ausentes de miedo y llenos de vida. Sus constructores fueron los maçons y las masonas -que ambos lo fueron- y sus construcciones, las catedrales góticas. Fueron obras llenas de belleza y originalidad, de espiritualidad. Desde ellas el ser humano trascendía y se elevaba a la divinidad. Tomaba conciencia como ser humano. Cantería, herrería, albañilería, carpintería, escultura y tallado de piedra, vidrieras… todos los oficios, sin distinción de género, se dieron la mano para levantar estos templos a la humanidad que tanto admiramos aún. Levantar ese templo era una obra colectiva dirigida por el Maestro arquitecto que exigía la concurrencia bien trabada, bien coordinada, de todos los oficios para que la sinfonía sonara plena de armonía. El maçon dirigía, coordinaba, ponía la primera y la última piedra. Grunnilda fue la primera maestra registrada que se conoce, en 1256; antes, en el siglo X, la maestra Ende, pintora, dirigía el taller miniaturista del monasterio de San Salvador de Tabarra, en Zamora, y terminó de iluminar uno de los libros de Los Comentarios al Apocalipsis del Beato de Liébana, hoy en la catedral de Girona. Pero esto es solo una pequeña muestra de las miles de mujeres que en la alta edad media tuvieron una participación activa en la sociedad en que vivían. Muchas de ellas dirigieron talleres y cuadrillas de obreros. La mayoría, desconocidas e invisibilizadas sistemáticamente por historiadores más centrados en esa tarea que en la de dar una imagen de un mundo que ni fue tenebroso ni supuso la marginación de la mujer.

Estrasburgo: la legalidad frente a la legitimidad

Huyen con la esperanza de alcanzar una meta soñada. Apenas en sus retinas se perfila la meta de un mundo que conocen a retazos por conversaciones oídas de labios de los que han tenido la suerte de nacer en un mundo más rico, más en paz, más seguro. Huellas que dejan en sus sentidos películas de otros lugares, músicas que hablan de amor, de riqueza, de derechos humanos… y ellas, personas que nada tienen, que por no tener no tienen ni esperanza, un buen día deciden partir. Huyen del hambre, de la guerra, de la miseria, de violaciones y golpes, de miedos e incertidumbres. No es fácil tomar esa decisión. Saben que el camino que les espera está sembrado de espinas, que deberán ir escondiéndose como si de animales acorralados se tratara, que tendrán que confiar su vida a mafias que se alimentan, muy bien, de sus despojos. Reunir el dinero necesario para la travesía tampoco fue fácil. A éste le ayudo un hermano; a aquélla, su madre; el de más allá tardó dos años en juntar lo necesario para un viaje incierto que se comerá lo recaudado. No importa, allá en el horizonte espera la libertad, la bondad de un mundo en paz, un mundo sin guerra, un mundo que habla de justicia y derechos humanos. Espejismo. Las balas, las amenazas, los gritos, el miedo, el rechazo y los golpes ya no les abandonaran. Formarán un todo con sus cuerpos. El camino es duro y largo, es frío y pasan hambre. Caminan por la noche mientras se esconden durante el día como animales perseguidos. Pero siguen soñando. La meta está un poco más allá, siempre un poco más allá. Y van solas, una soledad incrustada en la piel, porque no hay mayor soledad que la que produce esa lucha por la supervivencia.

La eutanasia

La libertad no parece que case bien con la derecha ideológica en este país. Pasó con la ley de divorcio, con el derecho a decidir sobre el propio cuerpo, con el derecho a sentir pertenencia a un sexo que nada o poco tiene que ver con el que, aparentemente, se nace… y, ahora, con el derecho a decidir sobre la propia muerte, esto es, la eutanasia, mejor denominada muerte digna. Y es esto, lo de la dignidad, lo que conviene resaltar. Porque, en realidad y en el fondo, de lo que se está hablando es precisamente de dignidad. De reconocimiento de la dignidad para morir. Porque hasta para morir el ser humano tiene derecho a ser respetado en su dignidad y tiene, por consiguiente, derecho a que los poderes públicos reconozcan su derecho a decidir.

El Tarajal. Cinco años de espera

En Ceuta hay una playa de arena fina y aguas cálidas. Desde ellas se ve Marruecos. Desde Marruecos se antoja fácil llegar a España. Dos países cuyas fronteras físicas están tan próximas como lejanas sus expectativas. Ceuta forma parte de España, de la rica y próspera Europa convertida en la mente de muchas personas, hombres y mujeres, en sueño y destino donde encontrar una vida mejor. Y, tras vender en muchos casos lo poco que tienen, deciden saltar la valla. La única valla que, junto a la de Melilla, separa la Europa rica de la pobre África. Pobre no, empobrecida por esa Europa que lleva siglos esquilmándola, apropiándose de sus bienes, de sus materias primas, de sus riquezas, convirtiendo a sus hombres y mujeres antaño en esclavos y hoy en mano de obra barata, con la connivencia y la complicidad de sus propios dirigentes.

Ni en lo más básico son tratados dignamente

En estos días en que se celebra el 71º aniversario de la declaración universal de los Derechos Humanos convendría reflexionar si su objetivo principal de universalidad, principio primero de todo su contenido y desarrollo, ha sido alcanzado. Y basta una somera mirada al mundo que nos rodea para comprobar que aún, y a pesar de haber sido suscrita por una gran parte de los países de los cinco continentes, sigue siendo un conjunto de buenas intenciones que remarcan la injusticia y ponen en evidencia los privilegios de una minoría, la que formamos quienes hemos nacido bajo la seguridad de un mundo en paz. 71 años después de su aprobación, derechos básicos como la vivienda, la alimentación, la salud… continúan siendo un sueño inalcanzable para millones de personas.

Testimonio de un fracaso

Oyeron hablar de paz, de derechos humanos, de estabilidad… y salieron en su búsqueda. Para ello tuvieron que pagar un elevado precio. Muchas vendieron casa, bienes, ropa… transformados en monedas con las que sufragar el coste de un viaje que se intuía duro. Otras recurrieron a cuanta ayuda pudieron obtener. Todas coinciden en un punto: la facilidad para encontrar a las mafias y emprender ese viaje que se antoja salvador. La guerra, la persecución por cuestiones políticas, sociales o religiosas, la destrucción de sus viviendas y bienes, la mutilación producida por una bomba, la violación de los derechos humanos, el hambre… están detrás de cada una de las personas que un buen día decidieron dejar atrás la tierra en la que nacieron y buscar otro espacio donde vivir sea algo posible.

Del squad, a la calle. De la calle, al campo

“Hay un asunto en la Tierra más importante que Dios, y es que nadie escupa sangre pa’ que otro viva mejor” (Atahualpa Yupanqui).

Se estima en más de cien mil las personas refugiadas en Grecia a la espera de la resolución que les otorgue el asilo y les conceda la carta que les convertirá en personas libres, con capacidad de movimiento. Será el momento en el que deban abandonar Grecia y entrar en Europa. Esperan ese momento, que, debido a la lentitud de la burocracia europea, puede tardar años. Entre tanto deberán someterse a diversas entrevistas con el miedo incrustado en la mirada y la desesperanza mermando sus fuerzas. No es fácil vivir con noventa euros al mes y cincuenta más por cada miembro de la familia hasta un total de cinco. Si la familia supera ese número, deberán arreglarse.

Entre cartones, en una plaza cualquiera

Salimos de España en busca de una cruel realidad de la que solo nos llegaban noticias a retazos. Es la azarosa vida de unos seres humanos que salieron persiguiendo un sueño y se encontraron con la pesadilla de la insolidaridad, del desamor, de la indiferencia. No era un sueño muy ambicioso. Tan solo, llegar a un lugar donde vivir no fuera una tarea tan pesada, una carga tan doliente, tan arriesgada.

Lepe: para los desheredados, el fuego

No era difícil prever que, en cualquier momento, esas chabolas, levantadas con los restos que arrojan los que tienen una vivienda digna, arderían. Afortunadamente, y porque el azar es lo único que, de vez en cuando, ofrece alguna protección para los desheredados de la vida, para los desposeídos de derechos, no hubo muertos. También fue una suerte para los responsables de esa situación, para las instituciones que se permiten mantener a seres humanos en tales condiciones. Ocurrió en Lepe. El pasado 13 de octubre volvieron a quemarse las infraviviendas en las que se cobijan. Unas 200 se han quemado. El resto han sido derribadas.

Samos. Rejas de agua

Hay que sujetar bien el suelo de la tienda. No es fácil. Hay que buscar piedras y en este trozo de monte hasta las piedras escasean. Sujetar bien el suelo para no dejar resquicio alguno por el que pueda entrar cualquiera de los animales que pasean por entre las tiendas cada noche y estar preparado para arrojar una con la que defenderse son tareas nocturnas primordiales en este lugar sin nombre. Es imposible acostumbrarse al sonido de una rata tratando de entrar en la tienda. Por ello duermen sin dormir. Es el campamento de refugiados de Vathi, en Samos, cuna de Pitágoras y Epicuro.

Samos: de la solidaridad al disparo

Se extienden hacia el infinito. El horizonte se pierde tras una auténtica maraña de tiendas rotas, basura, fuegos en los que cocinar, plásticos, barro. Nada que no se repita en otros campos. Son miles y miles de tiendas, cuyo final no se vislumbra, ocupando las laderas de la pequeña isla de Samos. Cercado por aguas fecales, aproximarse al entorno del campo es llegar a la entrada del infierno. Otro infierno más autorizado por Europa, cuyo mantenimiento paga pero que ni controla ni inspecciona.

El largo periplo de la esperanza: historia de una huida

Salió huyendo de una amenaza de muerte. Afganistán no es país seguro para nadie. Menos, para mujeres que osan desobedecer órdenes de talibanes. Aunque apeados del poder, su presencia, su fuerza impositiva lejos, de desactivarse ha seguido creciendo. Y quiso salvar su vida y la de su familia. Sólo encontró un medio: alejarse, escapar a un lugar donde nadie la conociera, donde nadie la encontrara, donde no tuviera que estar encerrada en su casa como único lugar seguro, temblando cada vez que sonaba ese teléfono cargado de muerte para ella y los suyos. Entonces aún no sabía que su viaje estaría plagado de cíclopes con un ojo en la frente, de vientos huracanados, de islas donde sobrevivir se convertiría en una proeza diaria.

El botarga de albendiego

Llega con una sonrisa tan amplia y humana como todo él. Julio, el Botarga de Albendiego, nombre con el que hace honor al pueblecito de Guadalajara en el que vive y que ha convertido en su refugio particular para amigas y amigos, el fundador, junto a su mujer, de Movil Kitchen, respira humanidad por sus cuatro costados. Llegó, hace cuatro años, en busca de un lugar donde dar lo mejor de sí mismo. Y como lo mejor que sabía hacer -por algo llevaba toda su vida haciéndolo hasta que estalló la crisis en España- era cocinar, se puso a ello y a repartir comidas a las personas refugiadas en Lesbos. “Fue la mejor decisión de mi vida -afirma-. Esto engancha, te sientes útil, sientes que la vida coge sentido. Recibes mucho más de ellos de lo que les das”.

El cementerio de chalecos de Lesbos

No hay aquí cuerpo alguno bajo tierra. Entre cardos y una tierra calcinada, miles de chalecos se amontonan. Testigos mudos de un crimen colectivo.

Moira. La lenta y dura cotidianidad

En este mundo dantesco la actividad empieza muy temprano. Son necesarias de dos a tres horas de cola para recibir un trozo de pita. A veces, un croissant y un vaso de zumo industrial; a veces, un café. Es el desayuno, la primera comida del día, que se reparte sobre las 6 de la mañana. Pero el cuerpo necesita alimento y, total, no hay nada que hacer. Las horas están marcadas por la inacción. Deambular por entre las basuras que jalonan el campo, esquivando las ratas, es lo único que puede hacerse. También, sentarse en la entrada de las tiendas o sobre alguna piedra. Bancos no hay. Las sillas son un lujo y tampoco hay. Dispersos entre las hacinadas tiendas, viejos olivos que nadie cuida, que nadie poda. Y entre ellos, y con cuidado de no tropezar con alguna cuerda de las que se entrecruzan buscado un hueco donde amarrar porque espacio libre tampoco queda, corretean estos nuevos niños que sienten la vida como una guerra.

Espacios de solidaridad

Entre la pesadilla que es Moria, algunas organizaciones tratan de hacer algo más digna la vida de los refugiados. Son pequeñas organizaciones que tratan de crear espacios de convivencia, de normalidad dentro del caos. Son insuficientes, necesitan recursos, pueden ser cerradas si así lo considera la “ autoridad”… pero son referentes para las refugiadas y los refugiados de Lesvos. No pueden entrar en el campo pero con el tiempo, quizás, entre el caos y la superpoblación, hay quien sabrá donde están y quienes son. Una pequeña válvula de escape. No es fácil la información y ésta se transmite de voz en voz.

Un reto que Europa no sabe afrontar

Las islas griegas del Egeo continúan siendo inmensos desembarcaderos para muchas personas que huyen en busca de un lugar donde el hambre, la miseria o la guerra no sean una continua amenaza para sus vidas.