La paz es posible
- Escrito por Rafael Fraguas
- Publicado en Opinión
El azar es la medida de nuestra ignorancia. De las actividades humanas, la guerra es la más sesgada por el azar. La paradoja y la sorpresa asimismo le acompañan. Por eso, no sabemos a ciencia cierta cómo evolucionará la guerra en Ucrania, ni cuál será su desenlace. Cabe pues prever, como resultado de esta contienda, lo mismo una serie de victorias militares de las tropas invasoras que culmine, paradójicamente, en la pérdida rusa de la guerra, que una victoria de la resistencia ucraniana que, pese a ello, rebaje las pulsiones otanistas de sus dirigentes y sitúe a Ucrania en la posición de neutralidad que Rusia se propone conseguir. Cabe asimismo imaginar, simultánea o consecutivamente, una remoción política de Vladimir Putin y/o un derrocamiento de Volodimir Zelenski. Casi todo es posible.
Es muy difícil extraer conclusiones sobre el desenlace de esta guerra a partir de experiencias bélicas anteriores. Pero sí es posible señalar analogías. Aunque resulte sorprendente, hay aspectos de esta contienda que remiten a las guerras greco-persas entre Atenas y Darío, a partir del 490 antes de Cristo. Batallas como las de Maratón y Salamina reaparecen en escena y muestran conductas militares hoy replicadas en el Este europeo, pese a los abismales cambios tecnológicos y armamentísticos operados desde entonces.
Los mapas nos van informando hoy de la evolución del conflicto ruso-ucraniano. La secuencia nos muestra un arco de paulatinos avances rusos que abarcan desde el fronterizo noreste de Ucrania hacia la frontera meridional del país eslavo con Moldavia. El círculo va siguiendo la línea de costa del mar Negro, por donde las fuerzas armadas de la Federación Rusa buscan tener asegurado el abastecimiento de sus tropas por vía marítima; ello completaría los suministros, por vía terrestre, procedentes del norte del país invadido, fronterizo con la Federación Rusa. Todo lo cual determinará, quizá, si no el principal escenario de los combates por venir, el área de Odessa, sí uno de los campos de batalla decisivos, en este caso, naval. Esta dependencia de los abastecimientos por via naval lleva a los rusos a combatir en un escenario obligado, donde Ucrania, presumiblemente, va a concentrar su mayor resistencia.
Por otra parte, la toma rusa de Kiev, capital ucraniana, se está demorando; según unos, retardada intencionalmente desde el Kremlin por dos razones: o bien para mantener abierta la posibilidad de forzar una negociación, iniciativa acariciada por Moscú; según otros, para impedir un efecto indeseado para las tropas ocupantes, ya que la zona Oeste del país es donde, potencialmente, se concentraría el grueso de la resistencia ucraniana. Esta puede llegar adoptar o bien la forma de contrainsurgencia urbana, casa por casa, temida por las fuerzas regulares rusas; o bien, escalar a un grado superior mediante la participación directa de contingentes de la OTAN sobre el terreno –precisamente esta posibilidad fue la causa que Vladimir Putin percibió como una amenaza intolerable contra la seguridad de la Federación Rusa y que le condujo, según dice, a desencadenar la guerra. Esa irrupción directa de la OTAN en la escena llevaría o bien a una guerra prolongada o bien a un súbito -y temible- desenlace en clave nuclear.
Precedentes de amenazas nucleares
La amenaza nuclear no es nueva en las relaciones entre Washington y Moscú. Tras la Segunda Guerra Mundial, en 1946 y 1947, distintos procesos políticos culminaron en la creación, al Norte de Irán, de las repúblicas democráticas populares del Kurdistán y Azerbeyán. Fue entonces cuando el presidente norteamericano Harry Salomón Truman, que ya había arrojado sobre Hiroshima y Nagasaki dos bombas termonucleares que causaron la muerte instantánea de 180.000 personas, amenazó a la URSS con el bombardeo nuclear si no se desmantelaban tales repúblicas populares, que Washington consideraba comunistas. La URSS aún no tenía la bomba atómica -que los espías comunistas norteamericanos y británicos le proporcionarían poco después-, por lo que ambas repúblicas desaparecieron.
Por otra parte, casi todo el mundo conoce la crisis de los misiles soviéticos instalados en Cuba en 1962. Desde 1949, la URSS contaba con armamento nuclear. ¿Cómo se saldó aquella crisis? Con la retirada de los cohetes de la isla caribeña. Y, pese a presentarse como una victoria rotunda de John Fitzgerald Kennedy frente a Nikita Khruschev, implicó también, no se olvide, la retirada de los cohetes estadounidenses que apuntaban a la URSS desde Turquía, Italia e Inglaterra.
La paridad nuclear, que pese a la desaparición de la URSS hoy persiste entre Washington y Moscú, muestra que no cabe otra salida a esta crisis que la negociación, los retrocesos mutuos, según los analistas menos impregnados del belicismo que suele instalarse en las mentes cuando surge un acontecimiento de la gravedad de la guerra en Ucrania. La empatía hacia quienes sufren con enorme dolor las consecuencias de la guerra, víctimas físicas, psíquicas, migrantes, también combatientes, desata reacciones bien distintas, desde el deseo de agredir a quienes agreden, a quienes claman por la paz como una meta tan necesaria como apremiante.
Con todo, queda la incógnita de cómo se gestionará el deseado fin de esta guerra. Lo cierto es que la construcción de la paz posterior a las batallas ha de ser mucho menos azarosa que la propia guerra, aunque se percibe muy difícil pero siempre posible. Una cosa va quedando clara: los representantes políticos de Europa parecen haber tomado conciencia real de que no quieren la guerra en el continente. Las invasiones militares no han de tener cabida en tierras europeas a partir de ahora. Ni nunca, en ningún lugar del mundo, debe añadirse a los desmemoriados.
La estrategia de salpicar el mundo de Estados fallidos dictada por la Casa Blanca en las últimas décadas y con ocupaciones militares secundada por algunos de sus aliados más belicosos, sobre países como Yugoslavia, Afganistán, Irak, Libia, Palestina o Siria, más la pretensión de hacer lo mismo con Irán, Yemen o Sudán, ha sido y es una catastrófica política que perpetuará la conflictividad mundial de no verse zanjada de inmediato. Los carros de combate soviéticos en Kiev, Budapest, Praga y Kabul significaron más de lo mismo. Los Estados soberanos son los interlocutores naturales de las relaciones internacionales, como Naciones Unidas reclama un día sí y otro también.
Por otra parte, perseguir la conversión de la Federación Rusa en otro Estado fallido más, como parecen proponerse determinados estrategas y poderes fácticos estadounidenses, es, quizá, uno de los planteamientos más aberrantes e inviables que quepa concebir. La fragmentación de un país de su tamaño y entidad, de rango nuclear, resulta sencillamente imposible, máxime después de haberse desprendido ya de quince repúblicas tras la desmembración de la Unión Soviética.
Europa va tomando conciencia de la necesidad de su propia autonomía política y, también, militar. Y esta no tiene por qué estar en sintonía ni con los intereses sobreactuados que persigue Moscú ni los que son diseñados por Washington, empeñado en hurgar en la entrepierna de los otros dos colosos mundiales, Taiwan, en los hijares de la República Popular China y hoy en Ucrania, en el bajo vientre la Federación Rusa. “Si hurgas en la entrepierna del oso, seguramente te de un zarpazo mortal”, reza un dicho oriental.
¿Cómo cabe rentabilizar la simbólica unidad europea lograda ante la invasión militar rusa en Ucrania? Caben varias respuestas. La que se propone aquí consiste en un plan a largo plazo, que consagre la autonomía de los intereses propiamente europeos, poniendo fin a las inercias que han mantenido a toda Europa, Occidental y Oriental, en una especie de minoría de edad respecto a Estados Unidos, a través de la OTAN, aún en la escena, y a la Unión Soviética, a través del Pacto de Varsovia, felizmente desaparecido. Un hermanamiento de las dos Europas es viable.
Se abre paso en Europa la conciencia ciudadana de que los verdaderos desafíos, no solo continentales sino también mundiales, no son militares, ni las abominables guerras son los medios de conjurarlos. Se trata de retos de muy distinto tipo: microscópicos, es decir, los patógenos que traen las temibles pandemias; y macro-cósmicos, los cambios climáticos y medioambientales. Esos son las verdaderas pruebas que encara la Humanidad si se apresta a subsistir en el siglo presente.
Un plan de paz europeo
Por eso, cabe que Europa se proponga deshegemonizar política y militarmente, de forma gradual y paulatina, las relaciones euroasiáticas y euro-trasatlánticas. Estados Unidos precisa concentrar sus energías y su atención en su propio país, ya que hace apenas un año ha vivido gravísimas jornadas internas –aún irresueltas- y externas, el fiasco de su prestigio militar mundial en Afganistán. En las primeras, ha estado y está en juego la estabilidad del sistema democrático estadounidense, por la emergencia allí de una confrontación civil hoy latente. Ello señala la actual inviabilidad e inoportunidad de la asunción, por parte de Estados Unidos, de la defensa y la seguridad a escala mundial, la europea incluida. La crisis interna es allí evidente, tras los recientes avances del liderazgo, ya hegemónico, de Donald Trump en el Partido Republicano, que preludian su pugna por regresar a la Casa Blanca, tras la estela de horrores dejada a su paso en su primer mandato.
En cuanto a Rusia, las pulsiones autocráticas del Kremlin y su victimismo, están fuera de lugar, al igual que las restricciones a libertades básicas. Empero, incluso si Putin saliera de la escena, la percepción de inseguridad y amenazas contra la Federación Rusa proseguiría allí vigente. En lo inmediato, Europa puede admitir la integración de Ucrania en la Unión Europea, sin que nadie le obligue a integrarse en la Alianza Atlántica, nudo en el que se encuentra, según Moscú, el foco conflictivo que ha desencadenado la guerra.
En lugar destacado se trataría de que Europa consiga deshostilizar las relaciones con Eurasia, macro-continente donde Europa se inserta geopolíticamente. Al potencial demográfico, geoeconómico y energético eurasiático une un extraordinario e inusitado potencial de autodefensa para la supervivencia planetaria, ante los efectos del cambio climático: reside en la tundra siberiana, área semejante pero más extensa que el ámbito subpolar de Canadá, Alaska y Norte de Noruega. En la tundra, el deshielo de las zonas subárticas y la liberación del permafrost, deviene en presumible vector de desarrollo a escala mundial que podrá permitir la roturación masiva de las tierras que queden libres del hielo y coadyuven a la supervivencia alimentaria del Planeta, ensanchando así la dañada potencia de la biosfera.
En tercer lugar cabe a Europa coadyuvar a una re-descolonización del continente africano, ya en vías de plena alfabetización, cargado de posibilidades de desarrollo autóctono. Pero hoy se ve sujeto a nuevas y amenazantes pulsiones hegemónicas foráneas y graves tensiones ideológico-políticas en clave yihadista. Recientes experimentos recolonizadores, inducidos por potencias europeas, como en el caso de Libia, hacen aumentar la hostilidad local y regional hacia las antiguas metrópolis, allanan el acceso de recolonizadores foráneos y radicalizan la oposición interna y la desestabilización de regiones enteras, como en el Sahel y en el norte de Nigeria, en clave de islamismo radicalizado.
En un cuarto término se trataría de desmercantilizar la dependencia tan acusada entre Estados europeos y capitalismo financiero, sobre la base de una real autonomía política estatal, en clave socio-medioambiental. Y ello habida cuenta de la inepcia mostrada por el capital financiero para gestionar sus cíclicas y auto-inducidas crisis, entre ellas las medioambientales y las generadas por la pandemia, con una bochornosa puja privatista por las patentes de vacunas y fármacos en plena actividad del patógeno asesino, como ejemplo de su codicia.
En quinta posición competería a Europa embridar su desarrollo tecnológico con pautas de finalidad social, que emancipen al mundo del determinismo tecnológico vigente y permitan recobrar las dimensiones espacio-temporales de la existencia humana. Estas han quedado anuladas o devaluadas por el control tecnocrático de masas, por el empleo desaforado del denominado Big Data, la utilización masiva de datos personalizados, que precipita las relaciones sociales e interpersonales en un caos desmesurado, manifiesto, por ejemplo, en el mundo laboral, por la extracción de una productividad ilimitada del trabajo humano, que implica la imposibilidad de su medida y justa remuneración. Estas medidas se complementarían aportando el potencial I-D-I acuñado desde Europa como contribución extraordinaria al desarrollo mundial y a la reducción del alcance de los retos sociales y energéticos en presencia.
Desde esta perspectiva múltiple queda claro que Europa puede desempeñar, a escala mundial, un fértil papel pacificador, de arbitraje entre la superpotencia transtlántica y las grandes potencias euroasiáticas. Recuperará así la relevancia mundial ahora perdida, al desplazarse los ejes geoestratégicos al área Asia-Pacífico. Y la conseguirá si se muestra capaz de rentabilizar geopolítica, diplomática y culturalmente el ascendiente civilizacional e histórico-patrimonial de Europa que, a su vez, puede fortalecer sobremanera el sentido del proyecto integral europeo. La Unión Europea, solo a falta de voluntad política, cuenta con un evidente potencial militar conjunto de autodefensa, que le otorga un ascendiente arbitral susceptible de ser aplicado para fines de disuasión y consenso frente a las guerras, litigios, rivalidades y conflictos aún en la escena. A todo ello coadyuvaría la superpotencia comercial de compra de Europa y su transformación en vector político arbitral en la previsible confrontación comercial y tecnológica entre Estados Unidos y China.
La autonomía política, económica, militar, securitaria y de Inteligencia de Europa, aplicada con un criterio de equidistante arbitraje a los grandes desafíos en presencia -la neutralización de la guerra incluida-, es el instrumento más eficaz a nuestro alcance para asegurar un horizonte universal de concordia. Es posible la paz si Europa se aviene a desempeñar un consistente papel arbitral, acorde con el Derecho Internacional, que nos fortalecerá a todos.
Rafael Fraguas
Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.