Instrucciones para saltar una valla
- Escrito por Luz Modroño
- Publicado en Opinión
Piernas largas y flexibles, capaces de correr veloces. Vacío el estómago y nublado el porvenir. Estas son las tres condiciones que, gota a gota, van calando en el corazón y anidando en la razón. Abriéndose paso y alimentando tu determinación.
El intenso color azul, casi negro, de un mar embravecido, el canto simultáneo de lunas y sirenas tiene potente voz, cada noche más clara. Es la llamada de una tierra lejana. Te ves capaz, cada vez más, de cruzar ese mar ajeno y extraño y llegar a la otra orilla en la que sueñas encontrar un maná que en tu tierra te es negado.
Primero, es apenas un susurro, un guijarro puntiagudo clavado en los pies descalzos que obliga a detenerse, agacharse para desprenderlo y, con un brazo extendido para mantener el equilibrio, frotar con la otra mano la planta del pie dolorido. Mientras, el pie sano se hunde en la arena caliente y húmeda de la orilla. Es la señal. Su cuerpo juncal acoge siglos de sueños de necesaria libertad. Dejar atrás las raíces. Abrazo a la madre, bendiciones del padre.
Pronto, del susurro pasa al grito, ese grito no humano que emerge de la tierra y atraviesa el mar, que atrae con emponzoñadas promesas de ultramar. Otros espacios adornados de espurias promesas quieren abrirse paso a dentelladas, atravesando las olas. Aún no sabes que es solo un disfraz. La oropéndola no canta igual para todos. Las sirenas enmudecieron.
Habría que saber nadar, pero ese es un pensamiento con poco peso y es difícil atraparlo en el viento ¿Quién piensa en ello cuando está a punto de zarpar la nueva Argos? ¿Cuando Ítaca aguarda?
El silencio amenaza, la noche parece amiga pero guarda un puñal salado entre los pliegues de sus enaguas. Nadie habla. Demasiados sueños, demasiadas esperanzas entrechocando. Demasiado miedo. El aire calla.
Subir, casi trepar saltando, primero adelantando y levantando un pie seguido de su correspondiente pierna, que, como casi todo el mundo sabe, no suelen ir desparramados. Inmediatamente, y perseguido por unas décimas de segundo, carrera contra el tiempo. Hay que llegar el primero. Solo el último vuelve la cabeza atrás con altanería de despedida. Silenciosos son los minutos que pesan sobre las olas levantadas al paso de esa barcaza llena de vida y esperanza y olvido y temblor. Son los nuevos argonautas en busca de una tierra de promisión.
Nadie se mueve, alguien llora, está triste la mar. La espuma queda rota por el paso de esta nave a la deriva. El vómito es un pequeño precio compartido e ilegal. Hasta ahora el mundo era un pequeño baobab, una choza caliente y un camino sin asfaltar.
La mirada fija en un punto, la piel húmeda y salada. El mar ha ido tejiendo un mapa de espinas sobre la frente.
Sobre el cielo cuajado de estrellas ríe la luna nueva. Un rugido inesperado rompe el silencio. No hay tiempo. Es necesario correr, trepar, empujar, agacharse, esconderse, sortear las balas que silban canciones de muerte. Sabe solo que hay que saltar esa valla inesperada, llena de púas que rasgan el cuerpo. No mires, no escuches, no pienses. Corre, trepa, salta. Rápido, cada vez más rápido. La humedad de la sangre que corre por tu pierna se confunde con las huellas que dejó la sal. Ya todo quedó atrás. Silencio. Oscuridad. Un estampido y nada más.
Luz Modroño
Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.