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¡No sabe Dios la hora que es!


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)
© Kuki Ladron De Guevara | Dreamstime.com © Kuki Ladron De Guevara | Dreamstime.com

El tiempo. Hay coleccionistas de horas muertas que las pegan en el álbum morado de la nostalgia. Hay derrochadores de tiempo, jóvenes y arrogantes millonarios que un día van a cobrar un talón en el espejo del baño y se encuentran con lo que ayer era oro convertido en nieve. Los muchachos del acné febril son, a la vuelta de la esquina de los años, maduros caballeros de la edad cansada.

Estamos hechos de tiempo. Ese es nuestro equipaje y nuestra angustia. No es cierto que el tiempo vuele por definición. Es verdad que para el adulto el tiempo suele ser un concepto fugitivo, sin embargo para el niño es un fenómeno de tan lento casi estancado. Ahí nace su deseo de que el tiempo se acelere. Lo difícil es estar de acuerdo con el tiempo, por demorado o por fugaz. Por eso buscamos la felicidad, porque es un instante de tiempo suspendido, de tiempo sin tiempo. Algo tan anhelado como improbable, ya que va contra la raíz humana de seres en el tiempo. La literatura surge de esa angustia básica. Indaga respuestas, produce momentos de rara dicha en los que el tiempo queda suprimido, aunque, sobre todo, nos enfrenta a nuestra frágil condición de hijos del tiempo. Del tiempo huido. Se escribe sobre lo que se fue.

Esta madrugada hemos perdido una hora, nos la han robado en Europa, la Comisión o algo así. En realidad no es un robo, sino un intercambio. En octubre nos dieron sesenta minutos de más, que ahora se han cobrado. Este vals de las horas comenzó mediados los setenta, me parece que a raíz de la crisis del petróleo y ya es costumbre. Aseguran unos que favorece el ahorro de energía, lo cual no sería motivo fútil, y menos en este momento en que nos hacen luz de gas por todos lados. La cosa, con todo, suena a coartada económica. En esta hora tan crispada del mundo, hasta al reloj le hacemos una lectura de mercado, como si quisiéramos calcular el IPC del tiempo Claro que eso es lo que dicen algunos entendidos, otros apuntan que no hay tal y que el movimiento de atrás para adelante y de adelante para atrás de las manecillas del reloj no afecta a la cartera, sino que perjudica la salud, en algunos casos seriamente. En concreto, el cambio de horario cuenta con la oposición de la Comisión Nacional para la Racionalización de Horarios Españoles, que avisa de la gravedad de meterle mano al reloj. Soy escéptico ante ambas teorías, sobre todo ante la segunda y soy partidario del vaivén horario, de manera singular en primavera, donde las tardes regalan luz a raudales y se tornan fiesta de la chiquillería y deleite de vividores de cualquier edad. Un imperio en el que se pone el sol, pero casi más por hartazgo de día que por obligación.

Hay expertos para todo, y no iban a faltar en esto del quita y pon horario. Recuerdo que hace unos años un grupo de estudiosos de un pueblo de la sierra madrileña llegó a la conclusión, tras arduos análisis, de que el melón es más sabroso fresco. Podría parecer obvio, pero las apariencias engañan y nada como un estudio sobre el terreno para comprender esa realidad, compleja por naturaleza. Algo parecido ocurre con los expertos sobre los husos horarios, que los hay en España y en Europa y son de singular utilidad, aunque no sabemos en qué. En los años en que yo trabajé en los informativos del fin de semana de Radio Nacional de España, me tocó en varias ocasiones dar la noticia del paso del horario de invierno al de verano y viceversa. Saltándome las leyes de la gravedad informativa de la radio pública recuerdo que una vez empecé un boletín diciendo: “Buenas noches, en este momento, en un espectacular salto hacia atrás las manecillas del reloj han pasado de las tres a las dos de la madrugada”. La ocurrencia todavía me la recuerda Pedro Matamorón, mi compañero en aquellas lides.

En fin, disculpen esta excursión por los cerros de Úbeda, o por Antequera, por donde no estaría mal que saliera el sol. En los periódicos se ha perdido la costumbre de escribir sobre las costumbres. Se hace poco costumbrismo. El columnismo de la edad de oro se alimentaba frecuentemente de ese pasto de lo cotidiano. César González Ruano fue el más excelso cantor de las cosas de la calle, lo que con frase afortunada Azorín llamó “los primores de lo vulgar”, pero el articulista del día escribe sobre política o es hombre muerto; a veces se puede permitir una pequeña excursión por los aledaños de la vida, pero sólo como una intermitencia. El columnista de la dictadura era un paseante y un visitante de cafés y un frecuentador de tertulias, lo que le daba para una buena colección de prosas de temporada. De lo que menos se escribía era de política, porque en aquellos periódicos no se olvidaba la aguda sentencia cínica de Franco:

- Haga usted como yo, no se meta en política.

Hoy, lo difícil es no meterse en política. Yo estaba por despedirme con una cita del escritor francés Marcel Proust, que viste mucho cualquier tema. Proust advirtió que “aunque sesenta minutos parecen poca cosa, una hora no es simplemente una hora, sino un vaso lleno de perfumes, de sonidos, de proyectos y de climas”. Pero pensándolo mejor, les voy a decir adiós con una frase de mi primo Valeriano, que en paz descanse, quien para expresar su perplejidad ante las cosas de la vida acostumbraba a decir: “¡Ya no sabe Dios la hora que es!”.

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.


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