Nostalgia de Gorbachov
- Escrito por Juan Antonio Tirado
- Publicado en Opinión
Cuando estuve con María en Rusia en 2005, unas vacaciones en tren entre San Petersburgo y Moscú, teníamos el capricho de traernos una matrioskha política en la que la muñeca grande fuera la de Gorbachov; luego, ya nos daba igual como estuvieran barajadas las otras muñequitas con líderes históricos rusos. La buscamos en pueblos y ciudades por los que pasaba el tren, llenos todos de souvenirs, en la monumental Leningrado y en Moscú. Vano empeño.
Únicamente alcanzamos a comprar una muñeca con Stalin en cabeza, y en la que Gorbachov ocupaba el último puesto: cabía en lo que ocupa un dedal. Eso sí, frente al ostracismo del viejo líder de la Perestroika se alzaban vistosas matrioskhas del mencionado Stalin y de Lenin, de Breznev e incluso de Kruschev, y arrasaban Yeltsin y Putin. Comprobé que Gorbachov, a quien venerábamos en Occidente, era muy poco querido, o directamente odiado, entre sus paisanos. Eso me sirvió para reafirmarme en mi idea de que Rusia había sido tradicionalmente, con los zares y luego con el comunismo, un país inmenso, acostumbrado al dirigismo, a un padrecito con mano dura y palo largo como Stalin, de forma que la primavera de la Perestroika y la Glásnot fue en realidad vivida como un intento fallido concluido con el desmoronamiento del imperio comunista. Para una mayoría del pueblo ruso, Gorbachov era culpable, y tras el paréntesis histriónico y desmadrado de Yeltsin, llegó Putin: un oscuro personaje, espía del KGB, que tras la caída del Telón de Acero vivió días amargos y una cierta precariedad que según ha confesado le obligó a pluriemplearse de taxista en el Moscú de los primeros años noventa.
A Putin, en realidad, le daba igual el comunismo, lo que echaba de menos era el esplendor de la Rusia eterna, de manera que sentía nostalgia de un tiempo que estuvo muy lejos de vivir, y en el que tenían cabida tanto los heroicos zares como Stalin, hacia quien nunca ha escondido su admiración. Putin era por entonces un antiguo espía aburrido y abrumado por el colapso inverosímil de la URSS, aun así tenía ambición e instinto político y no tardó en auparse al poder. El excéntrico bebedor Yeltsin lo nombró primer ministro y luego en la nochevieja de 1999, por sorpresa, Boris renunció a la presidencia y Putin asumió el cargo. Una bomba en el corazón del Kremlin mientras el milenio cambiaba de dígito. Y ahí sigue, como hombre fuerte, bendecido electoralmente, pero dejando cada vez más clara su condición de dictador y de jactancioso imperialista.
El historiador británico Laurence Rees autor del libro “Hitler y Stalin: dos dictadores en la Segunda Guerra Mundial” ha dicho que no ve similitudes entre Putin y Hitler y que la comparación más apropiada sería con Stalin. Rees ha comentado que “la decisión de Putin de invadir Ucrania es irracional. Aunque es frecuente entre los dictadores pensar que ellos nunca van a morir, una parte de Putin sabe que se le acaba el tiempo y quiere su hueco en la historia rusa. El presidente ruso se ha lanzado a una guerra sin lógica económica ni éxito previsible por motivos emocionales: este año cumple 70, ya es un hombre mayor, ¿que tiene que perder?”. Abundando en la clave de la edad, Laurence Rees subraya: “Hay que entender que, además de macho alfa, también es viejo. ¿Qué pasaría si se ve acorralado del todo, si cree que va a ser juzgado por crímenes contra la Humanidad? Siempre he pensado que la mayor de las suertes de la Humanidad fue que Hitler no poseyera armas nucleares. Si hubiera tenido un botón para haberse llevado al mundo por delante, lo habría apretado. La muerte les parece algo terriblemente injusto porque no pueden derrotarla, ni engañarla”.
Putin se ha ganado el odio del mundo, aunque carecemos de datos de opinión pública para saber cómo se le percibe en Rusia. Es seguro que el temor es superior al afecto, en todo caso aquel inmenso país tiene su suerte unida al gran macho, a ese ejemplar humano narcisista al que hemos visto en cientos de fotos con el torso desnudo. Frente a esa imagen perturbadora evoco la figura venerable de Mijail Gorbachov, quien a sus 92 años, ingresado en un hospital de Moscú, seguramente asiste estupefacto a la guerra declarada por el inquietante Vladimir. En 1991, Gorbachov confesó en una conferencia pronunciada en una universidad de Turquía: “El objetivo de mi vida fue la aniquilación del comunismo… mi esposa me apoyó plenamente y lo entendió incluso antes que yo […]. Para lograrlo aproveché mi posición en el partido y en el país, tuve que sustituir a toda la dirección del Partido Comunista y de la URSS, así como a la dirección de todos los países socialistas de Europa”. Gorbachov no ha querido abandonar su Rusia natal, y eso que hubiera sido recibido con honores en cualquier país occidental. Se quedó en su tierra, orillado en una esquina de la historia, asistiendo a un espectáculo político que debe disgustarle profundamente. Su inseparable Raisa murió en septiembre de 1999, tres meses antes de que Putin quedara al frente de la nave rusa. Hoy, en esta hora profundamente grave del mundo, siento nostalgia de Gorbachov.
Juan Antonio Tirado
Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.