El difícil camino de la emancipación obrera
- Escrito por Rafael Fraguas
- Publicado en Opinión
Noviembre es mes de evocaciones llenas de historicidad. La Revolución rusa de 1917, que hoy tratamos de nuevo, constituye un episodio troncal en la historia del movimiento obrero mundial y de la emancipación humana. Toneladas de falsedades, mentiras y abyección se han vertido sobre ella durante décadas, por parte de aquellos a quienes la revolución arrebató allí los poderes omnímodos, señaladamente los del capitalismo, que de manera tan injusta como cruel e ignominiosa ejercieron contra el pueblo trabajador durante siglos. Su propósito criminal era del de desfigurar la revolución y erradicar la conciencia de los evidentes logros conquistados a partir de entonces y con su ejemplo en la mejora de las condiciones de vida de millones de trabajador@s de todo el mundo. Y tales conquistas se consiguieron frente a guerras impuestas, invasiones territoriales, sangrientos asedios, atroces hambrunas y, también, ante hondas contradicciones y desgarros internos que salieron al paso a lo largo de su costosa pero imparable senda emancipadora.
El reto teórico y político-práctico encarado por Vladimir Illich Lenin, más sus compañeros Nicolai Bujarin, Lev Davidovich Trosky, Vera Zásulich, Grigori Zinoviev y Lev Kamenev, y muchos otros que les precedieron para acometer la gesta revolucionaria fue de dimensiones descomunales. Y ello habida cuenta de que las previsiones del marxismo, a grandes rasgos, situaban el medro más asegurado de la revolución comunista, el acceso del proletariado al poder y la abolición del capitalismo, en los países más industrializados de Europa occidental. La revolución concebida por Marx y Engels implicaba necesariamente un desarrollo del capitalismo pilotado por la burguesía, para que, en su despliegue, sus contradicciones maduraran las condiciones para su propia extinción y dieran paso al Gobierno del proletariado.
Sin embargo, el desarrollo del capitalismo en Rusia se mostraba muy rezagado respecto de los países más desarrollados de Europa, como Inglaterra o Francia, y de América, como Estados Unidos. Con una evidente lucidez tras numerosas etapas de clandestinidad y exilio en Suiza, desde donde dirigió la futura fracción bolchevique del Partido Socialdemócrata Ruso, Lenin polemizó rotundamente con todas las corrientes políticas que pugnaban contra el zarismo, señaladamente las populistas, social-revolucionarias (eseristas) y anarquistas, por entender que, pese al lenguaje revolucionario de estas, no aseguraban el acceso al poder de las clases trabajadoras. Por el contrario, Lenin consideró posible y viable la revolución comunista en un país eminentemente campesino tan solo incipientemente capitalista como Rusia, mediante la dirección del proceso revolucionario a manos del proletariado urbano agrupado en soviets nutridos por obreros, campesinos y soldados. Lenin convirtió la revolución en una ciencia aplicada.
Tras una fase conspirativa muy intensa, de clandestinidad rigurosa, seguida de otra propagandística de superior envergadura en el interior del país, mientras los ejércitos zaristas de Rusia combatían contra los imperios alemán y austro-húngaro en la Primera Guerra Mundial (1914-1918) con reiteradas derrotas, Lenin arreció en su ofensiva contra la autocracia zarista y regresó a Rusia, donde, tras un breve exilio en Finlandia, organizaría a partir de 1917 el asalto al poder en distintas fases.
El primer grupo marxista ruso se había configurado en 1893 en torno al pensador Gueorgi Plejanov, introductor del marxismo en Rusia. En 1894 accede al trono Nicolás II, zar psicológicamente taimado, autócrata y abandonado en manos de diferentes favoritos. El año 1898 se asiste al Primer Congreso del Partido Socialdemócrata de Rusia y, dos años después, nace el Partido Socialista Revolucionario, denominado eserista, de gran actividad durante la fase prerrevolucionaria. De 1903 parte la división entre mencheviques (minoría) y bolcheviques (mayoría) dentro del Partido Socialdemócrata durante el Segundo Congreso de esta formación política. Lenin dirige la fracción bolchevique. Un año después, estalla la Guerra Ruso-japonesa y en junio de 1905 surge una histórica sublevación protagonizada por la marinería comunista en el acorazado Potemkin, atracado en el puerto de Odessa, sobre el Mar Negro. Ese primer chispazo revolucionario fue duramente reprimido y envió al exilio a numerosos dirigentes de la oposición revolucionaria. Pero la lucha interior también continuó. Ese mismo año, en octubre y en Petrogrado, el primer sóviet constituido decreta la huelga general en la ciudad del Neva.
El poder reacciona con represión en las calles y modificaciones parlamentarias mediante la creación de la Primera Duma estatal; Piotor Stolypin asume la jefatura de Gobierno y acomete una serie de reformas en el agro ruso. En 1911, Stolypin es asesinado. Un año después se produce la escisión abierta entre mencheviques y bolcheviques, enfrentados por el sentido y el ritmo de la revolución, más acelerado en el segundo grupo que, a diferencia del primero, ve viable el triunfo de la revolución socialista en Rusia. En 1914, Alemania declara la guerra a la Rusia zarista, que sufre sucesivas derrotas y Nicolás II se declara comandante en jefe. Sobrevienen en Rusia hambrunas y crisis que exacerban el descontento popular campesino y proletario urbano, con sus primeros efectos sobre las tropas en los frentes de guerra.
El 27 de febrero de 1917, tras una matanza acaecida en la plaza Zamenskaya el día anterior, se produce la primera negativa a disparar sobre los manifestantes por parte de las tropas zaristas desplegadas en las calles. En sus filas surgen deserciones cada vez más numerosas; guarniciones enteras se unen a la revolución y bajo la dirección del soviet de Petrogrado, las sedes del espionaje zarista, Ockrana, de los juzgados y de la policía son asaltados por las masas de obreros y campesinos.
El 2 de marzo abdica el zar Nicolás II y el príncipe Lvov encabeza un Gobierno provisional. Un día después, el 3 de abril de 1917, Lenin regresa a Rusia en un tren blindado. Escribe sus Tesis de abril y un nuevo Gobierno provisional accede al poder en Mayo. El político burgués Alexander Kerensky (1881-1970), de pasado social-revolucionario, nacionalista-populista primero pero, a partir de 1906, adscrito al partido trudovicki, liberal moderado, asume las carteras ministeriales de Defensa y Marina, mientras, en Petrogrado, se celebra el I Congreso de los Soviets de toda Rusia.
En los frentes de guerra, las tropas del zar recuperan algunas posiciones durante la guerra contra Alemania. En el mes de junio de 1917, Trotsky abandona las filas de los mencheviques y se incorpora a las filas bolcheviques. Un mes después, Kerensky es nombrado Primer Ministro; en agosto se produce un golpe de Estado militar fallido protagonizado por el general zarista Lavr Kornilov y el 1 de septiembre es proclamada la República. Octubre de 1917 asistirá al triunfo de la revolución con el asalto al Palacio de Invierno en Petrogrado, y la proclamación de la primera república soviética de la Historia.
Una nueva configuración del papel del individuo en la sociedad mediante la rotura del aparato represivo de la autocracia zarista; el acceso directo al poder del proletariado y del campesinado; la abolición de la propiedad privada de los medios de producción de riqueza; la socialización de los recursos; la proclamación de la igualdad entre todos los seres humanos, mujeres y hombres, y la salida de Rusia de la guerra europea tildada por Lenin y sus compañeros como guerra imperialista, dará paso a un nuevo régimen cuyo desarrollo intentará ser imitado por numerosos pueblos del mundo. La creación del Ejército Rojo -posterior a los Comités Militares de los Soviets- organizado por Lev Davidovich Trotsky, considerado un genio militar por sus dotes de mando, será un importante elemento cohesionador del naciente primer Estado proletario.
El Estado naciente se servirá de la planificación, cuantificación de recursos y distribución bajo criterios sociales, entendida como instrumento económico de primer orden para abordar una modernización de Rusia en clave industrial. La emprenderá sobre una electrificación masiva y un extensísimo tendido de vías férreas, que permitirán explotar las enormes reservas de materias primas que el vasto país contiene y, con un desarrollo económico ulterior, convertirá la Unión Soviética, en apenas tres décadas, en la segunda superpotencia mundial.
Hostilidad perpetua del capitalismo
En su senda hacia el desarrollo, la Unión Soviética, por su entraña socialista, anticapitalista, sufrirá la hostilidad incesante de los países imperialistas, desde Gran Bretaña a Francia, Alemania y Estados Unidos, que forzarán a la URSS a mantenerse en un estado de excepción permanente que le impedirá abordar sus transformaciones políticas, económicas y sociales con la naturalidad necesaria. Hasta 21 ejércitos extranjeros invadieron distintas zonas de Rusia en apoyo de los generales zaristas como Kornoliv, Deninkin y Danielson, denominados “blancos” protagonistas de una guerra civil de extrema crueldad y muy dañina para la revolución naciente, suscitada por ellos contra las nuevas autoridades soviéticas surgidas del pueblo proletario y campesino.
Los efectos sobre Rusia de la Primera Guerra Mundial implicarán la pérdida de 800.000 kilómetros cuadrados de territorio y una quinta parte de su población. Asolarán Rusia dos guerras civiles: una, la ya mencionada, protagonizada por los restos del ejército zarista; y otra ulterior, coprotagonizada conjuntamente por los bolcheviques y el campesinado propietario, mujik, reacio a la revolución soviética y opuesto al suministro de víveres a las ciudades; aquella fue una guerra de extrema crueldad, con sabotajes, incendios, devastaciones y un saldo de aterrador de hambre y muertes, que retardarán los avances revolucionarios ideados por Lenin y las organizaciones soviéticas. Culminada una primera fase de industrialización a marchas forzadas, que situaría a la URSS en el rango de las superpotencias, Lenin muere en 1924, a los 54 años de edad, a consecuencia de las heridas recibidas en un atentado sufrido por él en 1918 a manos de una mujer vinculada a los social-revolucionarios, eseristas de izquierda. Su muerte –había recibido tres impactos, en el cuello y en un pulmón-, dará paso a una lucha encarnizada por marcar el rumbo de la revolución y del Estado soviético, pugna enmarcada en el acoso internacional azuzado por los Gobiernos capitalistas de Gran Bretaña, Francia, Alemania y Estados Unidos contra Rusia. La lucha intramuros del ya creado Partido Comunista de la URSS sería protagonizada por Josif Dughasvilli Stalin y Lev Davidovich Trotsky, que se saldará con el exilio de este, con la proscripción y eliminación física de sus seguidores en Rusia y con su derrota y posterior asesinato a manos del español Ramón Mercader en México, en 1940.
Tras esta otra contienda, que se aproximaba a otra verdadera guerra civil y dejó diezmada la vanguardia de la revolución y del Ejército Rojo a partir de 1936, la Segunda Guerra Mundial se vio precedida por la claudicación de Francia e Inglaterra, Chamberlain y Daladier, ante Hitler en Munich, en 1938. Aquella sumisión, dejó las manos libres al dictador germano para invadir Checoslovaquia y “comerse” Austria. Ante aquel inquietante preludio, Viacheslav Molotov, ministro de Exteriores de la URSS y Joachim von Ribbentropp, responsable de la política exterior de Berlín, firmaron en el verano de 1939 un acuerdo germano-soviético. Según historiadores imparciales, Stalin se avino a aquel pacto con el propósito de retardar cuanto más tiempo fuera posible el conflicto frontal, que consideraba inevitable, con el Tercer Reich de Adolf Hitler.
Como había previsto, 40 divisiones hitlerianas invadirán la URSS en junio de 1941. Su paso por el país soviético dejará en la URSS entre 20 y 22 millones de muertos, señaladamente entre la población civil. Gracias a la resistencia partisana, obrera y campesina, las tropas hitlerianas, que no consiguieran tomar Moscú, serían derrotadas. Por cierto, comunistas españoles estuvieron integrados en los últimos destacamentos que permanecieron incólumes en la defensa de Moscú e hicieron frente al potente aunque fracasado avance de la Wehrmacht.
Alemania sufriría una derrota de proporciones bíblicas en Stalingrado a manos del Ejército Rojo –allí, junto con decenas de miles de combatientes soviéticos, murió Rubén, único hijo varón de Dolores Ibarruri, Pasionaria- . La victoria soviética se produjo pese a haber sido previamente diezmada una parte del generalato ruso bajo la acusación de colaboración con Hitler. Esta victoria soviética contra Hitler sería clave para la completa derrota del nazismo que, a partir de tan grande batalla, comenzó su inexorable declive militar. Los supuestos aliados de la URSS durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y Gran Bretaña, demoraron premeditadamente cuanto pudieron la apertura de un frente contra Hitler en las costas europeas, concretamente francesas, hasta un tardío mes de mayo de 1944 en Normandía, con el propósito de que en tan irresponsable ínterin, Hitler destruyera a la URSS y se debilitara en el empeño.
El fin de aquella contienda marcó el comienzo de la llamada Guerra Fría, de rivalidad militar, diplomática, económica y política, de cuño ideológico también, entre los sistemas, divididos en bloques, de las dos grandes superpotencias: Estados Unidos, capitalista, y la URSS, socialista. El culmen del poderío soviético contó con un conjunto de democracias populares, comunistas en torno suyo bajo su férula y ascendiente: Alemania Oriental, Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Yugoslavia y Albania -estas dos paulatinamente alejadas de Moscú-, a las que se unió en acuerdos económicos, el COMECON, y político-militares, como el Pacto de Varsovia. En 1961, la URSS situó por primera vez en la Historia a un hombre, el cosmonauta soviético Yuri Gagarin, en el espacio extra-atmosférico, a 327 kilómetros de la tierra, que circunvaló a una velocidad de 28.000 kilómetros a la hora. Era la primera salida al espacio de un ser humano.
En 1991, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas dejó de existir para dar paso a 15 repúblicas escindidas de Rusia y dispersas entre la fachada occidental de Rusia y el cinturón centroasiático. Todo ello se desarrolló sin efusión de sangre, en un país enormemente extenso como Rusia incardinado geopolíticamente entre la zona occidental y la fachada oriental, hacia el Océano Pacífico, de la masa continental de Eurasia. Por ello, sus repercusiones adquirieron alcance universal y configurarían un Estado de nuevo cuño que comprendería 22.5 millones de kilómetros cuadrados, una superficie 44 veces más grande que España y tres veces más que Estados Unidos y, en su apogeo, hasta 300 millones de habitantes de 108 nacionalidades y otras tantas lenguas diferentes. Para hacerse una idea de esta extensión, la Unión Soviética llegó a tener hasta nueve husos horarios. Las causas y efectos de aquella mutación de la URSS a la actual Federación Rusa serán posteriormente abordadas.
Bibliografía:
Las revoluciones burguesas. Eric Hosbawm. Ediciones Guadarrama. 1974.
Obras Completas. Vladimir Illich Lenin. Prólogo de Juan Trías Vejarano. Editorial Akal, Madrid. 1974.
La revolución permanente. El Gran Debate. León Trosky, Nicolai Bujarin, Grigori Kamenev. Editorial Siglo XXI. Madrid, 1976.
De la revolución a la contrarrevolución. Ted Grant. Fundación Federico Engels. Madrid 1997.
Los procesos de Moscú. Pierre Broué. Editorial Anagrama. 1988.
Stalin. Historia y Crítica de una leyenda negra. Domenico Losurdo. Editorial Intervención Cultural. 2011.
Rafael Fraguas
Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.