Los días y las noches
- Escrito por Juan Antonio Tirado
- Publicado en Opinión
Esta historia sin historia sucede en la madrugada de un día cualquiera. Del mes pasado, de hace dos años o de ayer mismo. Estamos en los vastos países, en los hondos abismo del sueño y los sueños, donde a veces una ráfaga de viento helado rompe la noche De repente, suena el teléfono. Me asalta un temor difuso, una suerte de escalofrío que sabe a presagio.
Todas estas sensaciones las revivo y las anoto después En un resorte instintivo me doy la vuelta y miro la hora en el radiodespertador. Son las cuatro y veinte. El teléfono sigue sonando. María, a oscuras, y presa de parecido sobresalto, busca el aparato, a trompicones, por entre mis piernas, por un bosque de sábanas, más allá de la almohada, en su mesilla de noche. El teléfono suena y suena, reiterativa y amenazadoramente. Sin piedad. Cuando María consigue encontrarlo, el interlocutor ha colgado. En unos segundos, ella y yo tenemos el cuerpo preparado para lo malo, quizá para lo peor. A veces, en un segundo, la imaginación se desboca como un pianista suicida. Hemos perdido el sueño, aunque apenas intercambiamos unas frases. Tal vez ha sido una equivocación, susurra la esperanza. Seguro que no, en un momento va a volver a sonar el teléfono, dice el pesimismo. No encuentro una postura para aguardar la segunda irrupción telefónica, me pongo de un lado, del otro, bocarriba, bocabajo. María me dice que esté tranquilo, que posiblemente no era nadie, un simple error de alguien que marcó por equivocación, porque, si no, quien fuese, hubiera llamado al móvil. Aumenta mi inquietud. Su familia acostumbra a utilizar ese otro conducto telefónico; la mía, no. El teléfono, móvil o estático, sigue sin sonar. Poco a poco nos vamos calmando. Cuando me despierto, son las nueve de la mañana. Qué hora tan alegre, qué certeza de día con sol y la vida en su sitio. Por esta vez, la fatalidad pasó de largo. ¿Cómo suena el teléfono en la madrugada? Quien lo probó lo sabe, y creo que casi todos hemos tenido esa experiencia, aunque cada cual la vive a su manera, con intensidad dramática o, más usualmente, como un simple fastidio. Con todo, a ciertas horas de la noche, entre gente normalmente estructurada, el teléfono zumba por equivocación, o por intención aviesa de quien no te quiere nada o porque a través del hilo te llega una desgracia.
Con independencia del contratiempo de las llamadas a deshora, prefiero el sol matinal, el hormigueo de las calles, la luz diáfana, a las mentiras de la noche, la espesura de sombras, el alcohol de garrafa, las presencias que embaucan con guiños de lascivia y acaban en nada. Qué bueno que el ruiseñor de la noche, rubenianamente, se vuelva alondra de luz por la mañana. No siempre lo sentí y lo quise así, por supuesto, también yo tuve treinta años, e incluso veinte, y la cabeza me bailó en aventuras y travesuras de noctívago iluso. Ahora, el peso de la noche (a veces, la noche pesa) lo llevo mejor en el cobijo de casa, en la placidez de la familia, entre libros que dicen cosas, películas que inventan vidas y, acaso, un poco de jazz y, de tarde en tarde, un vaso de whisky entre las manos, para beber y soñar, para imaginar la calle en su anchura de escollos y placeres, azares y necesidades. O el gusto de estar entre las sábanas, en duermevela, y oír el repicar de la lluvia, con machadiana constancia, el tableteo de los granizos, el ruido con resortes de furia de la calle, en la honda noche del fin de semana, y a lo lejos, como de fondo, el sonido irreal, el rugido de esa fiera de dolor que es una ambulancia. ¿Espíritu burgués? Supongo. No nací con alma de trotamundos y hasta en mis días de adolescente con ansias de fama periodística preferí las tertulias del Café Gijón al vértigo de la guerra en este o aquel lugar donde dobla el mapa. Aun así, vivir es contar; la vida es un cuento, con agudos de novela y graves en verso; en mi caso, este relato no está hecho de hazañas bélicas sino de lances menores.
Claro que, el yo no se para, nunca está tranquilo, no acaba de encontrar su sitio, de manera que en sus andanzas no es extraño que se duela de lo que no tiene y busque abrigo en otros armarios, porque la existencia es pura dialéctica. Y entonces me sobreviene un golpe de melancolía y lamento no tener noches más intensas, una vida fugitiva y canalla. Recuerdo una estupenda novela de Simenon, “El hombre que veía pasar los trenes”, en la que el protagonista, un hombre gris de una perdida ciudad de provincias, cada anochecer ve como pasa un convoy que va a París, hasta que un día se sube a él y ya su vida es otra. Tampoco está mal salir con la noche a cuestas y un álbum de Joaquín Sabina. Los garitos umbríos, unas medias rasgadas, unas bragas de seda y fantasía, una mujer hecha de recortes de deseo, con piernas que se miden en kilómetros. O un barco que parte de la noche oscura del cuerpo con rumbo al mundo, a países de verdes geografías dibujadas por mi imaginación de lector joven. Vagas fronteras donde crecen los sueños en abanico, como un corte de mangas al hastío y el déficit cero. Poder cantar, sí, con letra de Joaquín: cuando era más joven viajé en sucios trenes que iban hacia el norte y lo hice con mujeres que dormían con hombres por primera vez; vivo en el número 7, calle Melancolía, etc, sabiendo que el propio letrista de Úbeda hace años, siglos tal vez, que no toma la luna, que dejó los tugurios y las lindas quimeras de la noche, que desertó de la lírica intemperie para quedarse en casa, con los amigos, en tertulia, componiendo canciones nacidas en el bulevar de los sueños rotos o allá muy lejos, donde habite el olvido. Buenos días. Feliz y cálido domingo.
Juan Antonio Tirado
Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.