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Los espectáculos de la política


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

La de político es una profesión con mala fama, al punto de que en el imaginario colectivo figura como un dechado de lo peor. Lo de ser político es el colmo. Y la cosa no es moda ni acuñación reciente, ya Franco decía, en otro colmo, el del cinismo: “Haga usted como yo, no se meta en política”. Pero, en fin, en aquellos tiempos oscuros meterse en política era hacer oposiciones para que te metieran en la cárcel y te mataran a palos. De la Transición a este punto Covid de la historia, casi nunca ha sido buena la fama de que han gozado los políticos. Suárez, convertido hoy en moneda mítica y santo laico, fue vapuleado y llevado al calvario con su correspondiente cruz, y eso por citar al mejor de la tribu. Con todo, tenemos la idea de que en política cualquier tiempo pasado fue mejor, y cuanto más pasado “más mejor”. No es fácil dilucidar tal cuestión, pero probablemente sea un error de perspectiva, en todo caso, cada época tiene los políticos que se merece; en eso estoy con Ortega y Gasset quien decía que los políticos no vienen de Marte.

El espectáculo de estos días, con la guerra pepera entre Génova y Sol, no es nuevo. No hay que mirar más que un poco por el retrovisor para evocar la tarde delirante en que Pedro Sánchez fue arrojado, figuradamente, por una ventana de Ferraz. Claro que, sus siete vidas y el instinto matador le permitieron una resurrección inverosímil, que al cabo le llevó a plantarle cara al formidable aparato socialista, cuajado de generales con estrellas, y derrotarlo con una pedrada genial. Luego, guiado por su destino de hombre con suerte (y por los malabarismos geniales de Iván Redondo) tomó la Moncloa. Y ahí sigue, tan guapo en su colchón de espuma viscoelástica. En algún momento supongo que Casado se habrá mirado en el espejo de su enemigo íntimo y habrá acariciado el sueño de rebelarse contra los barones de su partido, resistir y ganar. Pero estaba claro que no iba a repetirse la hazaña. Casado aparte de no ser un hombre con la suerte de los vencedores no ha sabido jugar las cartas que tenía en la mano. No se sabe qué golpe de locura le llevó a atacar a la diosa madrileña del PP, pero en ese minuto forjó su ruina.

Los espectáculos de la política a veces son gloriosos, como los vividos estos días. Por definición el oficio de político es siempre de alto riesgo, con relumbre de navajas, dosieres y asechanzas. Cada profesión tiene sus exigencias y su praxis y así como cuesta imaginarse a un médico al que le asuste la sangre, se hace raro pensar en un hombre o mujer políticos que hagan carrera yendo con la verdad por delante y siendo eso que se ha dado en llamar buena gente. Las carreras se forjan en los partidos desde abajo, a menudo desde las Juventudes, y cada paso que se da hacia arriba esconde un crimen (normalmente metafórico). Estas cosas son tan viejas como el hombre y se daban en Babilonia, en Grecia y en Roma, con la diferencia de que en las contiendas políticas romanas los crímenes no eran figurados ni la sangre imaginaria.

Las guerras intestinas, con más o menos esplendor mediático, se han vivido en todos los partidos del tablero, salvo, hoy por hoy, en VOX. La del PSOE ya está apuntada, la del PP es tan reciente que aún queda por ver el final de la película, aunque no arriesgará quien aventure que el pacificador será un oficial llegado del noroeste. En Ciudadanos, las diversas estrategias erróneas acabaron con el suicidio del joven Rivera, que pasaba por ser el tipo con más futuro de nuestra cartelería política y terminó llevando a los suyos a un desastre tan sorprendente como fulminante. En Podemos, la pelea por el liderazgo enfrentó a Pablo Iglesias con Íñigo Errejón, con la victoria aplastante del primero, solo que Iglesias demostró con el tiempo, el poco tiempo en que pisó moqueta en Moncloa, que estaba menos dotado para la vida política activa de lo que él y sus admiradores pensaban. Es político de cháchara y tertulia más que de BOE, que esos papeles son aburridos y no están hechos para alguien con ínfulas de Lenin transversal.

A la pregunta de si el sexo es sucio, Woody Allen contesta que solo si se hace bien. La política probablemente sea sucia incluso aunque se haga mal, pero para alcanzar altura debe ser también un arte, amén de un juego de estrategias endiablado para el que se precisa mucha inteligencia. En los tiempos, tan añorados por algunos, del bipartidismo la cuestión era relativamente fácil y las elecciones se ganaban en el centro. Con la aparición del multipardismo, se da la paradoja de que siendo el centro el mejor espacio para alzarse vencedor, suele ser un terreno que se queda desierto, dado que la aparición de los extremos obliga a los partidos moderados a desplazarse hacia la izquierda o la derecha, en tanto que el centro no es ni siquiera para el partido que supuestamente lo encarna, que también tiene que moverse hacia uno de los lados. Claro que, todo es dinámico y está por ver si un PP, con Feijoo, que mirara al centro podría tener éxito. Mi amigo Macaón dice que el probable nuevo líder conservador le recuerda por estampa y movimientos al torero Manolete. Veremos, en fin, ya se sabe que Manolete toreaba muy bien con la izquierda y tenía mucho valor. Su final lo conocen incluso los que no son aficionados a la tauromaquia.

Juan Antonio Tirado, malagueño de la cosecha del 61, escribe en los periódicos desde antes de alcanzar la mayoría de edad, pero su vida profesional ha estado ligada especialmente a la radio y la televisión: primero en Radiocadena Española en Valladolid, y luego en Radio Nacional en Madrid. Desde 1998 forma parte de la plantilla de periodistas del programa de TVE “Informe Semanal”. Es autor de los libros “Lo tuyo no tiene nombre”, “Las noticias en el espejo” y “Siete caras de la Transición”. Aparte de la literatura, su afición más confesable es también una pasión: el Atlético de Madrid.


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