Mary Whiton Calkins (1863 – 1930)
- Escrito por Antonio Chazarra Montiel
- Publicado en Cultura
INVENTARIO EN EL QUE SE TESTIMONIA, SU LUCHA CONTRA TANTAS PUERTAS QUE PERMANECIERON CERRADAS DURANTE SIGLOS
… como llamas
Que no apaga el viento del tiempo
José Hierro
La Historia, una vez más, no ha hecho justicia a las pioneras. Nuestra visión del pasado permanecerá incompleta, parcial y mutilada, hasta que no tengamos en cuenta a las docenas, cientos o miles de mujeres que lucharon en cada momento por sus derechos, por lograr una igualdad de oportunidades y por abrirse camino a través de injustas y lacerantes estructuras patriarcales.
Tuvieron que atravesar muros invisibles, prejuicios en forma de barreras que las aislaban y enclaustraban, en tanto que quienes tenían capacidad de decisión no estaban dispuestos a que se alteraran lo más mínimo sus privilegios, a quien ellos arteramente definían, como el orden natural de las cosas.
La dialéctica hace que el presente recoja lo mejor del pasado. En cualquier momento histórico ha anidado en los espíritus luchadores, una rebeldía capaz de enfrentarse a cualquier obstáculo.
Esta semana voy a dedicar mi colaboración en El Obrero, a Mary Whiton Calkins. Sus experiencias, aunque sin alharacas, son sencillamente formidables. Si bien se mira, la sociedad estadounidense es bastante más conservadora y tradicionalista de lo que parece.
Luchar por la igualdad y por alcanzar lo que les correspondía en justicia, era una tarea poco menos que imposible. Lo primero que hemos de recordar es que hasta una fecha –tan lejana o tan cercana, según se mire- como 1880, las universidades estadounidense les cerraron la puerta con un sonoro portazo, tras otro.
Esta infamante discriminación otorgaba, en ocasiones muy espaciadas, permisos especiales, mas impedía, inexorablemente, que las mujeres alcanzaran el título de doctora.
Su capacidad de entrega, su férrea voluntad y su preparación le permitió alcanzar la presidencia de la American Philosophical Association. Cualquier paso en el camino de la liberación y en el de poner el pie en espacios, hasta entonces vedados, no es sino un acicate, un estímulo… para seguir avanzando.
Con la cabeza alta, pese a todas las adversidades, superando la propia fragilidad nunca perdió de vista sus objetivos.
La mujer estaba atrapada en una tela de araña de la que era muy difícil escapar. Existían rígidas reglas morales, explícitas las menos, invisibles las más.
Sigmund Freud comenzaba a interesar fuera de la Europa convulsa y su Austria natal. Mary tuvo anhelos innovadores, inequívocamente justos y equitativos, mas a los que se vio obligada a renunciar, por los prejuicios sociales reduccionistas.
En esos años la Psicología estaba recorriendo un largo camino, buscando su propio espacio y dejando de depender de la Filosofía, de hecho se consideraba un mero apéndice de la misma.
El contenido de la libertad cambia en cada periodo histórico. La realidad social bajo una apariencia de quietud, si se sabe escuchar atentamente, se perciben aguas subterráneas turbulentas.
La libertad puede acabar convertida en un fetiche inane, en un vocablo vacío de contenido, desgastado por un uso banal. Eso que llamamos libertad, siempre ha dependido de los juegos de poder, de la rigidez de las estructuras sociales y del peso que tengan el humanismo, los deseos de innovación y el respeto a la dignidad del ser humano.
La vida es más, mucho más, que un torpe deseo de auto-conservación. Produce trastornos pero permite dar pasos hacia sistemas de organización social más inclusivos, aunque las fuerzas retardatarias hagan todo lo posible por impedirlo.
Hay que tener valor para rechazar éticamente los argumentos indignos y las creencias impuestas. Las personas más valientes, en estas circunstancias, son las que no se resignan a la servidumbre, ni a la mansedumbre sino que se atreven a seguir el camino marcado por sus conciencias rebeldes.
Siempre es interesante observar algunos datos sobre la forma en que se forjó su carácter. Es significativo que amplió su horizonte vital el que tuviera la oportunidad de viajar varias veces a Europa, también, influyó su sólida formación que le permitió ser profesora de griego. Aprendió a buscar lo que quería y a aprovechar ‘al vuelo’ las escasas oportunidades que iban surgiendo.
Relativamente cerca de donde vivía había universidades que poseían laboratorios experimentales y estudios de postgrado en psicología. El muro que intentó una y otra vez infructuosamente atravesar, era el que estas universidades no aceptaban mujeres en sus aulas.
Existían, sí, sucedáneos que consideraba insuficientes. Se fueron creando espacios de enseñanza informal que no otorgaban titulaciones. Las mujeres tenían que seguir educándose de forma privada y el acceso a las universidades, una y otra vez, se les negaba.
Consiguió tiempo después, un permiso para asistir a clase pero, eso sí, en calidad de oyente. Esta injusta situación se fue prolongando en el tiempo, retrasando así el progreso y posponiendo una igualdad de oportunidades, a la que las mujeres tenían todo el derecho.
Mary apreció con lucidez que un acceso equitativo a la educación superior y a la investigación era un paso imprescindible para ir dejando atrás un largo, negro e inmisericorde listado de agravios. Muchas veces la intransigencia se llevo por delante ilusiones vitales largamente acariciadas, mas su capacidad de resiliencia junto a otras pioneras, acabó por lograr abrir resquicios que agrietaran primero y pusieran fin después, a tantas décadas de exclusión.
En el fondo de la memoria, aún están presentes estas humillaciones seculares. Siglos de postración, todavía hoy, se dejan sentir y hacen que la lucha por la igualdad no se pueda dar por finalizada. El sometimiento a los dictámenes del patriarcalismo deja su impronta.
A través de la etopeya de Mary Whiton podemos analizar, extrayendo las consecuencias pertinentes, las dificultades y obstáculos que padecían las mujeres que aspiraban a liberarse en las últimas décadas del siglo XIX y en las primeras del XX.
Una prueba de su independencia de criterio y de su buen juicio es su afirmación de que las preguntas fundamentales de la filosofía han cambiado menos de lo que ingenuamente pensamos. Lo que sí ha variado y, mucho, es la forma y el enfoque de abordarlas.
Estas y otra reflexiones, extraídas de The Persistant Problems of Philosophy, ponen de manifiesto que con el paso de los siglos los problemas centrales siguen siendo los mismos.
No es de extrañar que el libro tuviera un éxito, nada desdeñable, que fuera utilizado como una introducción propedéutica a la filosofía y que llegara a editarse hasta en cinco ocasiones.
¿Cuáles son los temas que fundamentalmente, le interesaron? El primero de todos, el yo, más también, la capacidad de la memoria, el espacio y el tiempo e incluso el intrincado y laberíntico, mundo de los sueños.
Los detractores de turno no cesaron de acosarla, mas no lograron impedir que continuara sus trabajos, investigaciones y publicaciones. Hizo ‘oídos sordos’ al ruido y la furia. Se aventuró más allá de lo que a muchos les hubiera gustado en su crítica a las rancias costumbres y tradiciones, hasta lograr hacer de su vida y sus reivindicaciones una experiencia encomiable.
Siempre que le fue posible, se manifestó a favor de la libertad y de la justicia. Se fue acostumbrando a usar aquellas máscaras que expresan más seguridad en sí misma de la que en realidad tenía y que son un corta-fuegos contra la vulnerabilidad y el miedo.
Se preparó concienzudamente, para realizar una carrera académica brillante. Las primeras en entablar este sordo combate fueron las peor tratadas… mas con el paso del tiempo otras recogieron la antorcha. Alguien tendría que empezar a reivindicar que la sociedad patriarcal se desprendiera de sus lastres y usos misóginos. Para Mary Whiton las consecuencias de ese ‘choque’ fueron las que marcaron de forma más profunda los momentos más amargos de su vida.
Suyo es el mérito de haber creado el primer laboratorio de psicología en una universidad estadounidense. Eso sí, para mujeres. A finales del XIX obtuvo un reconocimiento que para ella era importante. Fue elegida presidenta de la Asociación Americana de Psicología.
Vivir, no es sino acumular experiencias cuyas consecuencias –positivas o negativas- llevamos a la espalda como una carga pesada o liviana. Lo que vivimos moldea nuestra personalidad, influye en nuestro carácter y, en cierta medida, define lo que somos y a lo que aspiramos.
Le llenó de un legítimo orgullo el que Sigmund Freud mencionara sus trabajos. Apoyos como éste era lo que la impulsaban a continuar su tarea y a seguir adelante sin desfallecer.
Hemos aludido con anterioridad, a que su formación no era superficial, sino por el contrario muy sólida. Sabía francés y alemán, junto al griego clásico y realizó cuantos estudios de cultura greco-latina y de filosofía tuvo ocasión.
Un hecho, que es mucho más que una anécdota y que pone, sobradamente de manifiesto, las tóxicas estructuras patriarcales y la soberbia, estupidez y fundamentalismo reinantes es la que sigue: todos los varones dejaron de asistir a clase cuando ella pudo hacerlo como oyente. Lejos de amilanarse, aprovechó la oportunidad de ser la única alumna.
Pese a estas trabas, desaires y humillaciones acabaron por reconocerse –aunque demasiado tarde- como tantas otras veces, el valor de sus estudios y experiencias en psicología experimental y social.
Fue una mujer libre con todas las consecuencias. Había nacido en el seno de una familia de fuertes convicciones religiosas, sin embargo, su experiencia y honradez intelectual la llevaron a afirmar que “para experimentar el yo absoluto, no hace falta ninguna religión”.
No me resisto a exponer su preocupación por la filosofía práctica o ética. Creía que es preciso actuar de acuerdo con una voluntad libre. Solía afirmar, asimismo, que el hombre es responsable de sus acciones. Quizás, por eso, se mostraba plenamente convencida de la función educativa y pedagógica de la filosofía. Inteligente y responsablemente juzgaba que toda persona debe actuar de acuerdo con unos deberes morales debidamente interiorizados.
Supo predicar con el ejemplo. Luchó en pro de los derechos civiles para fortalecerlos y ampliar el número de quienes se beneficiasen de ellos y se implicó activamente en problemas sociales a favor de los más débiles y vulnerables.
El suyo –como tantos otros- fue un tiempo de alienaciones diversas, donde los fundamentalismos seguían disponiendo de un poder innegable para irradiar sus mensajes conservadores y discriminatorios.
La lucha por la igualdad, se fue abriendo paso, si bien lentamente. La vida de Mary Whiton es, en más de un sentido, un espejo brillante del porvenir.
No pocos esfuerzos se escapan como el agua entre los dedos. En cierto modo, es este un suplicio tantálico, que se repite cuando se aborda la batalla contra muros invisibles.
Donde falta justicia y es negado el derecho, se respira una atmósfera tóxica que llena de conformismo, pasividad y atraso el ambiente. Tal vez, por eso, admiramos tanto a quienes arremetieron contra esos muros invisibles.
Puede decirse, sin exageración, que en su vida estuvieron siempre presentes no pocas provocaciones ontológicas. Para enfrentarse a los poderes establecidos, aunque prudentemente, hacía falta inteligencia, valor y tacto.
Las pioneras como Mary Whiton Calkins no deben ser olvidadas, muy al contrario, sus sacrificios deben ser recordados dándoles su justo valor.
Los partidarios de silenciar y de ejercer una censura para evitar el fortalecimiento de los derechos civiles, no están ni muchos menos vencidos, ni en la América profunda ni en determinados lugares de la vieja Europa.
Ni es, ni ha sido nunca cierto, que cualquier tiempo pasado fue mejor. Quizás por eso, un revisionismo retrogrado y falaz no duda en tergiversar la historia hasta hacerla coincidir con sus intereses y visiones distorsionadas de la realidad.
En las aguas profundas los cambios son lentos. Mary Whiton se impuso sus propias leyes morales de conducta y desafió todo lo que repugnaba a su afán igualitario, a su sentido de la justicia y a la misoginia que todavía se ocultaba en tenebrosos rincones de los ‘Campus’ universitarios.
En estos últimos años repletos de peligros, amenazas, retroceso de los derechos y libertades… y miedo al futuro, constituye un oasis de esperanza y fe en el porvenir, recordar el esfuerzo de aquellas pioneras que lucharon por la emancipación y fueron abanderadas de los derechos civiles y de la igualdad como Mary Whiton Calkins.
Antonio Chazarra Montiel
Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.
Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid.
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