Memoria y evocación de María Moliner (1900-1981)
- Escrito por Antonio Chazarra Montiel
- Publicado en Cultura
Hay figuras que dejan huella. María Moliner es una de ellas. Por su perseverancia, valentía, por haber llevado a buen término una empresa colosal y aceptar los desafíos de un tiempo hostil y tenebroso… y con habilidad saber sortearlos de la mejor manera posible.
El Diccionario de uso del español es una obra de lenta elaboración, originalísima y tremendamente útil para quienes no se toman las cosas a la ligera y saben detenerse en las palabras y en el uso que de ellas hacemos los hablantes conscientes.
María Moliner da la impresión que compone su diccionario… sobre la piel del tiempo. Hay experiencias pasajeras y otras escritas con vocación de quedarse mucho tiempo entre nosotros. Ya lo han consultado varias generaciones y se sigue recurriendo a él hoy, con la misma devoción e intensidad. Es, sin lugar a dudas, un instrumento valioso y un regalo.
En un tiempo como el nuestro en el que la prisa lo preside todo, nadie o casi nadie, se atreve a emprender una tarea intelectual que vaya a llevarle años de trabajo. Todo es provisional y desechable. Se dice que se busca la originalidad pero su vigencia se agota rápidamente. Lo ’liquido’ lo invade todo.
Me gusta releer y recordar, de cuando en cuando, La Metafísica del viejo Aristóteles. En el Libro I formula una idea de ‘calado’: La ciencia y el arte llegan a los hombres a través de la experiencia.
Me parece insensato no valorar con ecuanimidad la experiencia y más, si va acompañada de una enorme capacidad de trabajo y de una planificación certera, amplía y libre que une la ambición intelectual con la modestia.
Por lo que a mí respecta, hablar del Diccionario de uso del español, de cómo lo fue componiendo y dando forma, es tanto como dar rienda suelta a un tributo de admiración. La suya fue, desde luego, una tarea artesanal, de orfebre, realizada con meticulosidad, pasión y amor a las palabras. En cierto modo, es una obra épica, otorgando a la palabra épica la acepción y etimología que al lector le parezcan más oportunas.
María Moliner puede afirmarse que perteneció a la Generación de la República. Desde pequeña sintió una inclinación por el estudio y no se conformó con el papel que la sociedad atribuía a la mujer. Rompió techos de cristal, mas con prudencia, sin alharacas.
Los años veinte fueron felices, despreocupados… un aire de libertad irrumpía y comenzaban a alterarse viejos usos patriarcales. Lo que permitía que la mujer aspirase a la igualdad de derechos y a tener acceso a terrenos y espacios que le habían sido vedados. Fue una víctima más del retroceso que experimentó nuestro país bajo la dictadura.
No se ha insistido lo suficiente en algunos elogios que recibió, quizás el que más le hubiera gustado conocer fue el que poco después de su muerte, le dedicara Gabriel García Márquez. ¿Por qué? Gabo, con la generosidad que le caracterizaba, tras alabar una obra a la que María dedicó quince años de trabajo señala, nada más y nada menos, que ese diccionario enseña a escribir a los escritores. Así se expresaba el autor de Cien años de soledad.
María Moliner pertenece a lo que se ha dado en calificar como el exilio interior. Sobre los vencidos cayó la furia y la crueldad de los vencedores. Los maestros fueron uno de los colectivos más castigados.
Quienes la veían a diario, tendiendo ropa y remendando calcetines, no podían ni imaginar que paralelamente en una callada, fértil y meritoria labor… estaba gestando su obra maestra con una infinita paciencia.
Fue una mujer moderna, decidida y, sobre todo, tenaz. Tuvo la fortuna de formarse en el colegio que la ILE (Institución Libre de Enseñanza) tenía en la calle Martínez Campos, llamada entonces Obelisco. En todo proceso de formación y en toda educación sentimental, no es un detalle menor, los profesores que supieron despertar en ella sus inquietudes. El más destacado de ellos, sin la menor duda, fue Américo Castro. Más tarde, realizó una ímproba labor como archivera, bibliotecaria, lexicógrafa, filóloga…
En el Diccionario puede advertirse, sin demasiada dificultad, el método de trabajo y la libertad de pensamiento de la ILE.
Como archivera realizó las prácticas en la Biblioteca Nacional, fue destinada más tarde al Archivo de Simancas y desde allí, al de la Delegación de Hacienda en Murcia, donde fue profesora en la UMU. En la ciudad murciana conoció al físico Fernando Ramón con el que se casó.
María Moliner fue una mujer de su tiempo, progresista y comprometida con los valores republicanos. Se posicionó al lado de quienes defendían los derechos y libertades y en contra de una mentalidad patriarcal que rezumaba misoginia. No es de extrañar, por tanto, que colaborara activamente en proyectos como las Misiones Pedagógicas.
La tarea era, sin duda, meritoria así como el intento de dotar a cada pueblo de una pequeña biblioteca. No es baladí que llegaran a crearse más de 5.500. Hermosa tarea de extensión cultural, truncada abruptamente al finalizar la Guerra Civil.
Con el triunfo de los sublevados llegaron las tristemente célebres ‘depuraciones’. Tanto su marido como ella las padecieron y, aunque fueron readmitidos años más tarde, sufrieron una degradación ominosa en el escalafón.
No acabaron ahí los sinsabores y persecuciones encubiertas, como la de no ser admitida en la RAE. Emilia Pardo Bazán también, había pasado por tan amargo trance. Esta discriminación de evidentes tintes misóginos no se palió hasta la muerte del dictador. La cartagenera Carmen Conde, primera mujer académica, no ingresó en la Institución hasta 1978.
Las personas intelectualmente más valiosas con las que convivió, supieron ver sus méritos. Sirva como ejemplo Dámaso Alonso, que la apoyó, estimuló y la puso en contacto con la Editorial Gredos.
La obra ingente de elaboración del Diccionario, la compatibilizó con su trabajo de bibliotecaria y la atención a su familia, lo que supone un mérito extraordinario. No está demás añadir que junto a su capacidad de trabajo era abnegada, tozuda incluso como buena aragonesa.
Se ha llegado a insinuar que en la inquina de la Academia, por parte del sector más conservador, había una cierta envidia. María Moliner estaba convencida de que si el Diccionario de uso del español, lo hubiera escrito un hombre habría ingresado en la RAE. Quizás, por eso, cuando en 1973 la RAE le ofreció el premio Lorenzo Nieto López, rechazó abierta y rotundamente el galardón en una prueba más de dignidad.
Un poco más adelante señalaremos algunas distinciones que le han sido otorgadas, más ahora, pretendo glosar su espíritu de trabajo y su capacidad para creer en ella misma y en el valor de lo que estaba haciendo.
Muchos miles de mujeres vieron como caían sobre ellas las caducas estructuras del patriarcalismo y de la cerrazón que se había apoderado de muchas instituciones, dotándolas de un añejo y anticuado reaccionarismo.
Hay ocasiones en que asocio a María Moliner con el mito platónico de la Caverna. Esta mujer excepcional, durante toda su vida nunca se conformó con el movimiento de las sombras proyectado sobre las paredes de la caverna. Por el contrario, siempre aspiró a la luz, a romper muros, a liberarse de las cadenas y a salir de la lúgubre y cavernosa morada.
Pensaba que hay que mirar más allá de lo hipnótico y de lo alienante… y que el mayor don que la inteligencia nos proporciona, no es otro que la invitación a la duda, a no conformarnos con las apariencias ni los convencionalismos, a desechar los prejuicios y, en definitiva a seguir adelante, contra viento y marea, con el plan trazado.
Una tarea tan sacrificada y generosa como la de María Moliner no puede arrinconarse, ni desconocerse, si se valora en algo el escribir bien y el utilizar nuestra lengua con precisión.
Durante muchos años, una fuerza interior que no decaía le ayudaba a salir adelante. En una época opaca, vulgar y triste las personas desprovistas de luz propia se dejaban fagocitar… o morían lentamente de melancolía y tristeza.
Puede decirse incluso que el Diccionario fue el guardián de su soledad. Se echó sobre las espaldas una carga no solo intelectual y de paciente investigación, sino ética y moral. Para ella las palabras eran rescoldos vivos de un tiempo pasado. Por eso, precisamente por eso, el uso que hacemos de ellas es a un tiempo transcendental y necesario. Quienes estamos vivos formamos parte de una cadena histórica y tenemos una responsabilidad con el uso cotidiano del idioma. Hemos de ser muy conscientes de que lo utilizaran varias generaciones que están por venir.
Me vienen a la memoria unas palabras de Plutarco sabias y con una dimensión de futuro nada desdeñables “la sensatez es una especie de inteligencia y la justicia necesita que la inteligencia esté presente”.
Apenas pudo disfrutar de la democracia y de los derechos y libertades que, nuevamente, nos convertían en ciudadanos. Su salud estaba quebrantada y en 1981, un 22 de enero, cerró los ojos.
Otro día hablaremos de su Diccionario, de lo acertado de sus definiciones, de la extensa gama de sinónimos de los que es el uso quien elige unos u otros e incluso, de las familias de palabras. Perspicaz como era introdujo, a título de ejemplo, el vocablo ‘cibernética’ que la RAE, más conservadora que prudente, se había negado a admitir hasta entonces.
María Moliner está viva. Y, lo estará mientras tenga vigencia su Diccionario que sigue siendo una herramienta muy útil, quizás incluso más, que cuando apareció.
En 2012, se estrenó en el Teatro de La Abadía, de Madrid, dirigida por José Carlos Plaza, una obra que resaltaba la importancia de María Moliner. El título no podía ser más acertado El Diccionario.
Su autor, el dramaturgo granadino y profesor universitario Manuel Calzada, obtuvo con esta obra el Premio Nacional de Literatura Dramática. A juicio del jurado, entre otras razones, por destacar el papel de esta mujer excepcional en la cultura y por la reivindicación de la palabra como defensa de la libertad. La obra ha sido representada en diversos teatros europeos y americanos como en el Reino Unido o en Chile… con éxito de público y crítica.
Ha sido objeto de reconocimientos como dar su nombre a calles, centros educativos, culturales… En Murcia, donde conoció a su marido y donde vivió un tiempo, la Biblioteca General de la Universidad, lleva su nombre. Por otra parte, en fecha tan reciente como 2019, la Biblioteca Nacional de España dio su nombre al Salón General de Lectura.
Hay no pocos estudios sobre su vida y su obra aunque, a mi juicio, carecemos de una biografía de referencia. La periodista y escritora Inmaculada de la Fuente, que ha escrito libros y ensayos encomiables, sobre la mujer en la postguerra, publicó en 2011 El exilio interior. La vida de María Moliner. Editorial Turner, que vió una segunda edición en 2018.
Es un texto sugerente, muy bien orientado y con una función pedagógica ostensible que pueden y deben consultar quienes deseen ampliar su conocimiento sobre María Moliner. Por otro lado y de forma complementaria, sugiero la lectura de un breve ensayo aparecido en el Heraldo de Aragón, en marzo del año 2000, bajo el epígrafe Notas sobre mi madre, de Pedro Ramón Moliner. Lejos de ser apresuradas estas notas, tienen no poca enjundia.
Y, por último, entre los documentales dedicados a María Moliner, hay uno con una duración de 75 minutos, bajo el título Tendiendo palabras, que contiene reflexiones y aportaciones de Carme Riera, Pedro Álvarez de Miranda, Inés Fernández Ordoñez, Inmaculada de la Fuente y José Manuel Blecua entre otros. Es un magnífico documental que pretende y consigue ofrecer una imagen plural y certera de la insigne bibliotecaria y lexicógrafa.
En estos tiempos en que se cuida tan poco el lenguaje y, en general los medios de comunicación, tanto en soporte papel como digitales, con frecuencia incurren en errores, faltas de rigor y una ausencia manifiesta de amor a las palabras… y a su uso adecuado, la figura gigantesca de María Moliner con su rigor y su trabajo serio y bien hecho, constituye un referente inexcusable.
Deberíamos consultar esa joya que es el Diccionario de uso del español, más frecuentemente. Sin la menor duda, todos saldríamos ganando.
Antonio Chazarra Montiel
Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.
Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid.
La Redacción recomienda
- «Las ciegas hormigas (Inurri Itsuak)» de Igor Legarreta se estrenará solo en cines el 9 de octubre
- PETRUS de Helena Bengoetxea se proyecta en Lumbier
- La novela de Marceau Miller, de Marceau Miller. Publicado por la editorial Libros del Asteroide
- El norte de África como frontera del mundo: los secretos de ‘lo maravilloso’ en el Magreb medieval
- El eclipse solar que se encontró con Jaume I, el rey conquistador
Lo último de Antonio Chazarra Montiel
- Hoy el mundo es un lugar mucho menos seguro
- En este periodo sombrío, deshumaniado y miserable... Pablo Iglesias Posse, está más vivo que nunca
- Manel Esclusa: un fotógrafo que oculta la realidad sostenible y nos invita a aventurarnos en nuestros paisajes interiores
- Contra el blanqueo revisionista de la dictadura franquista
- Razones para rendir un tributo de admiración a José María Jover (1920-2006)