Cartilla pacifista de Demófilo. Primera Parte
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Cultura
Aportamos parte de un texto publicado, por partes, en Las Dominicales del Libre Pensamiento, publicación fundamental del librepensamiento, el laicismo y la masonería en el último cuarto del siglo XIX y primeros años del XX. Estamos hablando de la Cartilla Pacifista, cuyo autor fue Demófilo, es decir, Fernando Lozano Montes, un personaje fundamental en este ámbito. Aportar materiales del pasado en nuestro presente sigue siendo una aventura harto sugerente.
“Cartilla pacifista
La guerra es un crimen.
El mayor de todos los crímenes es la guerra.
Declarar una guerra equivale á dictar una sentencia de muerte contra millares de inocentes. El Estado no tiene derecho á matar á los inocentes. El Estado no tiene derecho á declarar la guerra. Si no se tolera ya al verdugo que mate al malo, ¿cómo se tolerará la guerra, que mata al bueno?
Horrores de la guerra.
¡Pobres niños! No tienen casa, no tienen abrigo, no tienen pan; van errantes por el mundo alargando la mano para pedir una limosna. Su padre murió en la guerra, Su madre se murió de pena.
Nubes de polvo se levantan por el camino; los regimientos avanzan al galope; detrás crugen las cureñas arrastrando los cañones; una ola de fuego ha pasado por el pueblo, que no es ya sino montón de escombros y cadáveres. La doncella gentil, cubriéndose el rostro con las manos, llora su deshonra sobre las ruinas.
¡Maldita sea la guerra!
El vasto campo está cubierto de cadáveres. Durante tres días dos ejércitos compuestos de centenares de miles de hombres, han chocado en aquel mismo llano que se extiende hasta el mar. La tierra temblaba durante el combate como si estuviera agitada por un terremoto; las bombas, al estallar, convertían en escombros pueblos enteros ó levantaban en alto los regimientos reduciéndolos á una masa confusa de carne y huesos destrozados; los soldados, entre aquella tromba de destrucción, dominados por el terror, no sabían donde poner el pie temiendo ver abrirse el suelo y tragárselos entre llamas; algunos, enloquecidos de espanto, huían á la ventura por los campos con el pecho abierto, manchado de sangre y el cabello erizado. Entre tanto, en el mar inmediato, el formidable acorazado, presa de las llamas, agujereado á balazos, rotas le& chimeneas, chirreando carne humana sobre las planchas de acero enrojecidas como el hierro al salir de la fragua, se hunde lentamente entre gritos de desolación que dicen; —«¡Adiós esposa! ¡Adiós madre! ¡Adiós hijos!»
(Continuará)
Fuente: Las Dominicales del Libre Pensamiento, número del 27 de octubre de 1905.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.