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En París con mi hermano


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

La aldea global es un globo hinchado de bagatelas. La realidad es infinita y no cabe en un folleto, en una página web o en los tomos de una enciclopedia. Un país es una sustancia en movimiento, un conjunto multiforme y sorprendente. Cualquier lugar del mundo es una mirada, una visión, una intuición y una larga paciencia. Hace el turista sus maletas, vuela durante horas por un cielo igual a todos los cielos, aterriza en tierra extraña, despliega sus mapas, sus libretos de trotamundos, abre los oídos al guía local que le cuenta las peculiaridades del país. Está en Japón, como podría estar en Praga o en Kenia. El mundo es ancho y ajeno. Las costumbres y los modos de vivir son impenetrables para quien sólo va a permanecer unos días en suelo lejano y ha de moverse a ritmo apresurado para no perderse ninguna de las maravillas del lugar.

¿Qué sabe de Japón el español que pone rumbo a sus costas? En su equipaje no lleva, seguramente, más allá de alguna literatura de circunstancia y media docena de clichés. Luego volverá repleto de fotos y con una docena de curiosidades y anécdotas. Otro tanto sucede con el japonés que viene a conocer España en una semana. Si es mayo, uno de los días hará mañana en Toledo y por la tarde asistirá a un espectáculo taurino en las Ventas. A la noche, cena y espectáculo flamenco en un tablao especial para turistas. ¿Qué pensarán los japoneses mientras ven en el redondel un espectáculo de sangre y muerte, en tanto el público, colorista y gritón, increpa o aplaude? ¿Cómo describirán a la vuelta a su país los lances que han visto sobre la arena? Probablemente la corrida les dejará poca huella, no en vano los japoneses suelen abandonar el ruedo después de lidiado el segundo toro. ¡Hay que aprovechar el tiempo!

Suele contraponerse el turista al viajero. Quienes así lo hacen se pretenden de la segunda categoría. Siempre hubo gente, y la hay, que va por el mundo con una mochila que llena de conocimientos, pero son minoría. Por cada émulo de Marco Polo hay diez millones de tipos como usted o como yo, felices con buscar otros aires durante unos días y esa es la gran novedad de nuestro tiempo, un turismo cada vez más masivo, democratizado, al alcance de las clases medias. Lo que se presta a la caricatura es la presencia de muchos viajeros, con su móvil en la mano, en función de cámara fotográfica y atrapados en las redes sociales: miran con poca atención, porque lo que les importa es retratar y decir aquí estuve yo, o aquí estoy, pues vivimos en el presente continuo.

El smartphone es el elemento diferenciador de este tiempo, pero el turismo, desde que merece tal nombre, está más cerca de la anécdota que de la categoría. En 1990 nos fuimos mi hermano José Ramón y yo en coche a París. Bueno, París... en fin, no tengo una sola ocurrencia que pueda enriquecer lo que con tanto fundamento se ha escrito y dicho sobre la capital francesa. José Ramón y yo conocimos a un par de chicas españolas, con mucha chispa y alegría de vivir, que es algo que se agradece por encima de cualquier otro azar físico o contingencia psicológica. Eran primas, la una de Madrid, y la otra de Barcelona. Iban en viaje organizado. Las encontramos una tarde al caer el sol y pasamos unas agradables horas con ellas, cena incluida. Las noches, por lo general, eran un alivio para aquellas dos estajanovistas del turismo, que llegaron a París como quien tiene contraída una obligación. Recuerdo una frase de una de las primas, la catalana, que me impactó:

- Llegamos anoche, y hoy ya nos hemos hecho el Louvre, nos hemos hecho el Museo D´Orsay, la torre Eiffel, Los Inválidos y Montmartre. La verdad es que llevamos muy buen ritmo, yo calculo que en los cinco días que vamos a estar aquí, antes de irnos a Londres, habremos conocido París.

A mi hermano y a mí nos dio como un poco de apuro, ya que esa tarde, en el Barrio Latino nos habíamos pasado un par de horas jugando a las máquinas recreativas, a los deliciosos flipers que para entonces ya era raro encontrar en los bares españoles. Por supuesto, no le dijimos nada a nuestras hiperactivas compatriotas: hubieran pensado que éramos unos degenerados. Cada turistilla, claro, tiene sus cosillas. Las mías tienen un cierto aire snob. Tan pronto como entramos en la habitación del hotel donde nos alojamos en París, en la Plaza de la República, encendí el televisor. Puse la tele, y en uno de los canales, supongo que en TF 1, había un encendido debate, de corte político-intelectual, y, se desprendía, que de buen nivel. El que no tenía nivel en el idioma de Proust era yo, de forma que no me enteraba de sus argumentos. Yo veía moverse y paliquear de forma vehemente y educada a aquellos atildados señores y me emocioné. Mi hermano me invitaba a que fuéramos a dar el primer paseo por París la nuit y yo le replicaba:

- Espera, espera... ¡Qué maravilla de debate! ¡Qué discusión tan extraordinaria! Esta gente sí que sabe debatir, no como en España...

De manera que no seré yo el que tire la primera piedra sobre los turistas, afeándoles lo insustancial de los viajes masivos. Cada cual se organiza a su modo y lo pasa como mejor sabe y puede, otra cosa es lo que le ocurre a una amiga mía, que al segundo día de llegar a un país ya se ve con material suficiente como para escribir un ensayo sobre el lugar en que ha aterrizado unas horas antes.

 

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.


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